Nana Kay 36
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Al día siguiente hace frío y hay viento en el exterior. El cielo vuelve a cubrirse de nubes, oscuras y pesadas.

Noah se siente aún peor. Le duele la garganta y nota la cabeza embotada, como si alguien se la hubiera llenado de cemento líquido y ahora pesara tres veces más que su cuerpo.

—Genial —dice en algún momento—. Vine aquí enfermo y he acabado peor.

—A veces ayuda cambiar de perspectiva —responde Nana Kay.

—¿Que podría morir de neumonía en lugar de por un tumor? —Suelta una risita.

—Es una forma de verlo. Puedes salir de casa, caerte por las escaleras y romperte el cuello. Cuando te llega la hora, te llega.

Para cambiar de perspectiva, Noah coge un libro. Leer es una buena distracción.

Pasan un par de horas, aunque le parecen un minuto interminable.

Siempre pasa lo mismo con la lectura. Al cabo de un rato, se cansa y deambula por la casa como un zombi.

Aburrido, se pone a estudiar los dibujos en la pared de su habitación.

La llama «su habitación» mentalmente y sonríe con sorna: es como si se hubiera mudado a vivir allí.

Al examinarlos más de cerca, los dibujos de la pared resultan ser más intrincados. Noah frunce el ceño ante uno de ellos, un retrato de la abuela Nana Kay. Su cabello se prolonga en ramas y árboles, sobre su hombro hay un pájaro y en la camisa, a la altura del corazón, un rostro humano.

Otro dibujo muestra una figura de palitos de una persona pequeña junto a tres adultos. Hay una casa a su lado, pájaros torcidos con aspecto de monstruos en el aire, y uno de ellos, un águila, en lo más alto.

Otro es el contorno azul, a tamaño natural, de una criatura con forma de pájaro, y en su interior hay personas.

Otro, titulado «El Valle del Águila», es una caja rectangular. ¿Un ataúd? Hay una figura dentro. En cada lado hay una puerta dibujada, y todas están abiertas.

Noah estudia los dibujos. Locos, divertidos, aterradores. O quizá sea cosa de su perspectiva. Nunca entendió del todo el atractivo del arte infantil. Aunque puede que algunos de estos no sean obra de niños. Él es un desastre como artista. Visual, se entiende.

—¿Qué son esos? —le pregunta a Nana Kay al entrar en el salón—. ¿Los dibujos?

—Personas —responde ella sin levantar la vista del bordado, y no añade nada más.

Vaya conversación. Noah ha aprendido a no insistir. Así que vuelve a coger el libro.

Al final del día, entre toses y mocos, logra terminar Way Station. Quizá este lugar, la cabaña de Nana Kay, sea una especie de refugio para él por el momento. Quizá, mientras esté aquí, el monstruo dentro de su cabeza no esté creciendo, como si el envejecimiento se detuviera igual que en el libro.

La idea, por tonta que sea, le arranca una sonrisa a Noah.

¡Si pudiéramos cambiar las cosas con el pensamiento!

Si lo dijera en voz alta, Nana Kay le diría que de eso se trata precisamente.