Nana Kay 57
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—Es el alternador —informa a Kay al entrar en la casa, después de trastear con el motor de su Stallion.

No tiene ningún sentido. Lo cambió hace medio año. No es ningún genio de la mecánica, pero eso sí lo sabe.

—Necesito uno nuevo. Tengo que ir al pueblo, Kay.

Ella asiente.

Noah abre las manos y niega con la cabeza, sorprendido, pero ella ni se inmuta.

—Quizá debería ir ahora mismo —dice.

—Quizá deberías calmarte.

No puede llevarse la camioneta sin su permiso, y ella no parece muy entusiasmada con la idea. En lugar de responder, se acerca a la ventana, se apoya en el alféizar y vuelve a mirar al cielo.

¿Qué quiere con esa águila?

Noah está irritado. Se desploma en el sofá y se arranca los padrastros.

—Sabes que tenemos que ir al pueblo tarde o temprano, ¿verdad? —dice Noah al cabo de un rato.

Ella no responde.

—Sabes que necesito ese alternador, Kay. Y tú necesitas la electricidad, porque pronto la casa va a empezar a pudrirse.

Ella vuelve a mirar por la ventana, buscando algo. Cómo no, el maldito pájaro sigue ahí fuera.

—Vamos a dar un paseo —dice ella.

¿En serio?

—¡Kay! ¿Y qué pasa con mi coche? —Noah quiere gritar de frustración.

—No va a ir a ninguna parte.

—¡Pero es importante! —suelta—. Para mí, al menos —añade en voz baja.

—Hay cosas más importantes ahí fuera.

Él niega con la cabeza.

—Noah, ofenderte no te da la razón —sonríe ella, y él sabe que tiene razón. También sabe que, de algún modo, por la razón que sea, ella no quiere que se vaya todavía—. Si supieras lo que es importante para ti, no habrías acabado aquí, chico. Así que terminemos lo que empezamos.

Sea lo que sea lo que empezaron. Signifique lo que signifique «terminar». Nada tiene sentido. En algún lugar muy dentro de él, sabe a qué se refiere, pero es algo intangible, difícil de asir.

—Vamos, chico.

Ella despega la mirada de la ventana.

No tiene elección.