Nana Kay 62
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Los rodean árboles por todas partes, en su mayoría pinos. Sus altos troncos desnudos, que sobresalen de la nieve, parecen pasteles glaseados por un lado. Las oscuras copas apuñalan los retazos de cielo claro, susurrando bajo la brisa suave que parece existir solo allá arriba, sobre sus cabezas.

Es invierno, pero el invierno nunca se siente igual que cuando estás en plena naturaleza, se da cuenta Noah. Y a pesar de sus resoplidos, jadeos y sarcasmo quejumbroso, sigue a Kay. Tiene fe en ella, cree que sabe mucho más que él.

Cree: es una palabra curiosa. Noah sonríe.

No sabe qué hora es, pero está oscureciendo. Lo nota por la neblina que se asienta alrededor, por las sombras que aún no se han formado, aunque ya las ve cobrar forma en los rincones más oscuros.

En algún momento del camino, Noah recuperó fuerzas.

Siente la tensión de los músculos que llevan trabajando sin parar un par de horas, el sudor del cuerpo bajo la ropa, la humedad bajo la nariz que le hace sorberse los mocos.

Tiene la sensación de ser un intruso que atraviesa territorio desconocido, con millones de ojos observándolo desde los árboles, las copas y el cielo, ahora un tono más oscuro.

Mira a Kay, que va tres metros por delante, y no puede evitar preguntarse cómo ese cuerpo centenario aguanta semejante esfuerzo. Es toda una supermujer, sin duda.

Justo en ese instante, Kay se detiene como si los pensamientos de Noah la hubieran alcanzado, y ladea la cabeza como si escuchara algo.

Noah se queda paralizado y mira a su alrededor. Sus oídos se convierten en localizadores.

De repente, él también lo oye.

Un escalofrío le recorre la espalda. Se recoloca el gorro de un tirón, sorbe por la nariz, contiene la respiración e intenta quedarse lo más quieto posible cuando lo oye de nuevo: un sonido tan inesperado en lo profundo del bosque que piensa que es una alucinación.

Pero la cabeza de Kay también se vuelve lentamente hacia el sonido.

—Hay alguien ahí, Kay —dice en voz baja.

Ella no responde, pero empieza a avanzar pisando fuerte en esa dirección, y tras una docena de pasos, lo oye de nuevo. Una voz de mujer. No hay duda.

El pulso de Noah se dispara.

—¿Hola? —grita, y su propia voz lo sobresalta. Mira a Kay, pero ella sigue avanzando hacia donde viene la voz, y de repente oye voces más fuertes delante.

—¿Hola? —Esta es masculina.

—¿Hola? ¡Ayuda! —Una femenina. Luego, insistente—: ¿Pueden oírnos?

A Noah el corazón le late desbocado.

—¡Hola! —grita de nuevo y empieza a moverse más rápido que Kay. En el fondo sabe que los encuentros en plena naturaleza no siempre acaban bien, pero Kay no se detiene, y él tampoco.

—¡Por aquí! ¡Ayuda! ¡Ayuda! —Las voces de los desconocidos resuenan a lo lejos.

El cuerpo de Noah sigue los sonidos mientras su mente se adelanta para ver qué ocurre.

Ya va una docena de pasos por delante de Kay cuando distingue un abrigo de esquí rojo que destaca en la blancura entre los troncos.

Está oscureciendo y no alcanza a ver si es hombre o mujer; la otra persona no está a la vista, pero oye dos voces, y la figura empieza a agitar frenéticamente las manos en el aire.

Noah acelera el paso y pronto ve a un chico joven con ropa de esquí moderna.