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Llevan lo que parece una hora avanzando a paso de tortuga. Ya casi ha oscurecido, y cada vez cuesta más distinguir la figura de Kay a lo lejos. Lo único que les impide quedar sumidos en la oscuridad total es la blancura de la nieve.
Ahora Megan gime con cada tirón, y parece que han aminorado el paso y están agotados, pero Noah sigue empujando como por inercia.
Le arden las articulaciones. Tiene el cuerpo débil y empapado de sudor.
Cada movimiento supone un esfuerzo enorme, pero sabe que Michael y Megan siguen adelante solo gracias a él.
Noah tiene que pensar en ellos, y por eso marca el ritmo.
Sin él, se habrían quedado donde estaban, congelándose lentamente en la noche.
Siguen empujando, todos con la esperanza de que las cosas salgan bien, y al cabo de un rato aparece un resplandor entre los tocones de los árboles.
—¡Eh, chicos! —Megan es la primera en darse cuenta, y cuando Noah entorna los ojos para mirar a lo lejos, piensa que podría ser un espejismo.
—¿Eso es una luz? —Emocionado, Michael casi suelta a Megan mientras mira fijamente hacia delante, pero al instante siguiente la agarra con más fuerza aún y tira de ella con toda la energía que le da la adrenalina.
Noah hace lo mismo.
¡Lo sabía! ¡Sabía que saldrían del bosque!
Tiran con tanto esfuerzo que casi pierden el equilibrio, pero lo recuperan y siguen avanzando hacia la luz como si la esperanza les hubiera dado alas.
Otros treinta metros y la ven brillante y nítida entre los árboles, aunque es tenue y pequeña, pero inconfundible: es la luz del porche de una cabaña de guardabosques.
La pequeña figura de Kay titila más adelante, bañada por la luz, mientras de pronto su andar se endereza y empieza a moverse con soltura y paso firme.
Está en terreno llano, comprende Noah.
—¡Chicos, chicos! ¡Lo logramos! —Megan está a punto de echarse a llorar, y ahora sus sorbetones son sonoros y húmedos.
—¡Joder, sí! —grita Michael—. ¡Joder, sí! —repite con cada tirón—. ¡Vamos, cariño! Ya queda poco. ¡Vamos!
Y Noah no sabe si Michael se lo dice a sí mismo, a él o a su chica, pero le entran ganas de reír, a carcajadas y de pura felicidad.
A medida que avanzan, la cabaña se distingue con claridad. Y también el aparcamiento blanco. Y la camioneta frente al edificio. Y el gran letrero que Noah no alcanza a leer en la oscuridad. Pero da igual. Lo único que importa es que hay luz.