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Los días pasan en el orden habitual con pocos cambios. Noah se despierta. Mira qué tiempo hace fuera. Toma café. Quita la nieve. Revisa el gallinero. El camino sigue bloqueado por la nieve.
—¿Hay algún vecino? —le pregunta a Kay. Debe de haber más casas y cabañas por los alrededores, aunque nunca oye indicios de que haya nadie más.
—Greg y Eileen, a varios kilómetros carretera arriba. Él todavía trabaja en una acería en Mainville. Deben de estar fuera de la ciudad o visitando a los nietos en el sur. De lo contrario, ya habrían despejado el camino —le cuenta Kay, y Noah se pregunta cuánto tardarán en volver.
Piensa en coger la moto de nieve hasta la gasolinera, pero ¿de qué serviría? Puede preguntar si alguien puede despejar el camino. Podría pagarle a alguien para que lo haga. Pero siente que las cosas no funcionan así por aquí. De lo contrario, Kay ya habría ido ella misma.
Noah lee. Ha leído más que en los últimos diez años. Cada vez que la conversación roza cierto tema, Kay saca un libro nuevo.
Ella hace aflorar todo tipo de recuerdos en él, removiendo temas espinosos, y a él nunca le gustó eso: hay cosas que es mejor dejar enterradas.
Pero aquí, en esta cabaña con Kay, una vez que empieza a hablar, no para.
Como si hubiera encontrado un psiquiatra.
Kay escucha, y esa es la diferencia: nunca ha tenido a nadie que lo escuchara.
La gente tiene poca paciencia y tolerancia para las quejas ajenas.
Kay tiene una paciencia infinita. Como si pudiera ver cosas dentro de él que no deberían salir a la luz, y las saca.
Kay sigue siendo un misterio para Noah. ¿De dónde sacó toda esa sabiduría?
Claro, tiene su vida, ocho décadas más o menos, todos los libros que llenan las estanterías, sus viajes.
Ha visto las fotos: ella ha estado en más lugares que él.
Quiere ir a todos esos lugares también. Todavía puede.
Todavía podría, piensa con una sonrisa, recordando la conversación de hace unos días.
Nada le impide comprar un billete e ir a un lugar cualquiera del mapamundi.
Aunque elegiría uno donde estuviera Brooke. ¿Por qué no?
La pregunta no es por qué. Es por qué no.
Cada vez con más frecuencia, estos por qué no le rondan la cabeza, y a su mente se le ocurren las ideas más apasionantes.
Una mañana, estando fuera, Kay le pide que coja el rastrillo, colgado de un clavo en la pared lateral del gallinero, cubierta de nieve. Pasa por encima del montón de nieve vieja del lateral, pisa la nieve fresca y se hunde de inmediato hasta la rodilla.
—Da un paso con cuidado —le dice Kay, con las manos en los bolsillos del anorak—. Luego otro. Cuando estás en territorio desconocido, eso es lo que haces. Vas paso a paso. Primero pasos pequeños y cuidadosos, luego más grandes.
—¿Y luego echas a correr? —se ríe Noah, siguiendo sus instrucciones.
—Claro. Solo procura que el viento no te tire.
Noah sonríe: Kay es su sargento instructor.