Nana Kay 61
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Llevan ya un buen rato caminando. De vez en cuando, Noah se detiene para recuperar el aliento y humedecerse los labios y la lengua resecos con un poco de nieve.

El pelo, mojado por la nieve y el sudor, le cuelga en mechones por el borde del gorro.

Siente calor, pero tiene los pies helados, y la nieve le llega ya hasta la parka.

Le irrita que Kay no le diga adónde van; ella solo sigue mirando hacia arriba.

Y cada vez que lo hace, Noah distingue la silueta oscura del águila, como un pequeño avión, en los retazos de cielo entre los árboles.

Genial. Están siguiendo a un pájaro. Como en esas películas de presagios funestos.

—Seguro que vamos a morir —murmura Noah.

—Algún día, todo el mundo lo hace.

—Tsk. Debería haberme quedado en casa.

Ella no responde. Quizá sea una prueba, alguna retorcida técnica de supervivencia. Quizá lo esté conduciendo a la muerte, piensa Noah con sarcasmo.

—Podemos morir congelados, ¿sabes? —murmura para sí mismo, aunque se asegura de decirlo lo bastante alto para que Kay lo oiga.

—Morir congelado es una muerte fácil —dice ella—. No tendrás tanta suerte.

—No sabes cómo va a ser para mí —dice él.

—Creía que me lo habías contado. —Lo mira por encima del hombro con una sonrisa irónica.

—Los médicos lo dijeron. Yo no.

—¿Acaso ellos no lo saben?

—¿Quién dice que los médicos siempre tienen razón?

Ella asiente.

—Pero tienen los informes, ¿no?

—Da igual. —Noah está amargado, y eso hace que sus movimientos sean más bruscos, más secos y más decididos mientras avanza por la nieve—.

Los informes no son personas. En realidad no vieron mi tumor.

Yo no lo vi. Así que ya ves. Pueden meterse sus informes por donde les quepan porque no pienso rendirme tan fácilmente.

Tengo planes. —Sorbe por la nariz, como poniendo punto final a sus palabras.

Va cobrando velocidad y ahora camina junto a Kay. Sus movimientos empiezan a reflejar los de ella: flexibles, más gráciles, mientras esquivan las ramas y los troncos medio caídos.

Noah va absorto en sus pensamientos, pero Kay le lanza miradas. Tiene los labios muy apretados, como si intentara contener las palabras, pero sus ojos sonríen, llenos de una alegría misteriosa.

Ella percibe el cambio que se está produciendo en él, algo que él mismo, Noah, aún no advierte.