73
Más tarde, esa noche, Noah coge El chico de los hermanos Strugatsky.
Devora página tras página hasta llegar a la última y cierra el libro con suavidad.
Durante un rato, observa a Kay bordando en punto de cruz.
Ya casi ha terminado. Solo le queda un cuadrado de unos doce centímetros.
Si tuvieran electricidad, terminaría mañana.
Va al baño y se mira en el pequeño espejo antiguo.
Le gusta lo que ve. Las ojeras han desaparecido —debe de ser el aire y la falta de alcohol—.
Los ojos le brillan como si acabara de echarse gotas.
El pelo le ha crecido un par de centímetros.
Nada mal, tío. Asiente mirando su reflejo y sonríe. Nada mal en absoluto.
Va a su habitación a coger el teléfono y se fija en su dibujo sobre la cómoda. Es un desastre, una caricatura, pero Noah volcó en él todos sus sentimientos y está orgulloso. Todavía no se lo ha enseñado a Kay. Quizá lo cuelgue en la pared junto a los demás a ver si ella se da cuenta.
Los demás... Noah vuelve a mirar los dibujos, el extraño conjunto de líneas a lápiz y garabatos, y se acerca para examinar las esquinas.
Algunos tienen nombres. Están firmados igual que él firmó el suyo.
Observa más de cerca. Greg. Ella. Sus ojos buscan más.
Sahale. Hannah. Noah frunce el ceño al ver ese: es el nombre del artículo. Sage. Dean.
¡No puede ser! Noah se queda atónito al recordar a Dean. ¿Podría ser uno de los que se quedaron aquí? Noah estudia el dibujo firmado como Dean en la parte inferior: es ese rectángulo con una persona dentro y puertas abiertas por todos lados. Hay muchos Deans por ahí, seguro. ¿Coincidencia?
Noah va al salón y se sienta en el sofá, pensando en volver a Pittsburgh.
La idea le da miedo y le emociona a partes iguales.
No está seguro de querer volver a ver al Dr. Bard, ni de que le importe lo que el doctor tenga que decir o en qué tratamiento insista.
Quiere decirle al Dr. Bard que sabe de dónde vino el tumor, pero quizá no sea tan buena idea.
Los mecánicos y los filósofos nunca llegan a entenderse del todo.
Quiere ver a Toby, decirle «Saludos de la abuela», contarle lo de su mes aquí con la nana Kay. Se imagina los ojos de Toby muy abiertos, su «¡Tíoooo! ¡Alucinante!». La sonrisa de Noah es más ancha que su propia cara, y Kay no deja de lanzarle miradas curiosas.
Mamá: Noah quiere oír su voz, quiere decirle que está bien y que la quiere. Ni siquiera les habló a sus padres del Dr. Bard, de la enfermedad, del «un año como mucho».
Resulta extraño pensar en ese año ahora.
Pero en aquel momento, ocultárselo fue como una puñalada silenciosa por la espalda.
¿Qué dirían? ¿Que era la prueba de que ellos tenían razón y él estaba equivocado, y que Dios lo sabía desde el principio?
Dirían que Dios lo estaba salvando de la miseria y la oscuridad en la que se estaba hundiendo.
Hace un mes, Noah nunca habría pensado que la última parte fuera cierta.
Ahora piensa que es absolutamente cierta.
¿Cómo iba a cambiar su forma de ser si nunca se paró a ver de dónde venía?
¿Cómo iba a tener futuro si todo lo que veía era el pasado?
Eso no es lo que le diría a mamá ahora mismo. Nada de eso. Porque los argumentos no importan. Le diría que la quiere.
Y Brooke. Quiere amar a Brooke de un modo que la haga feliz. Puede hacerlo, lo sabe. Necesita decírselo. El rostro de ella, más que ningún otro, es el que imagina cuando piensa en el futuro.
Sonríe: lo está deseando.