Nana Kay 44
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Al décimo día, a Noah se le acaban los cigarrillos.

—¿Vas a tener síndrome de abstinencia? —se ríe Kay.

—No. Aunque me gusta fumar. Así que es una mierda.

Ella le dice que busque en la despensa. No hay cigarrillos, pero encuentra una bolsita de tabaco y la lleva a la cocina con una sonrisa. Es de Mooney, explica Kay. Se lo compraba a un tipo que lo cultivaba.

—¿Papel de liar? —pregunta Noah.

—Prueba con papel de periódico. Así lo hacía Mooney.

Noah se sienta a la mesa de la cocina y pasa media hora liando un cigarro de tabaco, sellándolo con saliva.

Se le deshace y vuelve a intentarlo, maldiciendo pero entusiasmado con lo nuevo que está aprendiendo.

Al cuarto intento, consigue algo más o menos «armado» con aspecto de porro, que se lleva afuera y fuma, soplando la punta para apagar el periódico que se prende en llamas, tosiendo y escupiendo trozos de tabaco.

Mira las colillas junto a la puerta y se queda allí sentado un rato a la intemperie, sacando los filtros usados.

Le vendrán bien para sus cigarros caseros.

Saca la basura de nuevo, una bolsita del supermercado. A diferencia de las grandes ciudades, donde la gente sale de las tiendas con más plástico que comida, aquí se tarda varios días en llenar una simple bolsa, casi todo materia orgánica.

Noah se apresura hacia el granero, tiritando. No lleva abrigo, y le gusta la sensación de cruzar el frío con solo una camisa fina.

Justo cuando tira la bolsa al contenedor detrás de la puerta del granero, algo familiar le llama la atención. Se inclina de nuevo sobre el contenedor y saca la bolsa, la levanta por el nudo y mira el fondo.

A través del fondo de plástico semitransparente se distingue un puñado de objetos diminutos. Noah entrecierra los ojos para examinarlos.

Y entonces se le revuelve el estómago porque sabe lo que ve. Aun así, palpa el fondo de la bolsa, y el estómago se le hunde: las pastillas, un puñado de ellas, blancas y rojas.

Se queda perplejo durante un minuto, aturdido por el descubrimiento.

Así que no se las tomó todas, no hubo sobredosis, cae en la cuenta. No estuvo inconsciente toda la noche. ¿O sí? Si no se las tomó todas, entonces ¿quién las tiró? ¿Kay? ¿Estaba intentando quitarle la medicación? ¿Era todo obra suya desde el principio?

Noah vuelve a tirar la bolsa al contenedor, cierra el granero y camina despacio hacia la casa, ajeno a la helada y al viento. No dirá nada. No hará preguntas. Las cosas son como son. Tendrá que confiar en Kay y en todo lo que sucede aquí.