54
Noah termina el libro en un par de horas. Kay anda por ahí fuera, en el cobertizo o en el gallinero. Está oscureciendo y la penumbra gris envuelve la casa.
Se levanta y va a encender la luz, pero no pasa nada cuando pulsa el interruptor.
Un momento.
Baja el interruptor y lo vuelve a subir. Nada. Va a su habitación. Allí tampoco funciona nada. Va a la cocina y abre el frigorífico, pero la luz no se enciende.
Vaya por Dios.
Con una linterna en la mano, sale y se topa con Kay justo en la puerta.
—Se ha ido la luz —suelta—. Iba a revisar la caja.
—No es la caja —dice ella, y pasa junto a él hacia la casa.
Él la sigue.
—¿Se ha caído el tendido?
—Puede ser.
—¿No deberías llamar?
—No.
—¿Pagaste la factura?
Noah suelta una risita. Kay no responde. Hace algo en la encimera o finge que lo hace.
—¿Kay? ¿La pagaste?
La sonrisa se le borra de la cara.
—Escucha —camina hasta la mesa de la cocina y se sienta—, puedo pagar. Llevo aquí el tiempo suficiente. Tengo dinero, ¿sabes?, más del que crees. No estoy en la ruina.
—Escucha, chico.
Se gira para mirarlo, y sus ojos están serenos, sin un atisbo de preocupación, como si supiera lo que está pasando.
—No te preocupes por eso ahora. Todo saldrá bien.
Si ella dice que saldrá bien, saldrá bien, piensa Noah, y de algún modo, en esta habitación que se hunde rápidamente en la oscuridad, aún se siente tranquilo y a salvo.
Kay pone la tetera al fuego. Menos mal que tienen cocina de gas.
Se sientan en la cocina, iluminada por el resplandor de la chimenea, a tomar té con galletas.
—Sabes, ahora que no hay calefacción eléctrica, tienes que mantener el fuego bien alto en todo momento —dice ella.
Noah asiente. Ya se lo imaginaba. Lleva aquí el tiempo suficiente para saberlo.