Nana Kay 51
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Noah se despierta al día siguiente y descubre que el mundo es diferente, más amigable. Es por la mañana. Se alegra de seguir respirando.

Quiere preparar café y desayuno para Kay, pero ella ya se ha levantado y el café está listo. Las tostadas también, y Noah lo agradece. Le dedica a Kay una sonrisa de buenos días.

Quiere hacer algo grandioso: ir a algún sitio, correr, volar, abrazar la tierra. Pero no hay grandeza posible en una cabaña aislada por la nieve.

—¿Qué haces cuando quieres cambiar el mundo? —pregunta, y no le avergüenza esta pregunta tonta porque Kay sabrá a qué se refiere. Sus pensamientos son desmesurados, pero así es como se siente.

—El mundo es tu reflejo, Noah. El cambio empieza dentro —responde ella.

—No formo parte de ningún gran plan, Kay. No soy ningún héroe.

—No lo sabes. Todo el mundo forma parte de un plan.

Se ríe entre dientes.

—No lo veo.

—Puede que nunca lo veas. Eso no significa que no esté ahí. Quizá estés destinado a salvar a alguien. O quizá sea algo tan pequeño que ni lo notes, pero cambiará la vida de otras personas. Por decirlo de forma sencilla. Aunque las cosas no son tan simples.

—Sí. Vale.

—Sabes, tu sarcasmo se ha vuelto más contenido, pero sigue siendo agotador —dice ella—. Es como si dudaras de todo lo que oyes.

—Porque algunas de tus historias son pura mierda —se ríe—. Es broma. Es broma, Kay.

—Tanto si crees que lo son como si no, tienes razón. Aquí va una historia para ti. Un gran hombre encuentra la cura para el sida.

Noah resopla.

Kay ladea la cabeza en señal de reproche.

—Antes de eso —continúa—, un profesor le pone malas notas y lo desafía a hacer una investigación mejor y más innovadora. Si no fuera por ese profesor... —Se detiene.

—Claro —responde Noah.

—Antes de eso, su madre muere de sida —continúa Kay—. Si no fuera por el trauma, ni siquiera habría estudiado medicina en primer lugar. ¿Ves?, una tragedia...

—Puede salvar a millones. Claro —asiente Noah. Pero a Kay no se le escapa que pone los ojos en blanco.

—Un día —prosigue ella—, antes de solicitar plaza en la universidad, va caminando por la calle tomando un café, cuando un tipo choca con él y se le derrama el café encima.

Vuelve a casa a cambiarse de ropa. Mientras se cambia, ve un anuncio en la tele de la universidad con la investigación más innovadora para enfermedades como el sida.

Es entonces cuando decide solicitar plaza en esa universidad en particular, donde conocerá a ese profesor en particular.

Si no fuera por el tipo cualquiera de la calle que chocó con él, un sintecho, un crío o un gilipollas, da igual, es irrelevante...

¿Ves? Lo que importa es que las pequeñas acciones a veces ponen en marcha toda una cadena de acontecimientos que...

—¡Lo pillo! ¡Lo pillo! —sonríe Noah y sacude la cabeza. Kay siempre pone los ejemplos más disparatados—. ¡Genial! Mi destino podría ser chocar con alguien importante y cambiarle la vida.

—Ese choque podría ser lo más importante de la ecuación. Es solo un ejemplo, Noah. Algunas personas no cambian la vida de nadie, ni hacen feliz a nadie, ni siquiera a sí mismas. Esa es la parte triste. Algunas personas ni siquiera son un choque.