72
—Nuestros sueños y deseos son lo más importante. Muestran lo que llevamos dentro. Los secretos. Los arrepentimientos. La envidia. La esperanza —dice Kay mientras salen al patio.
Vuelve a ser un día radiante, y de pronto el mundo parece más esperanzador.
Caminan hacia la parte trasera de la casa y, por un instante, Noah piensa que van al cobertizo. La pequeña estructura parece menos misteriosa bajo el sol, con sus paredes de madera oscura desgastadas y maltratadas por el tiempo, aunque aún guarda la oscuridad en su interior.
Kay salta el montículo de nieve que separa el sendero de la zona cubierta y entra en el campo sin despejar; luego se vuelve para mirar la cara de desconcierto de Noah y le indica con la cabeza que la siga.
—Vamos, chico. Solo un paseíto al aire libre. No iremos lejos.
Él la sigue, como siempre.
—¿Y por qué estamos en el campo?
—Para que tengas espacio para pensar. A veces el mejor sitio es lejos de todo lo que te recuerde que eres humano.
Avanzan con dificultad por la nieve. Sin las raquetas, cuesta más moverse. Tienen que levantar cada pie más alto. Con cada paso, Noah nota los músculos doloridos, pero no se queja.
Caminan un minuto, y Noah piensa que quizás Kay ha perdido el hilo.
—Los sueños —le recuerda.
—Los sueños, sí —dice, y hace una pausa como si ordenara sus ideas—. Sé que cuando llegaste, pensaste que intentaba encaminarte hacia algo bíblico. Como tus padres.
Eso pensó, desde luego. Pero de algún modo, todo tomó otro rumbo.
—Ahora te das cuenta de que el perdón, la gratitud y el soltar son virtudes humanas.
Claro, las predican en cada esquina, pero no explican por qué tú las necesitas más que las personas a quienes van dirigidas.
El mundo es tu espejo, Noah. Es tu proyección interior sobre los demás.
Tus acciones se convierten en lo que eres, como los átomos de una sustancia o un material.
Piensa en construirte a ti mismo como en construir una casa.
No quieres usar unos cimientos agrietados porque, en algún momento, se derrumbarán.
No usas madera podrida porque no aguantará mucho.
Limpias el moho negro porque, si no, te enfermará.
Pero la gente, por alguna razón, piensa mucho más en las casas que en sí misma.
El cielo parece tan azul que resulta casi increíble después de semanas de gris y penumbra. Noah lo disfruta: la nieve, el aire fresco, el sol, y que Kay le hable ahora como a un adulto, no como a un niño mimado y tonto que entró en su casa por error.
—No puedes vivir en el pasado y tener esperanza en el futuro —continúa—.
No puedes cargar con arrepentimientos y esperar sentirte bien contigo mismo, porque nuestro cuerpo no funciona así.
No puedes tener sueños que impliquen cambiar el pasado, porque el pasado no se puede cambiar.
Cuando algo se rompe, ya sea la confianza, la esperanza, el orgullo o la fe, y no lo afrontas, se queda ahí, dentro de ti, mientras apilas encima todo lo demás que te pasa.
Es como un desagüe atascado. Claro, puedes ignorarlo.
Pero ¿qué pasa cuando sigues usándolo sin arreglarlo?
Lo mira.
—Sí —dice Noah, y en su mente aparecen imágenes peores que un desagüe atascado.
—No voy a decirte mucho más. Creo que, en todo este tiempo, te has hecho una idea bastante clara. Te he mostrado el camino; ahora depende de ti qué senda tomar.
Él asiente.
—Tengo una pregunta que hacerte. Ahora que piensas en las cosas de otra manera, ¿cuál es tu sueño, Noah? ¿Qué es lo que más deseas en el mundo?
Vaya.
Los ojos de Noah recorren el oscuro perfil de pinos que bordea el campo mientras caminan. Necesita pensarlo. Renunció a casi todos sus sueños justo después del diagnóstico.
Ahora es diferente. Piensa que incluso en un año puede hacer mucho para ser feliz, para hacer feliz a Brooke, y hacer y decir cosas que eviten que su familia y amigos se consuman de arrepentimiento y culpa cuando él ya no esté.
No cuando. ¡Si! Si se va, piensa, y la idea lo anima.
Al diablo con los médicos. ¿Quiénes son ellos para decirle cuánto tiempo le queda?
—Tengo muchos —dice.
—Dime uno —insiste Kay.
—Es difícil elegir —dice, aunque no está seguro de haberse parado realmente a pensar.
Tus pensamientos, recuerda sus palabras de hace poco, son los gráficos que deberían estar en tu cabeza cuando piensas en el futuro. No los gráficos de los médicos.
Caminan por el campo, avanzando despacio entre la nieve.
A pesar del sol, el frío y el viento le pican la cara a Noah.
La escarcha le mordisquea las manos, pero no se pone los guantes ni se sube la cremallera de la parka del todo, dejando que el frío le muerda el cuello.
La brisa le despeina el pelo, y se siente bien.
El movimiento le calienta el cuerpo, y agita las manos y sonríe al notar la sangre que le fluye por ellas.
—Un sueño, Noah —repite Kay.
—No lo sé. ¿Ir a Centroamérica? ¿Ver a Brooke? ¿Viajar por ahí? ¿Ver cosas nuevas?
—¿Es muy difícil?
—No mucho, la verdad. Puedo comprar un billete y volar al día siguiente.
—¿Por qué no lo has hecho antes?
—No lo sé. Puede que Brooke no me quiera.
—Y sin ella, no quieres tu sueño, ¿eh?
—No es verdad, aún puedo viajar. Solo que... quiero a Brooke conmigo.
—Entonces, ¿cuál es tu mayor deseo?
—Volver con Brooke, para empezar.
—¿De quién depende?
—Bueno, de Brooke. Quizás. No, de mí.
—Entonces, ¿cómo es un sueño?
—Vale, ahora creo que sé lo que quiero.
—¿Y?
Se ríe nerviosamente. ¿Acaso es un interrogatorio?
—Quiero estar con ella. Lo que se complica un poco si, ya sabes…
Nana Kay no aparta la mirada de él.
—No, no lo sé.
—Sí que lo sabes. Si no me queda mucho tiempo, puede que ella no quiera estar conmigo.
Ahora habla más alto, algo agitado. Hay un pensamiento en lo más profundo de su mente, pero no logra atraparlo.
—¿Incluso si le das el mejor año de su vida? —insiste Nana Kay.
—¡Ojalá! O sea, puedo. Estoy bastante seguro de que puedo. La cosa es, Nana Kay, que no quiero un año. ¡Quiero toda una vida!
—¿Qué significa eso?
—¡Quiero vivir, Nana Kay! Todo lo demás ya lo resolveré. Sé que lo haré.
Siente el pecho cargado de emociones. Argh, lo ha vuelto a hacer: ha sacado este tema y ahora está todo revuelto por dentro.
—Bueno, podrías soñar con ganar el premio gordo, así al menos podrías dejar algo de dinero, para que Brooke tenga una buena vida. Y tus padres también.
—¡Pero no quiero eso, Nana Kay! ¡Quiero que Brooke sea feliz conmigo! ¡Y que mis padres me tengan a mí!
¿Por qué no para de hablar de los demás?
—Puedes desear el mejor año de tu vida. Al menos te irás en paz.
Nana Kay está tranquila, pero Noah está lejos de estarlo. ¿Cómo no entiende que no quiere que sus sueños tengan fecha de caducidad? ¿Cómo le explica que, por encima de todo, lo que más quiere es vivir?
Noah avanza con dificultad por la nieve. Sus pensamientos y sentimientos son un torbellino. Las emociones le suben como una ola.
—¡No quiero irme, Nana Kay! —dice, ya frustrado, y el aire helado parece colársele en la boca—. ¡No quiero solo un año! —dice más alto—. ¡Quiero diez años! No sé. ¡Quiero vivir!
—¿Estás seguro? —pregunta ella, unos pasos por delante.
—¡Sí, estoy seguro, Nana Kay! ¡Quiero vivir! ¡Eso es! ¡Lo primero de todo! ¡Quiero vivir!
Siente las lágrimas agolpándose en los ojos y quiere soltar todas las palabrotas del mundo para sacarse las emociones de dentro.
—¿Qué has dicho? —pregunta Nana Kay de nuevo. Va delante de él, y quizás no lo ha oído, piensa.
—¡He dicho que quiero vivir! —repite Noah en voz alta.
—Dilo otra vez.
Clava la mirada en su espalda mientras sus pies avanzan pesadamente por la nieve, hundiéndose en ella, ahogándose en emociones que lo desbordan.
—¡Quiero vivir! —dice aún más alto.
—Dilo claro —repite ella sin mirar atrás.
Sonríe, y la nieve se desdibuja tras las lágrimas.
La abuela Nana Kay, su sargento de instrucción.
—¡Quiero vivir! —grita.
—¡No te oigo! —dice ella más alto.
Noah se detiene y levanta la barbilla.
—¡Quiero! ¡Vivir! —grita.
—¡El mundo no puede oírte, Noah! —le grita ella.
—¡Quiero! ¡Vivir! —ruge a pleno pulmón; el sonido de su voz le quema la garganta, y esa fuerza purga los sentimientos que lo hacen sollozar.
Levanta el rostro al cielo y vuelve a gritar con todas sus fuerzas, como nunca ha gritado en conciertos, ni de felicidad, ni de dolor, ni de desesperación. Este grito lo tiene todo. Es un grito de libertad y esperanza. Nunca se ha sentido tan libre.
Cierra los ojos.
—Quiero vivir —susurra, jadeante.
Dios, ¡cuánto quiere vivir!
Nana Kay dice algo, pero Noah no la oye. Repite las palabras una y otra vez, como un mantra. La felicidad y la tristeza se mezclan en su interior, y lo siente en la cabeza, que le da vueltas, en la respiración pesada, en el pecho que sube y baja, en los dedos acariciados por el viento frío.
Con las lágrimas corriéndole por el rostro, Noah permanece en medio del campo, en la nieve, bajo el cielo, y siente que está en el centro del mundo, y quiere que sus gritos lleguen a cada rincón de la tierra, que todos lo oigan.
Quiere volver a experimentar todo lo que le ha hecho sentirse vivo: lo bueno y lo malo, lo placentero y lo doloroso.
Porque todo eso es la vida.
Y lo único que quiere es vivir.