71
Calienta sopa de lata en el fogón mientras Kay permanece sentada a la mesa. Los huevos frescos en un cuenco sobre la encimera serán su cena.
Hay que hacer algo con lo de la nevera. Se echará a perder si no lo ha hecho ya.
El congelador del sótano aguantará frío más tiempo.
Quizá Dean llame para ver lo de la línea eléctrica.
Si no lo arreglan pronto, podrían llevar los perecederos al cobertizo.
Pero el cobertizo está prohibido. Con todo el tiempo que lleva aquí, Noah aún no ha ido hasta allí. Tampoco sabe qué hay en el sótano.
—Me voy pronto —anuncia—. Puede que incluso mañana.
—Eso mismo dijiste cuando llegaste hace semanas —dice Kay.
Tiene razón. Solo que entonces quería irse porque no había encontrado lo que buscaba. Ahora cree que tiene todo lo que buscaba y quiere irse a vivir su vida.
Se lo dice, y ella asiente, pero no parece sorprendida ni disgustada.
—¿Puedo preguntarte algo? —dice Noah, vacilante, esperando que no eluda la respuesta.
—Adelante.
—Bueno, el artículo que leí sobre esa chica, Hannah, la que tenía convulsiones o lo que fuera. Lo leí en internet. Fue hace como cinco años.
Kay lo mira con atención.
—¿Se quedó aquí contigo?
—Ella y su madre, sí.
—¿Por qué la madre?
—Era tanto cosa de la madre como de la chica. No se podía ayudar a una sin la otra.
—Ya veo. —Noah no pregunta cuál fue la cura porque a estas alturas empieza a entender las cosas, y parte de lo que significa estar aquí es comprender que lo que hace Kay no es lo típico de un médico—. ¿Cuánto tiempo se quedaron?
—Cuatro semanas.
—Vaya. ¿En esa habitación, eh? —Señala con la cabeza hacia su dormitorio.
Kay asiente.
Se queda callado un momento. —Mira, va a sonar raro. ¿Hay cura para todo?
—Esa no es la forma correcta de plantear la pregunta.
—Pero a veces la gente no se puede curar, ¿no? ¿Como con las enfermedades incurables?
—Eso no tiene nada que ver.
—¿Entonces?
—A veces naces con mecanismos rotos. A veces es demasiado tarde.
—Ah, o sea que no todo es curable.
—Todo lo adquirido sí. Hasta que es demasiado tarde.
—No entiendo... —Noah niega con la cabeza, confundido.
—A veces no hay tiempo suficiente para cambiar las circunstancias que forman parte de la enfermedad. O para curar la mente. Toda cura necesita tiempo.
—¿Y las enfermedades incurables? ¿Las que los médicos dicen que no tienen cura?
Noah se muerde el interior de las mejillas sin darse cuenta.
Ha pensado mucho en esto, sobre todo el mes después de su diagnóstico: que en algún momento el mundo tendrá medicación para todo.
Que está ahí fuera en alguna parte, pero aún no se ha descubierto.
Como alguna planta que se considera mala hierba pero que puede curar el cáncer de forma natural si la preparas en infusión o la fumas o algo así.
—Los médicos son los mecánicos del cuerpo humano —dice Kay—. Pueden cambiar piezas, el aceite, la gasolina, poner pastillas de freno nuevas, un alternador. Pero no pueden cambiar del todo tu forma de pensar.
—Pero los humanos no somos coches.
—Exacto. Hay cosas que no se arreglan con medicación.
—Claro, hay cosas que no se pueden revertir.
—Nada se puede revertir —dice Kay en voz más alta, como si Noah fuera un niño en clase que ha dado la respuesta equivocada—.
Las cosas no se pueden revertir. El universo no funciona así.
Pero todo acaba siguiendo su curso y llegando al final de su vida útil.
No todo gira en torno a la cura. ¿Crees que para curar algo el cuerpo solo necesita sustancias químicas?
¿Un compuesto? ¿Una intervención física?
Entonces, ¿por qué vuelve el cáncer? ¿Cómo crees que nuestros cuerpos crean enfermedades?
¿De qué? ¿Cómo pasan las células buenas a ser malas?
¿Por comer un tomate podrido? ¿O espinacas retiradas del mercado?
—¿Y qué pasa con la muerte?
—¿Qué pasa con la muerte?
—¿Se puede combatir?
—La muerte no es una enfermedad. Es la señal de que algo ha completado su curso.
—Pero entonces se puede prolongar la vida, ¿no?
—Claro. Cuerpo sano. Mente sana.
—Entonces, ¿por qué no podemos vivir, qué sé yo, doscientos años?
—Porque nuestro mundo no está diseñado así. Nuestros cuerpos, el entorno, los factores externos, el aire, la comida, el movimiento... todo cambia constantemente. Hace siglos, la esperanza de vida era más corta. Dentro de otro siglo, probablemente será más larga.
—Ajá. O sea que la muerte queda descartada.
—La muerte es la respuesta.
—¿Para qué?
—Para todo. No puedes librarte de una enfermedad hasta que esta siga su curso y muera.
—¿Ah, sí? ¿En ese sentido?
Kay suelta una risita al ver la cara de sorpresa de Noah. —Tu concepto de la muerte es muy limitado.
—Por lo visto. Entonces, ¿qué haces con una enfermedad incurable? ¿Como la mía?
—Incurable significa que los médicos no han encontrado la manera de resolver el problema. No significa que no pueda resolverse. No significa que el cuerpo no pueda arreglárselas solo. El mundo lo demuestra a diario.
—¿Entonces? —Noah la mira fijamente, como si esperara que le revelase un secreto.
—Todo se reduce a si crees en algo o no —dice ella—. Y más importante aún, qué alimenta tu mente: circunstancias, personas, acciones, tuyas o de otros. Porque, Noah —hace una pausa y lo mira sin parpadear—, el mundo que existe en tu cabeza es el mundo real. Todo está en creer.
Él ya lo sabe. Apaga la olla de sopa que hierve, y el olor a verduras resulta fuera de lugar. El denso aroma a comida es un recordatorio brutal del triunfo del cuerpo sobre el espíritu.
—Vamos a dar un paseo —dice Kay, y se levanta.
—¿Ahora? ¿Adónde? —pregunta Noah, que se detiene sorprendido con la espátula en la mano.
—Ahora, y a ningún sitio en particular.
—¿Y la sopa?
—No va a irse a ninguna parte.