Nana Kay 56
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El aire está fresco y frío, pero el sol es un desconocido. Su luz cubre la nieve y la convierte en una superficie resplandeciente que hiere los ojos. Trae algo más: alegría.

Noah está eufórico por el tiempo. La euforia lo acompaña mientras toma el café, fuma un cigarrillo, revisa el gallinero y luego el camino.

Es un mundo completamente diferente, como si el sol hubiera cambiado el rumbo de las cosas. ¡Porque el camino está despejado!

¡Por fin!

Noah lo contempla con una sonrisa boba, incluso camina hasta el centro para asegurarse de que no son imaginaciones suyas.

¿Quién? ¿Cuándo? ¿Cómo no oyó el ruido de un vehículo?

Camina, luego corre hacia la casa y entra como un vendaval.

—¡Kay! ¡Han despejado el camino!

Se queda de pie, jadeando, pero Kay no aparece por ningún lado. ¿Estará en su habitación?

—¡Kay! —grita, tratando de hacerla salir.

—No hace falta gritar.

La voz de Kay a su espalda lo hace volverse de golpe. Ella está en el umbral, mirándolo con curiosidad. ¿Cuándo salió de la casa?

—Han despejado el camino —dice Noah en voz más baja, con una sonrisa que se va apagando al no ver ninguna alegría en el rostro de Kay.

Pasa junto a ella, sale al porche y baja los escalones.

—Puedo irme —grita mientras camina a paso rápido hacia su coche—. ¡Cuando quiera!

Abre la puerta de su Stallion, se mete y se sienta, sin poder creer su suerte; luego coge la llave del posavasos, la mete en el contacto y la gira.

Al principio no procesa que el coche no arranca, y lo intenta de nuevo.

Es el frío, solo es el frío. Sigue intentándolo una y otra vez, pero nada.

No-no-no-no-no.

Lo intenta de nuevo, atento a cualquier sonido que pueda indicarle qué le pasa al coche.

Pero no arranca.

La respiración pesada, la boca abierta que emite una pequeña nube con forma de hongo, las manos que le tiemblan ligeramente de emoción no concuerdan con el vacío pesado que le sube desde el estómago hasta la garganta.

Por puro reflejo, gira la llave una vez más: nada.

El vacío le sube a la cabeza y se la llena.

Apoya la cabeza en el reposacabezas y se queda mirando el parabrisas con la mirada perdida.

Kay está en el porche, observándolo. Da varios pasos hasta el borde y alza la vista.

Noah no puede ver qué está mirando. Se inclina hacia delante y alarga el cuello, intentando ver hacia arriba a través del parabrisas.

Hay un pájaro grande en el cielo. Planea casi inmóvil, trazando círculos en el azul cobalto de aquel día feliz.

Noah no es ningún experto, pero supone que es un águila o un halcón.

Podría ser la misma criatura que vio el primer día que vino a visitar a Kay.

¿Una señal? ¿La mascota de Kay? ¿Un acosador?

Hay algo extraño en ese pájaro. Quizá sea un símbolo de su huida fallida.

Baja la mirada hacia Kay, en el porche, y sus ojos se encuentran. La frustración de Noah no parece provocar ninguna reacción en el rostro de ella. Kay lanza otra mirada hacia arriba, se da la vuelta despacio y vuelve a entrar.

¡Argh!

Noah se queda sentado un rato con las manos en el volante.

Cada vez que intenta marcharse de allí, algo sale mal.

Como si hubiera alguna fuerza actuando. Como si algo lo retuviera aquí.

¿Se lo está imaginando? ¿Es el destino? ¿Algún mecanismo desconocido?

Primero, ella no lo dejó entrar. Ahora, no lo deja salir.

Está desanimado, pero eso no es razón para bajar los brazos. Todo es como debe ser, decide. Hasta los pájaros están contentos, piando entre los árboles. Él no es un pájaro. Tiene manos, piernas, cabeza y cerebro. Y además, tiene habilidades.

Noah abre el capó y sale del coche.