39
Por la tarde, Noah coge un libro más, Jesús el Mago de Morton Smith.
Lee, se ríe, esboza sonrisas burlonas y, en algún momento, se levanta del sofá y corre a su habitación.
Bolígrafo y papel en mano, intenta escribir la letra de una nueva canción que incluya una frase de Jesús el Mago.
Cuando termina la canción, la relee en silencio, moviendo los labios.
De alguna manera, la canción habla de él mismo. Como la mayoría de las suyas. Esta es más contenida e ingeniosa, no como las demás, que suelen ser un mensaje furioso al mundo.
La mayoría de las canciones que tocaban The Revanchists estaban llenas de rabia y rencor.
Y así era Noah en el escenario: arremetiendo contra el mundo por todo lo que era culpa de todos los demás.
Era como si le crecieran puños en el pecho que lo golpearan desde dentro.
Quería gritar, romper cosas a su alrededor, golpear a alguien.
Todo salía en el escenario, solo en el escenario, extrañamente, como si fuera una realidad alternativa donde nadie lo juzgaba por sus palabras, las amargas letras de sus acusaciones, que estallaban al filo cortante de la guitarra eléctrica y el golpeteo salvaje de la batería.
A menudo saltaba del escenario y se unía al slam dance, y después, cubierto de moretones y a veces de sangre —casi nunca suya—, jadeante tras desatar toda esa violencia y agresión, se sentía liberado, sin cadenas, al menos por un rato.
Pero eso nunca lo libraba de las razones para arremeter.
Siempre había una más. El monstruo que llevaba dentro nunca se iba, solo quedaba sedado.
Y hasta ahora nunca se le había ocurrido que el monstruo no habitaba en ningún otro lugar que en su cabeza, y que por gigantesco que pareciera, no era más que un pequeño tumor que ahora lo estaba matando lentamente, a él y a su esperanza de labrarse una vida.
—¿Quieres escuchar a mi banda? —le pregunta a Kay y la mira con timidez.
—Tú quieres escucharla, ¿no?
—Supongo que la echo de menos.
Va al dormitorio a buscar el móvil y encuentra el vídeo de uno de los conciertos, grabado profesionalmente por un canal de televisión musical.
Cuando empieza a reproducirlo sentado junto a Kay, girando la pantalla hacia ella para que vea mejor, una sonrisa le asoma a los labios al reconocer caras familiares y escuchar aquellos sonidos.
Kay observa impasible. Pasa un minuto y Noah para la canción y pone otro vídeo, pero enseguida nota que algo falla.
—Algo así —murmura sin mirar a Kay, que lo observa con atención mientras vuelve al sofá.
Reproduce otro concierto sin sonido, porque este desentona con todo lo que lo rodea, como si alguien aporreara docenas de latas vacías.
Pero los movimientos en la pantalla tampoco tienen sentido, y de repente Noah se da cuenta de que, por primera vez, no se siente orgulloso viendo sus actuaciones.
De alguna manera, todo parece exagerado, deliberadamente grotesco.
No está seguro de qué mensaje le transmite lo que ve en la pantalla.
¿Qué es esa anarquía tan querida que predican con tanto orgullo? ¿Por qué tanta ira y tanto odio? ¿Y cómo pueden tantas personas, miles de fans, corear y repetir palabras que ahora a Noah no le dicen nada?
Relee la nueva letra que ha escrito, y le parece más suave, más abierta. Quizás debería cambiar de estilo. Esta canción, al menos, debería ser melancólica, blusera, oscura y suave. Nada de punk. Desde luego que no. Ni siquiera rock. Y nada de ira. Tiene que alejarse de la ira.
Ahora tiene el ánimo por los suelos.
Lee hasta que oscurece y tiene que encender la luz.
En el dormitorio, coge los frascos de pastillas, saca una de cada uno en la palma de la mano y se las traga con agua.
Se pregunta si los desmayos vendrán de ahí, si serán parte de los efectos secundarios.
Por otro lado, últimamente no ha tenido muchos dolores de cabeza.
De hecho, ninguno, salvo cuando tuvo fiebre. Debe de ser el aire.
Noah pasa media hora sentado en el borde de la cama, con la mirada perdida en el vacío.
No mira el reloj. ¿A quién le importa qué hora es?
Da igual que sean las ocho de la mañana o las seis de la tarde, que duerma hasta las tres o se quede despierto hasta el amanecer: la sentencia de muerte le ha dado libertad.
Piensa en su cabeza, intenta «mirar dentro» para ver si hay señales de vida, pero el monstruo está callado.
Lleva demasiado tiempo callado, sin dirigirle la palabra, como si se hubiera ofendido o estuviera en huelga.
No le gustan los pensamientos de Kay, ni los de Noah últimamente.
Noah sonríe. Todavía tiene tiempo, lo sabe.
La pregunta es cómo quiere pasar el resto de su vida, un año como mucho.
De repente, hay demasiadas opciones. Ojalá la salud se lo permita.
Al menos por ahora. Sorprendentemente, la muerte —o su fecha definitiva— le ha traído liberación.
¡Qué cosa tan curiosa! Los vídeos de los conciertos que ha visto le han llevado los pensamientos por un camino extraño, y se da cuenta de que no quiere volver a sentir esa ira, ni quiere arremeter.
Quiere algo diferente. ¿El qué? No lo sabe.
Solo sabe que no quiere el callejón sin salida que vio en su propia cara gritando en la pantalla.
Noah quiere un camino diferente.