Nana Kay 69
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Cuando Noah abre los ojos, el mundo tiene el color de tablas de madera rústicas y desgastadas sobre las que se refleja la luz. Sigue en el suelo, donde se quedó dormido.

Debe de hacer sol. Las esquinas del cristal brillan con su reflejo.

Noah tiene el cuerpo pesado por el exceso de ejercicio físico del día anterior. Huele el café y escucha de vez en cuando los ruidos que hace Kay. Le encantaría quedarse envuelto en la colcha una hora más y leer algo, pero entonces se acuerda de Dean.

¡El alternador!

El recuerdo hace que se incorpore y aguce el oído, como si la camioneta roja fuera a aparecer con solo chasquear los dedos. Un par de días, dijo Dean. ¿Y si Noah no tiene que esperar tanto? Al fin y al cabo, Kay tiene una camioneta. Y la carretera…

¡La carretera está despejada!

Solo pensarlo hace que se le acelere el pulso.

—Kay —dice mientras se sirve café, aunque hoy el delicioso aroma le pasa desapercibido porque tiene cosas más emocionantes en la cabeza—. Kay, escucha. Necesito que me prestes tu camioneta una hora o así.

Ella está sentada a la mesa, inmóvil. Él teme oír un no. ¡Por favor, di que sí!

Sorprendentemente, ni siquiera le pregunta para qué, como si lo supiera, y señala la puerta con la cabeza.

—Las llaves están en el gancho junto a la puerta —dice.

Noah se olvida del café y del cigarrillo, corre a su habitación, busca la cartera, saca el dinero y se pone la parka de cualquier manera.

En un minuto, abre las puertas del granero y se sube a la camioneta. Gira la llave, la camioneta arranca y a Noah le sube la adrenalina.

Un minuto después, conduce despacio por Jay Creek Road y toma nota mental del movimiento de la camioneta y de la cantidad de nieve compactada. Tendrá que ir con cuidado cuando conduzca su Stallion, que es más bajo.

Su sonrisa va de oreja a oreja.