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—¡Gracias a Dios! —grita el chico desde la distancia, jadeando de tanto saltar y agitar los brazos—. ¡Eh! ¡Estamos atrapados! ¡Y perdidos!
Noah también jadea mientras se acerca.
—Oye, tío —dice el chico, ahora en voz más baja, y mira a Noah con decepción, como si hubiera esperado una expedición transciberiana.
Noah busca con la mirada a la segunda persona y ve a una mujer joven.
—Estamos ella y yo —explica el chico—. Es mi novia. Se torció el tobillo, o se lo rompió, o qué sé yo, tío...
El chico habla rápido. Noah camina despacio hacia la chica, sentada en un tronco caído; la nieve de alrededor está pisoteada y aplanada, como si hubiera habido una multitud congregada allí. La pareja es joven, probablemente algo más joven que Noah.
—Estábamos esquiando hacia las cascadas —dice el chico a su espalda—. Hay un sendero que rodea la zona.
Su novia está callada, con los ojos rojos como si hubiera estado llorando, y Noah sabe que eso es una estupidez con este frío. Ella lo mira con expresión miserable, y él se vuelve hacia el chico, mira hacia atrás y ve a Kay.
Kay está a unos veinte metros, estudiando la nieve como si buscara algo; luego alza la vista al cielo. No se acerca a la pareja, y Noah no deja de asombrarse de su aversión general hacia los desconocidos.
—Ni siquiera sé cómo nos salimos del sendero —explica el chico con voz desesperada—.
Había huellas mezcladas en la nieve, dejadas por otros, y quisimos tomar un atajo, pero de alguna manera nos perdimos.
Luego decidimos volver sobre nuestros pasos, y eso tampoco funcionó.
Y entonces ella tropezó con algo en la nieve, y el pie...
La chica se sujeta la pierna por debajo de la rodilla y mira a Noah con expresión de sufrimiento.
—¡Tenemos que darnos prisa! —grita Kay desde lejos, sin dejar de inspeccionar la nieve—. ¡Se está haciendo de noche!
—¡Mierda! —suelta el chico, frustrado—. ¡Qué estupidez! ¡La hemos cagado! Y ahora ella no puede caminar...
—Tendrá que hacerlo —dice Noah, y mira a la chica con frialdad, evaluándola de arriba abajo.
Es pequeña y delgada, unos cincuenta kilos como mucho. Si él y el experto en esquí la sostienen uno a cada lado, pueden conseguirlo.
—¡En marcha! —les grita Kay desde lejos.
Noah se vuelve hacia ella: debe de conocer el camino. Ha pasado años en esta zona. Tienen que confiar en ella, y en el maldito pájaro.
El chico sigue la mirada de Noah y luego vuelve a mirarlo.
—¿Crees que puedes ayudarme... ayudarla? —El chico señala a su novia con la cabeza, y ella mira a Noah suplicante.
Noah asiente.
—Tenemos que movernos. Ya, ahora mismo, antes de que oscurezca del todo.
El chico sonríe con nerviosismo.
—Llevamos aquí una hora —dice—. Intenté cargarla, pero no puede apoyar el pie.
—Será mejor que nos pongamos en marcha —dice Noah, ayudando a la chica a levantarse despacio—.
Vas a pasar un brazo por los hombros de cada uno y usarnos como muletas, ¿vale?
—le indica mientras ella se pone de pie sobre un esquí, con la otra pierna doblada y ligeramente levantada, como un perro herido. Del otro esquí ya se preocupará luego.
Él y el otro chico le rodean la cintura con un brazo cada uno, y ella les pasa los brazos por los hombros.
—Vale, vamos a intentarlo.
Dan un paso, y ella intenta deslizarse sobre un esquí, pero hace que los tres se tambaleen al apoyar el otro pie. Un grito le desgarra la garganta, y se detienen.
—Vale, vale, vale —exhala Noah—. Tenemos que encontrar la manera.
El peso extra de ella los hará hundirse más, se da cuenta Noah, lo que ralentizará mucho el avance.
El chico, intentando moverse a su lado con los esquís puestos, parece Eduardo Manostijeras: torpe y patoso.
Y la chica no puede saltar como haría si no hubiera nieve.
Pero no hay nada alrededor para improvisar una camilla, ni siquiera para arrastrarla.
—Vale. Vamos a hacerlo despacio —dice Noah—.
Tú y yo —señala al chico con la cabeza— daremos un paso adelante, luego te levantaremos a ti —señala a la chica— y te arrastraremos un poco hacia delante.
Como muletas humanas. ¿Entendido? Como no puedes caminar, tendremos que hacerlo paso a paso.
Va a ser lento, lentísimo, pero es la única manera.
Si no, nos moriremos todos congelados aquí.
La chica asiente frenéticamente. Los labios resecos le tiemblan de dolor o de ganas de llorar, pero ya sabe que es mejor contenerse.
—¿Sabes por dónde ir? —El chico mira a Noah con esperanza.
Noah mira a Kay a lo lejos. Está esperando. No puede ayudar a cargar a la chica, pero Noah está seguro de que conoce el camino.
—Sí —intenta sonar más seguro de lo que se siente. A veces la confianza es la mejor motivación. Señala hacia Kay con la cabeza—. Por ahí.
Hacen lo acordado. Noah y el chico dan un paso por delante de la chica, inclinándose hacia atrás, con los brazos rodeándole la cintura, mientras usan los bastones en la mano libre como palanca; luego la levantan y la arrastran hacia delante.
El peso de ella se desplaza hacia un lado y se tambalean, a punto de caer.
Los pies de Noah se hunden más en la nieve, pero no se desanima.
No tener alternativa es buena motivación.
Repiten el movimiento: el mismo tambaleo, casi la misma caída.
Pero a la tercera va mejor. A la cuarta funciona.
Y aunque Noah se da cuenta de que avanzan a paso de tortuga, la joven pareja no tiene alternativa.
Y Noah... Bueno, ahora siente que todo el viaje estaba destinado a esto.
Ojalá consigan encontrar la salida del bosque.
Así es como aprendes el territorio desconocido. Así es como superas el miedo. Das un pequeño paso. Luego otro. Luego otro. Luego uno más grande, recuerda las palabras de Kay.
Y así es como avanzan. Paso a paso.
—Soy Michael, por cierto —dice el chico, respirando con dificultad, con el gorro de moda tan torcido como sus habilidades para esquiar—.
Esta genia del esquí —continúa Michael mientras levantan a la chica y la arrastran hacia adelante— es Megan.
—Dan varios pasitos—. Fue su brillante idea venir a esquiar a las montañas —Michael contiene la respiración mientras vuelven a tirar de Megan— después de la tormenta de nieve.
Megan, con su chaqueta de esquí rosa y blanca y un gorro blanco, se sorbe la nariz como respuesta. Tiene un aspecto lamentable. Sus mejillas están de un rosa intenso, del mismo color que su chaqueta, y en cualquier otro momento, Noah está seguro, le habría contestado a Michael con brusquedad.
—Noah —se presenta él, y vuelven a levantar a la chica.
Siguen avanzando torpemente por la nieve como una criatura tullida de cinco patas con tres nubes de vaho a su alrededor.
El aire se vuelve más denso y oscuro. Pronto anochecerá, y Noah solo espera que Kay conozca el camino.
Pensándolo bien, se da cuenta de que quedarse atrapado con ella en la oscuridad no sería tan malo.
La mujer es una superviviente. Con ella, podría sobrevivir a cualquier cosa.
Kay se detiene a lo lejos y mira alrededor, y entonces Noah repara en la respiración pesada de Megan y Michael y les dice que descansen un minuto mientras se separan. Noah intenta flexionar los dedos. Los tiene fríos y rígidos dentro de los guantes.
—¿Cómo habéis acabado por estos lares? —pregunta Michael, mirando a Noah.
—Me estoy quedando en casa de Kay —Noah señala a Kay con la cabeza—. Nana Kay. Ella, eh... —Noah quiere decir que siguieron al águila, pero se da cuenta de lo ridículo que sonaría. Especialmente ante unos desconocidos cuyas vidas dependen prácticamente de él y de Kay.
—¿Nana Kay? —Michael frunce el ceño.
—Es de la zona. Vive cerca.
—Me suena ese nombre —dice Megan mirando a su novio, con esa voz suave y aguda de niña pija encantadora.
—Sí. —Noah no sabe muy bien cómo explicarlo—. Es una sanadora y...
—¡Sí, sí, sí! —interrumpe Michael, emocionado de repente, y asiente—. ¡Hemos leído sobre ella! ¿Te acuerdas? —Mira a su novia—. Salía en un blog sobre las cataratas de Jay Creek Falls. Es como una leyenda local o algo así.
Noah asiente. O algo así.
—Dicen que cura a la gente y hace milagros y esas cosas —Michael sonríe, sin dejar de asentir.
Noah suelta una risita. —Lo de los milagros no lo tengo tan claro, pero le va todo lo de los nativos americanos y lo espiritual. Señales, naturaleza, esas cosas. Me arrastró al bosque de repente.
Michael mira a Noah desconcertado y luego mira a Megan.
—¡Se está haciendo de noche! —grita Kay y, en lugar de seguir recto, gira a la derecha. Dice algo más, pero sus palabras se pierden en el aire sin llegar a Noah.
—En fin —Noah hace un gesto indicando que tienen que seguir—, todo es gracias a ella, pero tenemos que movernos. —Noah mira hacia atrás y alrededor para ver cuánto han avanzado—. Va a oscurecer enseguida.
Cuando llegan al punto donde Kay giró a la derecha, Noah se fija en que las huellas de esquí que siguieron continúan recto. Deben de ser de Michael y Megan, pero aun así les indica que giren a la derecha, siguiendo a Kay.
—Espera, parece que vinimos de allí —Michael duda.
—Confía en mí, tenemos que ir por aquí. —Ni siquiera Noah está seguro, y puede ver la frustración en los ojos de la pareja —están agotados—, pero todos siguen cojeando y tambaleándose porque él cree en Kay, y como ella dice, el mundo no es lo que es, sino lo que creemos que es.