65
Cuando pisan el aparcamiento despejado de nieve frente a la cabaña, aceleran el paso. La figura de Kay desaparece tras la puerta del edificio.
¡Hay alguien ahí!
Hay otro coche al final del aparcamiento.
Michael se vuelve para mirar el oscuro bosque del que salieron.
—Entramos por allí —señala con la cabeza hacia el cartel cuadrado que marca la entrada al bosque, no muy lejos del coche. La luz de la cabaña apenas llega hasta allí, pero se refleja en la nieve, surcada por huellas de esquí.
Noah también mira atrás: no hay ningún sendero por donde vinieron.
Están casi en la cabaña cuando Megan rompe a llorar.
—Cariño, lo logramos, tranquila. ¡Lo logramos! —Michael mira la cabaña como si hubiera visto a Dios, con los ojos brillantes de lágrimas.
Justo entonces, la puerta se abre y sale apresuradamente un tipo bajo y rechoncho de unos cincuenta años, con un anorak grueso y un parche oficial en el pecho, diciendo algo por la radio que lleva en la mano.
Va directo hacia ellos, todavía con la radio pegada a la boca, que emite pitidos y la voz de otra persona.
—¿Ese coche de allí es suyo? —les grita al acercarse, y luego mira el pie de Megan.
—¡Sí! —dice Michael—. Y ella está herida.
El hombre levanta la radio de nuevo. —Dos varones y una mujer. El Nissan Altima es suyo. La mujer tiene una lesión en el pie.
Noah suelta a Megan cuando el hombre ocupa su lugar y la coge en brazos.
Noah se sienta en el bordillo, cierra los ojos y exhala ruidosamente.
La sangre le bombea en la cabeza y los oídos, y siente el cuerpo lastrado por una pesadez repentina.
Oye las voces, al guardabosques que le hace preguntas a Michael y Megan, los pasos pesados hacia la puerta, el chirrido fuerte de los resortes oxidados, y luego la voz de Kay.
—Vaya viaje, ¿eh? —Kay se acerca a Noah por detrás.
Noah tiene las piernas extendidas frente a él, todavía con las raquetas de nieve puestas, y los bastones de esquí cruzados en el suelo como muletas inútiles. Apenas puede hablar, no digamos moverse.
—Dean estará aquí pronto. Nos llevará —dice ella.
Dean, otra persona.
La noche es silenciosa y surrealista. Noah no ha visto nada más que la cabaña de Kay durante las últimas semanas.
Tampoco ha hablado con nadie. No pensó en ello cuando estaban ocupados sacando a Megan del bosque, pero ahora se da cuenta de que ha vuelto a la civilización, o a una versión local de ella.
Todo este tiempo en la cabaña, quería ver más gente, pero ahora mismo está tan cansado que lo único que quiere es volver a la cabaña de Kay y descansar, comer algo y tomar un té caliente.
Sonríe.
Seguramente aquí tendría cobertura, pero no lleva el teléfono encima. No tenía intención de llegar tan lejos. Ni de salvar a nadie.
Su sonrisa se ensancha.
—Debería ir a hablar con ellos, asegurarme de que están bien, ¿no? —dice, se da la vuelta y mira a Kay.
Sus ojos suaves y cansados lo observan.
—Hazlo —dice ella, asintiendo levemente.