Nana Kay 60
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Llegan al borde del bosque y Kay se detiene.

Noah también, agradecido por el pequeño descanso, y la observa con atención.

Jadea, traga saliva con la garganta seca, ya sin aliento, apoyándose en los bastones, y eso que solo han cruzado el campo.

Kay, en cambio, parece tenerlo todo controlado, como si llevara toda la vida entrenando para un maratón.

—¿Adónde vamos, Kay?

—Ya veremos.

Genial. En boca de Kay, eso suena a que se van a meter en problemas. Ella mira hacia arriba de nuevo y Noah sigue su mirada: el águila sigue trazando círculos, pero más lejos, sobre el bosque.

—Por aquí —ordena Kay, y se adentra entre los arbustos cubiertos de escarcha, con sus ramas como carámbanos invertidos, hacia el interior del bosque.

A Noah no le hace ni pizca de gracia, pero no tiene otra opción.

El bosque se cierra a su alrededor como si hubieran entrado en un laberinto de maíz.

Aquí todo es varios tonos más oscuro. El sol se pondrá en un par de horas, y Noah piensa que esto es una pésima idea se mire por donde se mire.

No hay sendero, y aunque lo hubiera, sería imposible verlo bajo sesenta centímetros de nieve.

Pero Kay avanza con paso seguro.

—Kay, de verdad creo que deberíamos volver —dice Noah, mientras pelea con las ramas de los árboles, que de vez en cuando le golpean la ropa y la cara. Las raquetas de nieve chocan contra tocones y troncos ocultos bajo la nieve.

Kay lo ignora.

—Creo que mi cuerpo necesita descansar un poco —dice, con la esperanza de que den la vuelta.

Ella se detiene y se da la vuelta para mirarlo. Sus mechones blancos más largos están salpicados de nieve desprendida de los arbustos y los árboles. Lo mismo el gorro y los hombros de la parka. Parece un hada del bosque.

—Tu cuerpo necesita un buen meneo, chico. Para sentirse vivo.

—Nah, creo que mi sistema inmunológico necesita conservar fuerzas.

—¡Ja! ¿Tu sistema inmunológico? Si tuviera fuerza, ¿cómo habríamos llegado a esto? —Pone los ojos en blanco y menea la cabeza con un gesto cómico que ambos han adoptado para referirse al tumor dentro de su cabeza. Ya no le pone nombres. Ni monstruo. Ni oscuridad. Es solo su cabeza.

Kay se da la vuelta y sigue andando.

Noah no se rinde.

—¿Y un paseo por el bosque en pleno invierno va a ayudar?

La sigue a regañadientes. Las raquetas se le atascan en la maleza oculta. Pierde el equilibrio y cae como un tronco en la nieve.

—Maldita sea —sisea, mientras forcejea con los bastones y las raquetas y la nieve que le cubre los vaqueros y la parka, y reza para que no se le mojen demasiado rápido porque entonces se congelará y seguro que le vuelve la fiebre.

—Pareces un elefante desesperado en un campo de fresas —se ríe Kay desde unos metros más adelante, y Noah vuelve a maldecir—. Intenta disfrutar de esto, chico. Según cómo lo mires, las mismas cosas pueden darte satisfacción o frustración.

—¿Qué estamos buscando aquí? —pregunta sin cambiar de perspectiva, porque su perspectiva es que tienen que dar la vuelta, o que deberían haberse quedado en casa desde el principio.

—Ya verás —dice ella, y sigue avanzando.

Y Noah la sigue. Siguen algo parecido a un sendero, o quizá una trocha de ciervos, no es que Noah sepa distinguirlos.

Kay mira hacia arriba y Noah también. Los árboles se cierran muy por encima de ellos, pero aún puede ver retazos de cielo, y a través de ellos, muy por encima de sus cabezas, un águila.

¿Cuánto tiempo pueden volar así las águilas?

Justo entonces, el águila vira a la derecha y Kay se detiene.

Noah jadea ruidosamente mientras observa a Kay, que mueve la cabeza a la izquierda, luego a la derecha, rastreando el bosque con la mirada.

Piensa que Kay probablemente está lo bastante en forma como para hacer un triatlón.

Se la imagina con un rifle a la espalda.

El último pensamiento le resulta inquietante: esta mujer es capaz de cualquier cosa.