67
El viaje a casa de Kay transcurre casi en silencio.
La oscuridad los envuelve por completo: sin farolas, sin casas, solo las luces largas revelando la blancura, el aguanieve y las paredes negras del bosque, curva tras curva, la única realidad: unas decenas de metros más adelante,
como si estuvieran en una especie de matrix y el mundo se fuera construyendo a medida que avanzan.
Kay va sentada atrás, lo que sorprende a Noah.
Él se ve obligado a sentarse delante para que Dean no piense que lo toman por taxista.
Dean enciende un cigarrillo y baja la ventanilla.
El frío, el siseo de los neumáticos, el rugido del motor y el humo del cigarrillo se mezclan en una atmósfera surrealista de expedición hacia ningún lugar.
Noah le pide un cigarrillo a Dean, y el sabor fuerte y áspero le quema la garganta.
Casi no lo disfruta. Lo que de verdad necesita es comida y calor.
La camioneta parece no tener calefacción.
Puede ver su propio aliento. O tal vez la gente de aquí está acostumbrada al frío permanente. Se nota en sus actitudes.
Dean le lanza a Noah otra mirada curiosa y tira el cigarrillo por la ventanilla.
—Entonces, ¿cómo encontraste a esta gente?
Kay permanece en silencio en la parte trasera, y cuando Noah finalmente se gira para averiguar por qué no responde, ve su pequeña figura inclinada hacia un lado contra la puerta, el gorro y el mechón blanco de su pelo rozando la ventanilla.
Tiene los ojos cerrados. Debe de haberse quedado dormida.
Entonces a Noah le asalta un pensamiento aterrador, y vuelve a mirar para comprobarlo, pero ve que la mano de ella se mueve apenas un poco.
Gracias a Dios. Está durmiendo. Solo durmiendo.
¿Cómo no se le ocurrió que si él, un chico joven, está casi fuera de combate por el cansancio, para Kay debe de ser el doble de agotador, aunque goce de perfecta salud pero le lleve décadas?
Se pregunta si, para variar, será él quien tenga que cuidar de ella mañana. Sonríe y se gira para mirarla de nuevo.
Dean alza la mirada hacia el espejo retrovisor y luego hacia Noah.
—El águila —dice Noah finalmente, y de alguna manera siente que este hombre lo entenderá.
—¿El águila? —pregunta Dean sin apartar los ojos de la carretera.
—Sí. —Noah se mira las manos, que ahora le hormiguean mientras recuperan la circulación—. Estábamos siguiendo al águila.
—Ajá —repite Dean—. Mooney —añade, y Noah vuelve la cabeza bruscamente hacia él.
¡Lo sabe!
—Sí, Mooney —repite Noah asombrado.
Dean conoce a Mooney. Y ahora Noah repara en la nariz aguileña del hombre y en que su tez más oscura probablemente sea nativa americana.
¿Cómo no lo vio antes? Cuando Noah examina la vieja cabina de la camioneta, ve que lo que cuelga de un cordón de cuero del espejo es una garra de lo que debió de ser un animal enorme. ¿Un oso?
—Esa es Kay, sin duda. Esa es Kay. —Dean asiente—. ¿Cómo está?
Noah asiente, imitando su gesto.
—Está bien. —Sonríe—. Kay es Kay. —Se gira para echarle un vistazo, y ella sigue sumida en un sueño plácido.
La camioneta gira hacia Jay Creek Road. Noah está agotado, adormecido por el traqueteo del viaje, pero observa la carretera con atención para ver si podrá sacar su coche sin quedarse atascado, y entonces recuerda algo de golpe.
—Oye, eh, ¿dónde puedo conseguir un alternador por aquí?
—¿Un alternador? —Dean le lanza una mirada extraña, como si Noah hubiera pedido un sable de luz.
—Sí, me voy y mi coche no arranca. El alternador está estropeado. Vaya suerte la mía.
—Te vas y el coche no arranca, eh —repite Dean igual que suele hacer Kay, como si los acontecimientos tuvieran algún significado que a Noah se le escapa.
Esta gente tiene otro ritmo de vida, otra manera de entender cómo funcionan las cosas.
Si Noah le dijera a cualquiera de sus amigos que estaba siguiendo las señales de un águila, lo mandarían al psiquiatra.
Pero aquí no. Todos hablan en señales y códigos, como si formaran parte de un círculo espiritual, como si se entendieran a otro nivel.
Recuerda la foto en la repisa de la chimenea de Kay: gente reunida para algún ritual. Podría haber sido por aquí.
La camioneta se desvía hacia Pine Trail Road, y pronto llegan a casa de Kay. El edificio parece oscuro y desierto. Se funde con la oscuridad salvo por una luz tenue en la ventana junto a la puerta, del fuego que ya debe de estar muy débil.
La camioneta se detiene a unos seis metros de la casa, y Kay baja por la puerta trasera sin decir nada. ¿Estará enfadada con Noah por preguntar por el alternador y por querer marcharse pronto?
—Tengo efectivo, ¿sabes? —dice Noah, incómodo ante el silencio de Dean—. Necesito conseguir ese alternador.
—La tienda más cercana está a unos cincuenta kilómetros de aquí —dice Dean lentamente—.
No está en la ruta principal. Tienes que desviarte por la ruta 42, y cuando llegues a la granja lechera, coges la segunda a la derecha y sigues hasta que veas el cartel de New Belfort.
Podrías llevarte la camioneta de Kay, seguro que no le importa.
O yo estaré allí en un par de días. Mañana tengo que ir a Watertown.
—Sí, ya veré si puedo apañármelas. Si no, puede que necesite tu ayuda. —Noah esboza una sonrisa de disculpa.
Le da las gracias al hombre por todo, baja de la camioneta y vuelve al frío, que ahora le resulta tan familiar y nada amenazante. Pero antes de cerrar la puerta, Dean lo detiene.
—¿No dejáis la luz de fuera encendida? —Señala hacia la casa con la cabeza.
—Se han caído las líneas eléctricas —dice Noah.
—¿Ah, sí? —Los ojos de Dean van del rostro de Noah a la casa.
—Desde hace varios días. No paro de decirle a Kay que llame a la compañía eléctrica, pero ella es... —se encoge de hombros— ya sabes, Kay es Kay. —Noah suelta una risita.
—Ajá. —Dean tiene la mirada fija en la casa—. Lo miraré.
Tras una pausa, Noah dice:
—Que descanses.
Pero le cuesta despedirse, como si Dean fuera su única conexión con el mundo exterior.
—Cuídate, chico —responde Dean.
Noah cierra la puerta, camina despacio hacia la casa y sube los escalones. Se da la vuelta para ver cómo se aleja la camioneta, observa las luces traseras rojas desaparecer en la oscuridad y escucha el sonido del motor que se desvanece.
Por ahora, su futuro es un anciano indio alto que conduce una camioneta destartalada.
Y esta noche, una vez más, la pasará en la cabaña que ha sido su hogar las últimas semanas.
La cabaña parece su propia «estación de paso», una parada entre el ayer y el mañana.
El mañana se presenta como un nuevo comienzo; Noah no sabe bien de qué, pero lo espera con ilusión.