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Noah quiere hablar de ello, y a la vez no quiere.
Está feliz y triste al mismo tiempo. Quiere reír y llorar.
No entiende qué le ocurre mientras intenta recordar la experiencia.
Deambula por la casa como un zombi, buscando en todo lo que le rodea algún vestigio de aquel hermoso mundo del que formó parte, pero no lo encuentra.
Eso le decepciona, aunque saber que ese mundo inexplicable está dentro de él hace que todas sus preocupaciones se desvanezcan, y por fin se siente en paz.
Se sienta en el sofá durante una hora, en silencio, mirando al vacío; luego prepara té para Kay y para él. Lo bebe de pie, apoyado en la encimera, hasta apurar la taza. La mira sorprendido y se prepara otra.
Piensa, piensa, piensa, sin saber siquiera en qué: en nada y en todo a la vez.
—Es tan extraño —dice finalmente en voz baja, sacudiendo la cabeza, como si hubiera viajado a otra dimensión. Que es exactamente lo que hizo, según lo entiende él.
—Tómate tu tiempo, chico. No pasa nada —dice Kay con suavidad.
—Es como... vida pura, su mecanismo —dice en voz baja, intentando expresar con palabras lo que vivió, los ojos muy abiertos al evocar el recuerdo.
Kay asiente.
—¿Cómo puede alguien no querer vivir para esto? —pregunta Noah, aunque ni él mismo sabe qué significa «esto». Quizá todavía esté colocado.
—Tienes que querer vivir con tanta fuerza que la sangre te corra por el cuerpo como el agua por una presa rota. Para que arrastre cualquier duda, cualquier miedo, cualquier oscuridad.
Con estas palabras, Kay desaparece en el dormitorio, y Noah se queda donde está un buen rato, asintiendo como si Kay siguiera hablando.