Nana Kay 70
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El hombre conocido de la gasolinera alza la mirada hacia Noah como si no lo hubiera visto en su vida. Claro, piensa Noah, han pasado semanas. Para algunos, es mucho tiempo. Para Noah, parece toda una vida.

No, no hay ninguna tienda de repuestos a menos de treinta millas, le informa el hombre.

Dean tenía razón. No, hoy no puede ir porque es domingo y está cerrada, le explica.

Lo del domingo le resulta a Noah algo insólito: había perdido la cuenta de los días y no era consciente de que el mundo seguía un horario.

Noah debe de parecer muy perdido, porque el hombre lo mira por encima de las gafas —un gesto tan familiar que parece sacado de un sueño lejano— y se ofrece a conseguirle un alternador a primera hora de la mañana siguiente.

Como pasará por esa zona y no le supone ningún problema, dice el hombre, pero necesitará el dinero por adelantado.

La emoción de Noah se dispara como si acabara de ganar el premio gordo. Asiente frenéticamente y saca la cartera. La cantidad que pide el hombre es más de lo que debería costar el alternador, pero Noah no discute. El dinero desaparece en el bolsillo del hombre y se quedan mirándose unos segundos.

—¿Algo más? —El hombre arquea las cejas mirando a Noah.

—Eh... ¿un recibo? —pregunta Noah, vacilante.

El hombre le clava una mirada tan intensa y abrasadora que parece estar atravesándolo con agujas mentalmente.

Noah se siente como un muñeco vudú, suelta un —Da igual, no importa —y se marcha lleno de esperanza.