Nana Kay 41
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Al día siguiente, Noah se despierta como si saliera de un coma profundo. Tiene los párpados pesados y, aunque se siente descansado, la cabeza le da vueltas y la nota hueca, como un tarro de hojalata.

Oye a Kay en la cocina y se incorpora con la sensación de que es más tarde de lo normal. Recorre con la mirada la pared y los dibujos que siempre están ahí cuando se despierta. Cada día nota algo nuevo en ellos, y mientras permanece inmóvil, la mirada se le detiene en uno en particular.

Es un libro abierto, como un cuento ilustrado infantil con pequeños símbolos en las páginas. No tiene nada de especial, pero Noah no puede apartar la vista.

Páginas abiertas. Libros. Había libros.

Y de repente lo recuerda: docenas de ellos, en el sofá, en el suelo, en el banco, por todas partes, abiertos y con las cubiertas hacia arriba.

Noah dirige la mirada al suelo, luego hacia la puerta, buscando alguna pista de la noche anterior. La oscuridad que había allí. Los sonidos y la presencia de algo que no estaba allí.

Sale de la cama a toda prisa, se pone unos vaqueros y una camisa de manga larga, camina descalzo hasta el salón y se detiene.

Todo está despejado, como si la noche anterior no hubiera ocurrido. ¿Ocurrió?

Confundido, mira alrededor: el sofá, el banco, donde estaba la Biblia, la estantería ordenada como siempre.

—¿Has visto un fantasma o qué? —Kay va de la nevera a la encimera y le lanza una mirada extraña a Noah—. Siéntate. He hecho tostadas.

Noah se deja caer en la silla y se agarra la cabeza con las manos.

Repasa los acontecimientos tal como los recuerda: despertarse, la chimenea, los sonidos, los libros, la puerta del cobertizo, la oscuridad.

Nunca había experimentado una presencia física tan real sin que hubiera nadie allí.

Como si la oscuridad tuviera cuerpo. Era casi surrealista.

¿Un sueño? ¿Uno lúcido? Se da la vuelta y echa otro vistazo al salón. Despejado. Se frota las sienes.

—Pareces una paloma asustada —dice Kay, y deja delante de Noah un plato con tostadas de mantequilla y mermelada y una taza de café.

—Grac... —murmura—. ¿Tú...?

No sabe exactamente qué decir. ¿Anduvo por la casa de noche? ¿Abrió docenas de libros? ¿Fue sonámbula sin saberlo? Las preguntas son ridículas. Y si lo hizo, ¿luego lo recogió todo? ¿Esta mañana? ¿Por qué?

—¿Había algo fuera de lugar esta mañana cuando te levantaste? —pregunta en cambio.

Kay alza la vista y lo mira fijamente.

—No. ¿Por qué lo preguntas?

Noah suelta una risa nerviosa, se pasa la mano por el pelo revuelto y se la deja en la nuca.

—Nada. Es solo que... —exhala con fuerza. Tiene la mente nublada—. Creo que me estoy volviendo loco. Veo cosas.

—A veces, ver cosas es un mensaje del subconsciente.

—Ya, pero no es eso —descarta otra charla espiritual y da un buen mordisco a la tostada. Mermelada de melocotón, piensa, saboreándola; entonces, al recordar algo, gira la cabeza bruscamente.

Mira fijamente la chimenea, y ahí están: los troncos que añadió anoche cuando se despertó, los tres quemados y ennegrecidos todavía en pie, inclinados, y el cuarto caído.

Mierda...

Noah vuelve a la tostada y al café mientras Kay lo observa sin pestañear.

Así que sí estuvo levantado anoche, cae en la cuenta. Eso es un hecho.

¿Qué pasó, entonces? ¿Un sueño? ¿Alucinaciones? ¿Otro apagón?

¡Las pastillas! ¡Se tomó las pastillas! ¡Bingo!

Casi se ríe de alivio. Eso es. Otro apagón. Quizá después de poner los troncos. O quizá se fue directo a la cama y fue un sueño. No hay forma de comprobarlo, y Noah intenta dejarlo estar.

No te inventes cosas. No te asustes. No le des más vueltas. Todo es muy sencillo.

Mientras mastica el último trozo de tostada, concluye que debería dejar las pastillas.

Total, ya no tiene dolores de cabeza. Y los efectos secundarios parecen superar los beneficios.

Si el tumor quiere campar a sus anchas, que lo haga.

Prefiere estar presente a hundirse en la paranoia y las pesadillas.

Pero hay algo que todavía le reconcome. Quiere preguntarle a Kay y se está tomando su tiempo para armarse de valor.

—¿Saliste anoche, por casualidad? O sea, ¿después de que me fuera a la cama?

Arquea las cejas como reconociendo que su pregunta es ridícula.

—¿Qué iba a estar haciendo fuera en mitad de la noche? —Kay lo mira fijamente, y aunque tiene razón en sorprenderse, Noah percibe de nuevo esa frialdad en sus ojos, como cuando le preguntó por su apagón.

—Claro —murmura, y se levanta de la mesa—. Es solo que... Da igual. Debería dejar estas pastillas y dejar de hacer preguntas estúpidas.

Consigue forzar una risa y se siente algo aliviado.

De camino a su habitación, mira la ventana, un cuadrado brillante y blanco abierto al mundo exterior.

¡Luz! ¡Hágase la luz!

Quiere estar en la luz, en el día, en el presente. Que le den a las pastillas. Las meterá en la mochila para no tomarlas por inercia.

Noah va a su habitación. Los frascos de pastillas están en la mesita de siempre. Al cogerlos, algo lo alarma: los sostiene sin esfuerzo, le resultan extraños, silenciosos, sin el habitual traqueteo, sin el peso de siempre.

Porque los frascos que tiene en las manos están vacíos.