Nana Kay 59
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—Sería genial ser Moisés —bromea Noah mientras camina por la nieve. Probablemente haya casi un metro de profundidad, pero con las raquetas, apenas le llega por encima de los tobillos.

—Bueno, tú eres Noah —dice ella.

—Sí. Digo que ahora sería buen momento para ser Moisés. Abrir esta nieve en dos. —Hace un gesto con las manos delante de él, como lo vio en todas las películas bíblicas—. Pasar caminando sin más. —Suelta una risotada.

Kay se detiene y se vuelve para mirarlo, pone los ojos en blanco, niega con la cabeza y sigue avanzando.

—Era broma, Kay.

—Esos viejos dibujos del campamento bíblico que tienes en la cabeza son difíciles de quitar, ¿eh?

—Era broma.

—No tienes cinco años.

—¡Que era broma! ¡Kay! ¡Madre mía!

Exhala una nube de vaho con la boca abierta en una sonrisa.

Caminar con raquetas es más difícil de lo que pensaba. Su peso lo hunde más en la nieve. Kay parece moverse con una soltura ensayada mientras él tropieza cada dos pasos. Tanto presumir de estar siempre preparado, se reprocha.

Solo han atravesado un tercio del campo y Noah ya necesita parar a descansar. Kay se detiene a esperarlo mientras él jadea y se limpia la nariz con el dorso del guante.

—Solo estoy calentando —explica mientras rota los hombros, sorbiéndose los mocos—. No puedes ponerte a hacer ejercicio sin calentar antes, ¿sabes?

—Ajá —responde Kay, y antes de que se vuelva, él alcanza a ver cómo se le marcan las arrugas alrededor de los ojos. Está intentando disimular una sonrisa.

Reanudan la marcha.

—¿Qué pasa con el pájaro?

Noah la sigue con más ganas ahora, inspira hondo y el aire frío le araña la garganta.

—Es un águila. —Las palabras de Kay le llegan amortiguadas, y Noah da varios pasos rápidos y torpes para alcanzarla.

—Ya lo veo —dice—. ¿Qué pasa con el águila?

Kay guarda silencio un rato. Su respiración, nota Noah, es más acompasada que la suya. Qué vergüenza, qué vergüenza. Se propone respirar por la nariz.

—Es una señal —responde al fin.

Genial. —¿Una señal de qué? —En vez de arreglarle el coche, están recreando el viaje de Don Juan de las fantasías de Castaneda.

—Mooney —responde ella, interrumpiendo sus pensamientos.

Mooney, su misterioso compañero. Noah llevaba tiempo sin oír ese nombre.

—¿Mooney participaba en las curaciones que hacías?

—Todo lo es —responde Kay.

Por supuesto. —Entonces, ¿quieres decir que cuando ves un águila, es Mooney?

Resopla y jadea mientras avanza por la nieve, el aire frío llenándole los pulmones con cada inspiración.

—Algo así. —Kay va un poco por delante de él, como siempre: la líder. Está a un paso de la tumba, pero en mejor forma física que él.

—¿Es verdad eso que dicen de que los espíritus siempre están contigo?

—pregunta Noah, con miedo de parecer idiota, pero se lanza de todos modos—.

¿Los de tus seres queridos que han muerto?

Como... —se sorbe los mocos y se limpia la nariz con el dorso del guante otra vez— si a alguien le gustaban las libélulas, y muere, y luego ves libélulas todo el tiempo, es el espíritu de tu ser querido. O algo así.

Pasea la mirada desde las llanuras blancas hasta la figura que camina a su lado, y luego al bosque que tienen delante.

Kay alza la vista al cielo, como si allí hubiera alguna pista. Noah también mira hacia arriba. Ha aprendido a seguir sus movimientos, porque así ve cosas que de otro modo no notaría.

El águila está allá arriba, como una guía silenciosa hacia algo que Noah desconoce.

—Sabes —responde ella—, puedes encontrar significado en lo que quieras.

—Aminora el paso para que él pueda oírla y camina a su lado, con movimientos uniformes y metódicos como todo lo que hace, mientras Noah intenta igualar su ritmo: una pierna, luego la otra—.

La mayoría de la gente lo hace. La gente desesperada lo hace. Y los que sufren.

El sonido de su voz es rítmico, en misteriosa sincronía con el crujido de la nieve bajo sus pies y el impulso de sus cuerpos hacia delante.

—La probabilidad de que veas una libélula es la misma que para cualquier otra persona en cualquier momento.

Pero en cuanto le das un significado, cada vez que la ves, piensas que el significado viene con ella.

Además, cuando das significado a las cosas, las notas más. Se vuelven más valiosas, ¿entiendes?

Noah solo puede verle el perfil a Kay, pero nota por el tono abierto de su voz que está sonriendo.

—Así funciona nuestro cerebro —continúa—.

De hecho, así funciona la vida. Si piensas que los arcoíris son pequeños milagros, sonreirás al ver uno.

Si piensas que un gato negro que cruza la calle trae mala suerte, esperarás algo negativo cada vez que veas uno.

Las sociedades y culturas se construyen sobre supersticiones y tradiciones cargadas de significados particulares.

Todo es simbólico. La verdad es que, si tú y tu ser querido teníais una conexión especial, incluso después de que mueran, siguen contigo.

Sus espíritus permanecen un tiempo. No se van, se quedan cerca.

A veces toda tu vida, si los necesitas. Así que los ves en una libélula, o en un árbol junto a tu ventana, o en un pequeño insecto que se arrastra entre los cristales en pleno invierno, o en la melodía familiar que toca un músico callejero, o en la bombilla que se funde cada semana.

¿Manifestación? Los espíritus no la necesitan.

Están en todas partes. Cuando duermes, comes, cantas en el coche, cuando vives tus momentos más felices, o cuando te acurrucas de dolor.

Viven en nosotros. Puedes llamarlos fantasmas.

Otros los llamarán recuerdos. Recuérdalo.

Porque eso hace que tu vida sea mucho más especial.

Eso es lo que la gente olvida: la vida es algo precioso.