Nana Kay 40
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Noah se despierta sobresaltado y se incorpora. Es plena noche y no sabe cuánto tiempo lleva dormido, pero se siente completamente despierto y algo no va bien.

No sabría explicarlo, como si un ruido fuerte o un empujón brusco lo hubiera despertado.

El aire a su alrededor es denso y le produce un hormigueo, como si cien manos diminutas le tocaran la piel a la vez, y tiene la sensación de que alguien acaba de salir de su habitación.

Está empapado en sudor, y al pasarse la mano por el pelo nota la humedad, aunque la habitación parece más fría de lo habitual.

Noah nunca cierra la puerta que da al salón. Se siente más tranquilo sabiendo que Kay está ahí fuera. Ahora tiembla y mira hacia el salón a través del hueco.

El salón está bañado en el resplandor habitual de la chimenea. Pero hay algo distinto, como si hubiera movimientos cautelosos y silenciosos. Las sombras se mueven de un lado a otro, susurros llegan de los rincones oscuros, y a Noah se le revuelve el estómago de inquietud.

Sale de la cama y pisa el suelo helado. Con solo los bóxers puestos, avanza despacio hacia la puerta de su habitación.

El salón, envuelto en el crepitar habitual de la leña, está en silencio.

Pero algo no va bien, como si alguien, algo, acabara de estar aquí, como si Noah siguiera sus pasos sin poder darle alcance.

Una ráfaga de viento golpea los cristales, y aun en la oscuridad, Noah distingue el movimiento de las cortinas.

Se oye el goteo del grifo entreabierto del fregadero.

Plink.

A Noah le parece que los oídos le han crecido al doble.

Oye sus propios pasos sigilosos, el despegarse de las plantas de los pies del suelo de madera, luego el crujido de una tabla.

De la habitación de Kay no llega ningún sonido, ningún ronquido de persona mayor.

Intenta respirar con el mayor sigilo posible, pero el sonido más fuerte es el latido acelerado de su corazón.

Y el grifo.

Plink.

La chimenea necesita más leña. Kay nunca la repone.

Eso se ha convertido en su tarea. Se acerca despacio al hogar, fijándose en un libro abierto boca abajo sobre la repisa.

No recuerda haberlo dejado ahí, pero el pensamiento apenas dura una fracción de segundo mientras se arrodilla en el suelo.

Las rodillas sobre las tablas de madera, cálidas y suaves, coloca cuatro troncos en el hogar, apoyándolos unos contra otros en ligero ángulo, formando una especie de yurta.

Y de repente, el viento silba afuera y, como si de algún modo hubiera entrado en la casa, Noah lo siente rozarle el pelo, como si alguien acabara de pasarle la mano por encima.

La sensación física es tan vívida que a Noah se le eriza el vello de la nuca, y gira lentamente la cabeza para asegurarse. Es imposible que haya alguien en la habitación con él —acaba de atravesarla—, pero la sensación es inconfundible, y el pavor le va invadiendo todo el cuerpo.

Plink.

Se oye un suave chasquido, y Noah mira el fuego: uno de los troncos se ha caído, pero los otros tres siguen en pie, apuntando hacia arriba. Hasta el crepitar del fuego resulta inquietante. Hay algo distinto en la habitación. No sabe qué, pero le hace tragar saliva.

Un estruendo repentino y un golpe amortiguado hacen que Noah dé un respingo. El corazón se le acelera mientras se vuelve hacia los sonidos, intentando averiguar qué puede haberlos producido en ese rincón junto a la despensa. Se levanta despacio y da varios pasos hacia allí.

Llega otro sonido sibilante, luego un golpeteo más quedo, y se da cuenta de que proviene del sótano.

¿Qué hay en el sótano?

Noah sabe que no quiere bajar. No de noche. No solo. Desearía que Kay saliera de su habitación ahora mismo, pero es como si no estuviera, ni un solo ruido.

¿Estará siquiera en la casa?

¿Podrá oírlo?

Siente de nuevo un suave movimiento de aire y gira sobre sí mismo, presa del pánico.

El pulso le retumba en la cabeza y no puede quitarse la sensación de que algo va mal. Avanza hasta el centro de la habitación; su cuerpo desnudo percibe cada movimiento del aire a su alrededor.

Plink.

El libro que estaba leyendo está abierto y boca abajo en el sofá.

Desplaza la mirada hacia la izquierda y ve otro, oculto en el rincón oscuro del sofá, pero —inconfundiblemente— con el lomo hacia arriba.

Frunce el ceño, luego recuerda algo y se vuelve hacia la repisa: no hay uno, sino dos libros.

Conteniendo la respiración, se acerca. Uno trata sobre el despertar espiritual y otro sobre prácticas chamánicas. Nunca los ha leído. ¿Qué hacen aquí?

Noah se da la vuelta y camina hacia el sofá, y lo que ve lo paraliza de pavor: hay otro libro en el brazo del sofá, El Principito, abierto y boca abajo.

Otro libro está en el suelo. A medida que sus ojos se adaptan a la oscuridad y recorren los rincones de la habitación y los muebles, ve dos libros más en el suelo, luego otro.

¡Hay uno encima del televisor y un par en el alféizar de la ventana! ¡Están por todas partes!

Plink.

El aire está helado, como si la chimenea se hubiera apagado. Pero no: el fuego arde más vivo que nunca, y Noah ve la pesada Biblia en el banco donde Kay hace su bordado. La imagen de la Virgen con el Niño en la portada parece reflejar el tenue resplandor de las llamas.

Junto a ella hay cinco o más libros apilados. Todos abiertos, con los lomos hacia arriba, como si docenas de lectores hubieran abandonado la habitación.

Plink.

Noah vuelve a tragar saliva. Siente como si hubieran absorbido todo el aire de la habitación. Tiene la piel de gallina por todo el cuerpo desnudo, y los diminutos vellos se le erizan como armas.

Se lleva las manos a la cara y se la cubre mientras permanece allí, mareado, pesado, lleno de vacío y pavor.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuando abre los ojos, la habitación sigue ahí, y también los libros: boca abajo, esparcidos por todas partes, una pila junto a la estantería. Parece haber más que cuando cerró los ojos.

Está perdiendo la cabeza, sin duda, piensa, mientras siente otra ráfaga de aire frío a su espalda y se gira bruscamente para no encontrar nada.

Plink.

—Me estoy volviendo loco —murmura, con los nervios de punta.

¿Kay?

¿Es Kay, que le está gastando una broma? ¿Dónde está?

Traga saliva y quiere llamar a su puerta, pero se detiene y se frota la cara con ambas manos. Por alguna razón, siente que ella tiene algo que ver. Si no es así, ¿qué demonios es esto? ¿Una broma estúpida? ¿Alucinaciones?

Plink.

Se oye el crujido de una tabla del suelo, pero no donde él se encuentra.

Quiere que la pesadilla desaparezca porque, si no, va a perder la cabeza y ponerse a gritar.

Pero en vez de eso, baja la mirada y camina despacio hacia su habitación, respirando con dificultad y la boca abierta.

Está sumida en la oscuridad, y se siente como un niño pequeño que atraviesa solo la casa a oscuras.

Como si una mano invisible fuera a tocarle el hombro en cualquier momento.

Como si un monstruo invisible fuera a alargar el brazo desde debajo de la cama para agarrarlo del tobillo.

En esta oscuridad silenciosa, el pavor lo abruma mientras camina, contando, un paso, luego otro, hacia el contorno oscuro de su cama. Siente el espacio a su espalda como una presencia física a punto de abalanzarse sobre él en cualquier instante.

Dirige la mirada hacia la ventana, que está a oscuras, sin una pizca de luz. En cuanto piensa eso, aparece un destello vertical a lo lejos, como si la puerta de una habitación iluminada se abriera y cerrara, y el corazón de Noah empieza a aletear como un pájaro enjaulado.

¡Es el cobertizo!

Mareado y temblando, clava la mirada en las tenues rendijas de luz del patio trasero. Espera a que la puerta del cobertizo vuelva a abrirse, pero no ocurre.

¿Kay?

¡Alguien estaba ahí hace un momento!

Y la presencia de algo en el aire del salón lo sigue.

La siente en la espalda, como si alguien estuviera plantado justo detrás de él, a punto de tocarle el hombro.

Está al borde del pánico, pero finalmente vuelve a moverse, camina despacio hasta su cama y, sin mirar hacia la puerta, se mete bajo la manta.

Se tumba de lado en posición fetal, temblando y atento a los sonidos extraños que lo rodean.

Plink.

Ahora suena más lejano, pero tan nítido en el silencio de la noche que Noah agarra el edredón y se lo echa por encima de la cabeza. Necesita cerrar los ojos. Necesita dormirse. O despertar.

Plink.