68
La casa está a oscuras y no muy cálida, y antes de hacer nada más, Noah se acerca a la chimenea y añade más leña, sopla un rato sobre las brasas, en cuclillas frente al fuego, todavía vestido, y siente el calor en el rostro.
Solo entonces se quita las botas. El agua de la nieve derretida está por todas partes, pero le da igual.
Ya la limpiará más tarde. O no. Está demasiado cansado.
De vuelta en su habitación, se quita la ropa, capa tras capa, se despoja de la camiseta interior y se pone ropa seca. La habitación está fría, así que coge el edredón de la cama y se envuelve en él.
El salón se va calentando y llenando de luz.
Kay ya lleva puestos los mocasines y prepara té y sándwiches en la cocina.
En cualquier otro momento, Noah le preguntaría si es seguro comer algo que ha estado en la nevera descongelada varios días, pero ahora le da igual.
El silbido agudo de la tetera atraviesa la estancia, y como si fuera una señal, le arde todo el cuerpo.
Es la reacción al cambio de temperatura. El cansancio lo aplasta.
Noah se sienta junto a la chimenea, lo más cerca que puede.
Quiere preguntarle a Kay si necesita ayuda, pero ve que ya casi ha terminado.
De algún modo han aprendido a desenvolverse en esta cabaña, a conocer su rutina y sus costumbres sin necesidad de hablar mucho.
Kay le trae una taza de té humeante y un plato con el sándwich, y comen en silencio un rato.
De pronto el fuego le resulta demasiado caliente.
El calor le abrasa el rostro como si se asomara a una olla hirviendo, y se aleja un poco, todavía envuelto en el edredón, con los párpados caídos de cansancio.
—Esa pareja —dice Noah en voz baja al cabo de un rato—, no creo que sean conscientes de la suerte que han tenido esta noche.
Kay mira a Noah con curiosidad.
—Mucha gente no se da cuenta de la suerte que tiene. Cada día.
Noah se siente incómodo porque él es de los que solían dar las cosas por sentadas. Respira hondo, a punto de decir algo, pero Kay se le adelanta.
—Solo después de haber estado en el bosque te das cuenta de cuánta luz hay alrededor. Esos chicos... espero que lo recuerden. Si no los hubieras ayudado, podrían haber muerto allí. O haberse congelado. Quién sabe.
—Todo es gracias a ti, Kay. Yo solo ayudé a cargar a Megan.
—Ya ni siquiera puedo hacer eso.
—Sí, pero tú conocías el camino.
—Siempre encuentras el camino, Noah. Mientras creas.
—Sí, pero ¿adónde vas cuando no sabes adónde ir?
—Mmm, empiezas a moverte. A los que se sientan a esperar con las manos cruzadas no les pasa nada.
Noah sonríe. Kay es incapaz de aceptar el mérito sin más. Todo es una lección.
—Aunque ha estado bien, ¿no? ¿Ayudar a esos chicos?
Noah no puede evitar sentirse orgulloso de sí mismo.
—Sienta bien, ¿verdad?
—Sí.
—Cuando tienes suficiente confianza en ti mismo, puedes ayudar a otros. Podrías haber dicho: «Al diablo, Megan, pesas demasiado para cargarte, ya enviaré a alguien», pero no lo hiciste, ¿verdad? Porque creíste que encontrarías el camino, y lo encontraste.
—Gracias a ti.
—Si tú lo dices.
Mira a Kay: los rasgos suaves de su rostro, el resplandor del fuego reflejándose en su cara como si brillara desde dentro. Siente gratitud y ternura por esta mujer a la que ni siquiera conocía hace tres semanas.
—Quería decirte, Kay —comienza, y algo le oprime suavemente el pecho. Le cuesta respirar, y siente que si la abrazara, eso explicaría todo lo que quiere decir—. Yo solo...
Traga con dificultad, buscando las palabras adecuadas, bajo la mirada de ella, que esboza una sonrisa apenas perceptible. Kay posee las llaves de la sabiduría del mundo, y Noah siente que todo lo que le ha enseñado ya forma parte de él.
Por un segundo, piensa que si llegara a viejo, sus ojos contendrían toda esa sabiduría. Por un segundo, siente como si estuviera mirándose a los ojos, los de su yo futuro, más sabio, más tolerante, más agradecido, más esperanzado. Solo que quizás nunca llegue a viejo.
Nota que se le llenan los ojos de lágrimas, aparta la mirada y parpadea rápidamente, fijándola en el fuego.
Quiere decirle que ni siquiera sus padres le explicaron las cosas como ella lo ha hecho. Que sus amigos nunca lo entendieron como ella. Que incluso él mismo nunca, hasta ahora, había tenido tanta fe en sí mismo como la que ella tiene. Pero no dice nada de eso. Está seguro de que ella ya lo sabe.
—Gracias —susurra simplemente.
—Quiero que sepas que te estoy agradecido por todo lo que has hecho por mí, Kay —dice con la respiración entrecortada, intentando que no le tiemble la voz, sin atreverse a mirarla porque si lo hace, podría echarse a llorar.
¿Por qué? No lo sabe—. Sé que probablemente piensas que soy un imbécil que no tiene ni idea de nada, pero...
Las emociones lo desbordan, lo ahogan. Quiere abrazarla, pero si lo hace podría derrumbarse.
Todo lo que ella le ha enseñado, todo lo que le ha obligado a afrontar, y aún tiene miedo de mostrar su verdadero yo al mundo.
Aprenderá. Kay lo sabe. Él también. Eso es lo más importante.
El resto del mundo también lo sabrá. Tiene tiempo.
—Estás bien, chico. Estarás bien —dice ella en voz baja mientras se levanta—. Descansa. Mañana será otro día.