38
Nieva toda la noche otra vez y caen otros veinticinco centímetros.
Por la mañana, Noah la contempla sin sentirse decepcionado.
De hecho, está alegre. El cielo tiene un gris blanco luminiscente y el sol pugna por abrirse paso.
Está mareado, pero al menos puede moverse.
La fiebre ha desaparecido, el cuerpo ya no le duele y se siente humano de nuevo, no como un animal atropellado ardiendo en llamas.
Los primeros días, la casa parecía solitaria.
O quizá era Noah quien lo estaba. No estaba acostumbrado a la ausencia del ruido cotidiano: la televisión, la música, las puertas abriéndose y cerrándose, el trajín de los compañeros de piso u otras personas que entraban y salían constantemente de su espacio.
Aquí no hay tráfico, no hay vida fuera, ni dentro del inútil móvil sin wifi. Pero ahora, casi una semana después, su cerebro se ha acostumbrado al aislamiento y encuentra paz en él. Más que nada, está feliz de seguir vivo.
Su nuevo entusiasmo lo impulsa a limpiar toda la casa.
Una cosa que aprendió de vivir en casas ajenas es que a los hombres les importaba un carajo las cosas triviales como la basura, los calcetines, los platos sucios y las botellas vacías.
Las mujeres, en cambio, podían montar un drama como si un par de botellas de cerveza vacías en la mesa fueran armas de destrucción masiva. Brooke era igual.
—¿Por qué mis amigas que vienen a pasar el rato dejan el sitio como si no hubieran estado aquí? Tus amigos, en cambio, como si hubiera habido una fiesta de fraternidad.
Ah, Dios, ¿a quién le importa? Pero Noah aprendió la lección. No porque pensara que Brooke tenía razón, sino para que dejara de darle la lata.
Ahora, eufórico porque la enfermedad se ha ido, Noah recorre el lugar con un trapo húmedo quitando el polvo, luego saca una escoba del armario y barre, tarareando entre dientes. Lo limpia todo excepto la habitación de Kay. Es territorio desconocido y no quiere invadir su espacio.
Kay lo observa con curiosidad.
—¿Qué hago con la basura? —pregunta él.
—La sacas fuera. Hay un contenedor en el garaje. Tiene que estar cerrado con llave porque atrae a los animales —explica ella—. Un camión de basura lo recoge. Normalmente.
—¿Pero con este tiempo?
—Con este tiempo, te aseguras de no generar demasiada basura —sonríe ella—. No te vendría mal lavar tu ropa —dice cuando él termina de limpiar.
Ahora, eso sí es interesante, piensa Noah. No ha visto ninguna lavadora por ahí.
Resulta que no hay ninguna, y Kay le dice que saque una tina de metal de debajo de la vieja bañera, la llene de agua y use jabón para lavar la ropa.
Tiene que estar de broma.
Pero Noah pasa la siguiente hora lavando la ropa a mano mientras lleva puesta la camisa de manga larga y los pantalones de Mooney, que le quedan demasiado cortos y terminan doce centímetros por encima de los tobillos.
Después del suplicio del enjuague, sale y cuelga la ropa en una cuerda de tender estirada justo debajo del techo del porche.
Ver su ropa colgada allí le da a la casa un aire de viñeta de los viejos libros ilustrados.
Después toca quitar la nieve. Noah se siente como si estuviera puesto de esteroides. Un camino. Luego otro.
Kay camina hacia el gallinero y le echa una mirada.
Él le responde con una sonrisa.
—¡Síííí! —grita y se ríe. Está emocionado de sentirse bien otra vez.
Despeja el camino hacia el cobertizo, se queda un rato junto a él aguzando el oído por si hay algún ruido, luego empieza a alejarse y contempla el campo prístino e intacto, todo blanco, que se extiende hacia la ola oscura del bosque en la distancia.
Antes —es decir, antes del Dr. Bard— esta vista lo habría aburrido hasta la muerte.
Ahora, hoy especialmente, no quiere pensar en la muerte.
En cambio, el paisaje lo conmueve de una manera fascinante.
Su manera de sentir la vida aquí, de respirarla, de ver el mundo desde la nieve compactada del camino despejado hacia el manto blanco que se transforma en el verde oscuro de las cicutas, es diferente.
Como si hubiera más espacio para respirar.
Como si sus pulmones fueran más grandes.
Como si se hubiera tomado un respiro del ruido interminable del mundo humano.
Sus amigos y la vida tal como la conocía están en algún lugar; ni siquiera sabría señalar en qué dirección.
Fuera de escena. Un recuerdo distante. También lo está el Dr. Bard con sus gráficos y el bolígrafo, marcando los días de su vida, toc tras toc.
Noah siempre ha sido de los que piensan «la vida es lo que es».
Sin grandes planes. Sin sueños grandiosos.
Siempre estuvo acostumbrado a la comodidad de la civilización moderna: las formas rectangulares de los edificios, las casas, las habitaciones; acostumbrado a moverse dentro y fuera de ellas, a través de ellas, como un ratón en un laberinto;
las formas más pequeñas de los vehículos llevándolo de un lugar a otro, siempre confiando en la tecnología, en espacios confinados y familiares.
Cuando uno falla, hay otra caja para salvarlo.
Hasta que su cuerpo falló: lo único que creía que siempre podría controlar.
Y ya no podía confiar en el mundo. Siempre había estado a su alrededor, fuera de él, hasta que Kay dijo que él era el mundo, el más importante y el que valía la pena estudiar.
Allí fuera, no habría podido entender el significado de lo que ella dice. Aquí es diferente.
Noah estudia la vastedad del espacio frente a él, desprovisto de cajas y rectángulos.
La única es la casa detrás de él, su hogar temporal, su refugio.
Todo lo demás es territorio desconocido.
Cuanto más se adentra, más se aleja de la caja que llama hogar.
Hacia la naturaleza. Hacia lo salvaje. Se cierra a su alrededor con cada paso.
Es una criatura gigantesca, la tierra, la naturaleza, un organismo vivo que lo engulle.
A esta criatura no le importa él. Noah es una mota en la superficie de su cuerpo grandioso, y le da igual si lo logra o no.