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Día doce.
A Noah le da demasiada pereza cocinar y, cuando tiene hambre, saca una lata de maíz de la despensa y se la come a lo bruto con un tenedor, sin molestarse en echarla en un bol ni calentarla.
Kay le lanza una mirada de reproche. Va a la esquina de la despensa y aparta a un lado la alfombra de colores.
Noah mira con recelo el contorno en el suelo mientras Kay forcejea con el pestillo de la puerta.
—Este cierre se atasca —dice mientras mueve la placa de metal hacia adelante y hacia atrás hasta que se desliza hacia arriba—. Desde hace años.
Baja un escalón.
—Mooney nunca llegó a arreglarlo.
Se da la vuelta para mirar a Noah.
—Una vez bajó allí, se quedó encerrado... estuvo gritando como una beluga hasta que volví a casa.
Suelta una carcajada sonora y desaparece en la oscuridad. Cuando sale, lleva un bulto de plástico.
—Voy a descongelar este pollo para la cena —murmura.
Noah se pregunta qué más habrá allí abajo en el sótano además de pollo congelado.
Kay deja el bulto en un bol de metal sobre la encimera, luego rebusca entre unos papeles en uno de los cajones de la cocina y le da uno a Noah.
Lo lee, asombrado: es una receta de pan.
—¿Vas a hacer pan? —se ríe.
—No. Tú lo harás —responde ella, borrándole la sonrisa de golpe.
—Sí, claro —resopla.
—Sí, claro —repite ella.
—Espera un segundo. Esto es, como, demasiado intenso.
Intenta bromear, pero una hora después está resoplando y jadeando, amasando la masa por tercera vez después de dejarla reposar y subir.
El horno está encendido. Tiene harina por todas las manos, en la nariz y en la ropa, y consulta la hoja de la receta para asegurarse de que sigue los pasos correctamente.
—No hace daño aprender cosas nuevas, ¿verdad? —dice Kay desde la mesa de la cocina, como si fuera una entrenadora culinaria—. Cuando estás aburrido, eso es lo que haces: entretienes la mente.
—Me convertiré en Martha Stewart antes de morir —se ríe Noah, pero Kay no responde. Sorprendentemente, sus bromas sobre la muerte ya no le afectan tanto.
Más o menos una hora después, saca el pan del horno.
La hogaza es un cadáver carbonizado, hinchada por un lado y desinflada por el otro, pero cuando raspa la corteza dura, está muy bueno, y Noah se siente orgulloso de sí mismo.
Un roquero punk con dotes para la repostería: Brooke estaría orgullosa, piensa con una sonrisa.
—¿Qué más puedo cocinar para usted, mi señora? —hace una reverencia teatral ante Kay, que sacude la cabeza con una sonrisa.
—No lo estás haciendo por mí, chico. Recuerda eso. Todo lo que haces aquí es, por fin, prestar atención al mundo.