53
Noah elige otro libro. Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach.
—¿Otro cuento infantil? —pregunta Noah tras una docena de páginas.
—No lo es. Aunque los niños no tienen nada de malo. Los pequeños son los mejores maestros. Los adultos deberían aprender de ellos.
—¿Como qué?
—Ver el mundo y reaccionar ante él. Los niños pequeños aún no están condicionados por las reglas de los adultos. No tienen la cabeza llena de basura ni de limitaciones. Tienen más valentía, curiosidad y generosidad que la mayoría de los adultos.
Vaya si Noah lo sabe. De niño, todo lo que veía era un mundo mágico, hasta que empezaron a explicárselo todo a través del filtro de la Biblia.
Creía que era el Noé cuando se sentaba, pequeñito, en la bañera, su arca, rodeado de juguetes de plástico esparcidos y flotando, mientras contaba su «rebaño», una pareja de cada especie.
El recuerdo es tan vergonzoso que nunca se lo contó a nadie.
Hasta ahora. Porque Kay no juzga. Porque escucha. Porque encuentra significado en todo.
—La verdad es que tienes un buen nombre —dice Kay—. Es un símbolo de nuevos comienzos. ¿Qué puede salir mal?
—Bueno, está claro que encontré la manera de fastidiarlo —Noah suelta una risita.
—Pues cambia el rumbo. Los humanos estamos diseñados para eso.
—No es fácil.
—Tanto si crees que lo es como si no, tienes razón.
—Sí. ¿Quién dijo eso?
—Todos los sabios lo dicen. Henry Ford fue uno de ellos.
Tus pensamientos son lo que eres. Si la preocupación puede agotarte, y los pensamientos de rabia pueden provocarte dolor de cabeza, y los celos pueden hacerte desgraciado, y el disgusto puede hacerte llorar, y la emoción te acelera el corazón, entonces ¿de dónde crees que viene tu tumor?
Noah se queda mirando el libro que tiene en las manos.
Kay señala el libro con un gesto. —Como especie, todos tenemos ciertas propiedades físicas y habilidades.
Pero todos somos diferentes. Hay quien vive solo para comer y dormir, quien vive para explorar y ver el mundo, quien vive para cambiarlo, quien aspira a alcanzar las cimas más altas, quien busca vivir cómodamente y quien busca ser feliz.
Lo que elijas depende de ti. Nadie puede hacerlo por ti.
Los demás pueden ayudar, ya sea hundiéndote en lo más bajo o mostrándote las alturas.
—¿Es eso lo que haces?
—Lo intento.
—Pero ¿cómo curaste a toda esa gente?
—Les abrí la mente.
—¿Con drogas, quieres decir?
—A veces forma parte del proceso. La clave está en conocerte a ti mismo. Si no sabes lo que pasa en tu interior, ¿cómo vas a ser una persona sana?
—Ajá.
—El caso es, Noah, que eres un adulto. Tomas decisiones.
Eliges tu camino. Eliges tu entorno. Lo que eliges determina el resultado.
Esos sentimientos y pensamientos se convierten en lo que eres.
Nada en el mundo debería importarte más que quién eres.
Porque hasta que te entiendas a ti mismo, nadie más lo hará.
Nadie te debe nada: ni tus padres, ni tus amigos, ni tus seres queridos.
Y tú tampoco les debes nada. No dejes que nadie te diga lo contrario.
No estás obligado a vivir la vida de otros ni de la manera que otro considere apropiada.
Es tu vida. Si vives según las reglas y expectativas de otro, te conviertes en esclavo.
No vivas para castigar a alguien, ni para herirlo, ni para complacerlo, ni para demostrarle que estaba equivocado.
No necesitas demostrarle nada a nadie. Ni siquiera a ti mismo.
Noah siente una opresión en el pecho al oír esas palabras.
—No necesitas ganar el mundo ni conquistarlo —dice Kay con suavidad—. Ya es tuyo. La vida es algo maravilloso precisamente porque puedes hacer con ella lo que quieras. Suena descabellado, pero es verdad.