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La casa y el mundo a su alrededor están a oscuras, pero dentro de la cabaña, la chimenea mantiene la vida.
Dos horas más tarde, el fuego ya no arde con tanta fuerza, pero Noah permanece inmóvil, con la mirada fija en las brasas anaranjadas como si estuviera hipnotizado, como si el resto del mundo no existiera.
Cuando por fin se mueve, no sabe cuánto tiempo ha pasado.
Se quita la manta de los hombros, se levanta y coloca con cuidado un par de troncos más en la chimenea; después se inclina para soplar las brasas.
Cientos de pequeñas chispas responden como luciérnagas.
Vuelve a sentarse y se envuelve de nuevo en la manta.
Kay está en su habitación. Noah nunca logra imaginarla dormida.
Parece dormir solo unas pocas horas por noche, de esas personas que funcionan con muy poco sueño.
Cuando él se despierta por la mañana, por muy temprano que sea, ella ya está levantada y trajinando por ahí, arreglando cosas, limpiando, hombre y mujer a la vez.
Se la imagina haciendo otras cosas: rezando, entonando cánticos, estudiando, enviando pensamientos al universo. Es fascinante, cae en la cuenta.
Noah siente un nudo en la garganta y un amor inmenso por la mujer que le ha dado cobijo y paz mental.
Desearía que estuviera despierta. Desea con todas sus fuerzas abrazarla, rodearla con los brazos, ese cuerpo pequeño y frágil, y decirle que va a estar bien.
De ahora en adelante, va a estar bien. Anhela tanto la cercanía humana que la puerta de la habitación de Kay le parece un muro infranqueable.
Quiere abrazar a todos ahora mismo: a Brooke, a sus padres, a sus compañeros de banda, a Toby.
¿Cómo es posible que no sepan que la vida es algo tan hermoso?
Noah se quita la manta, se pone los zapatos y el abrigo, coge uno de sus cigarros caseros de la mesa de la cocina y sale.
El frío del aire le muerde el rostro, pero incluso eso lo conmueve hasta las lágrimas.
Todo está en calma, sereno. Exhala con fuerza y contempla maravillado la nube opaca de su aliento.
Esa nube, pequeña pero llena de significado, es una señal de vida al salir de su boca y disolverse en el vasto mundo exterior.
Noah se siente pequeño, tan pequeño. Un soplo y desaparece: nada, una mota.
Pero su mente, su alma, sea lo que sea que sintió ahí dentro, permanecerán, está seguro.
Y eso es más importante que cualquier otra cosa.
Noah da una calada al cigarro y tose por la aspereza, pero sonríe como un bobo.
Incluso esto sienta bien. Pasea la mirada por la oscuridad.
Piensa en las cosas que solía hacer y que le hacían feliz, en las personas a las que él hacía felices.
Hay tanto que quiere hacer. Dos piernas y dos brazos, ojos y oídos: lo tiene todo.
¿Qué más se puede pedir? Todo lo demás es lo que él mismo aporta a este mundo.
Por fin, cae en la cuenta Noah, está empezando a valorar su vida.