Nana Kay 34
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Noah abre los ojos lentamente, como si despertara de un sueño profundo. Formas brillantes y borrosas se mueven durante varios segundos mientras parpadea hasta que se enfocan: el techo y las paredes. Está en una habitación. En su habitación. En la casa.

Le duele la garganta. También la cabeza. Tiene la boca seca y está acalorado y sudoroso.

Se incorpora sobre los codos y le duele el cuerpo. ¿Qué demonios ha hecho? La colcha se desliza y le deja el pecho al descubierto. Está desvestido. Confundido, estudia la habitación como si hubiera llegado allí por accidente y empieza a temblar. Tiene frío.

¿Qué está pasando?

No recuerda haberse acostado.

¿Cuándo se acostó? ¿Cómo?

La ventana brilla con una luz casi fluorescente que le hace daño en los ojos. Es de día.

Noah frunce el ceño, vuelve a subirse la colcha, se recuesta en la almohada y cierra los ojos.

El recuerdo le llega lentamente como un barco flotando entre la niebla: la chimenea, el porro fuera, la caminata por la nieve hasta el cobertizo. Recuerda el cobertizo y la puerta y la luz y abrir la puerta y el rostro de Kay frente a él y luego…

¡Eso es! Se desmayó otra vez.

¡Malditas pastillas!

Intenta averiguar cómo Kay lo llevó a la casa y cómo se las arregló para desvestirlo, pero no logra imaginarlo. Kay no. No sin ayuda.

Había alguien más allí, recuerda. Un hombre. Un hombre mayor. ¡Mooney!

¿Qué hacía Mooney allí?

No puede ser. Falleció, ¿no?

¿Se lo inventó todo Noah? ¿Podría haberlo hecho? ¿Fueron alucinaciones? Entonces, ¿cómo llegó a la habitación?

Exhala lentamente, abre los ojos y se levanta de la cama. Los pies tocan el suelo frío y un escalofrío le recorre el cuerpo. Está húmedo de sudor pero helado. Tiene los músculos tensos como si hubiera hecho ejercicio.

La ropa está esparcida por el suelo. Todavía lleva un calcetín puesto. Y los bóxers. ¿Qué pasó?

Hoy el salón no huele a café ni a ninguna otra comida. Noah se frota el cuello, intentando aflojar la tensión, mientras camina hasta la mesa de la cocina donde Kay está sentada.

—¿Kay? —sus cejas levantadas son más una pregunta que sus palabras. Se sienta lentamente frente a ella—. ¿Qué demonios pasó?

—Eso debería preguntártelo yo a ti —le lanza una mirada de arriba abajo como si hubiera metido la pata.

—Yo… —sacude la cabeza como buscando respuestas—. No estoy seguro. Creo que tuve otro desmayo.

—Creo que sí. Te oí salir. No volviste durante un rato, tal vez una hora o dos. Pensé que estabas hablando por teléfono o algo así. O que habías decidido hacer el tonto en la nieve —sonríe con ironía.

¿Hablando por teléfono? ¿Sin cobertura?

—Estuviste fuera demasiado tiempo —continúa—, así que salí, y ahí estabas, en la nieve, como una estrella de mar, echándote una siesta.

—Sí, una siesta —se frota la cara con ambas manos. No tiene sentido.

—Así que te sacudí, y volviste en ti, balbuceando tonterías sobre Mooney, y las fotos, y el cobertizo, y te acompañé de vuelta adentro, y te fuiste a tu habitación.

Espera. Algo no cuadra.

—¿Dónde estaba cuando me encontraste?

—Justo aquí, frente al porche, pasando los escalones.

Kay lo mira sin parpadear.

Noah le sostiene la mirada sin parpadear.

Las cosas no tienen sentido.

—¿Justo aquí? —hace un gesto hacia la puerta.

Los ojos de ella siguen su mano y luego vuelven a su rostro.

—Justo aquí —dice sin parpadear, y asiente.

—¿Estás segura de que no estaba junto al cobertizo? —la mira fijamente, esperando que corrija la historia.

—¿El cobertizo? —su mirada está clavada en la de él—. ¿Qué estarías haciendo junto al cobertizo, Noah?

Algo no está bien.

—¿Qué estabas haciendo junto al cobertizo, Noah? —su voz es ligeramente más alta y más insistente esta vez.

—No lo sé —sacude la cabeza, ya no está seguro—. Creí oír algo. Fui a comprobarlo, y la luz de dentro estaba encendida. Y yo…

Kay sigue sin parpadear, y sus ojos ya no son amables.

—¿Sí? —dice en voz baja, con tono frío.

—Abrí la puerta y vi…

Mierda. ¿Cómo explica esto?

—¿Qué crees que viste, Noah?

Lo ha llamado por su nombre tres veces seguidas, y eso le está poniendo los pelos de punta.

—Creí verte a ti —sus palabras son casi un susurro.

—¿A mí? ¿Qué estaría haciendo allí por la noche? —frunce el ceño, pero sus ojos no se apartan de él ni por un segundo.

—N-n-n-no lo sé, Kay, es que… —rompe el contacto visual y agita la mano alrededor de la cabeza—. Es solo que… Fue raro esta vez. El desmayo y el… —quiere contarle lo de Mooney, pero cambia de opinión.

—Sí. Bueno, chico —dice con repentina alegría cortante y se levanta bruscamente—, esta vez te has superado.

Coge un cuenco de la encimera, le quita la tapa y lo lleva a la mesa. Lo pone delante de él.

—Temía que pillaras una hipotermia por estar tanto tiempo fuera —dice con voz tranquila y amable. Ha vuelto a ser la de siempre.

—Tengo suerte de no haberme quedado sin pelotas del frío —dice Noah, y suelta una risita, aunque no tiene nada de ganas de reír.

Delante de él hay un cuenco de avena caliente con mantequilla.

El vapor asciende y se desvanece en el aire, pero Noah nota su tenue calor en la cara mientras la mira fijamente.

Kay le ha preparado avena. Y todavía está caliente.

Humeante. Como si supiera cuándo iba a levantarse. Todo esto es muy raro.

—Yo en el cobertizo por la noche. Ja. Anda que... —murmura desde la cocina mientras limpia la encimera, y luego se acerca a la mesa y se sienta.

Noah come la avena a secas despacio, con cuidado de no atragantarse. No soporta la avena. Pero ahora mismo, seguramente es lo mejor que puede comer.

—Y tú, ¿qué ibas a hacer junto al cobertizo? —pregunta Kay, mirando por la ventana, como si hablara para sí misma.

Noah no responde. Se limita a llevarse comida a la boca sin pensar.

Cuando levanta la vista, Kay sigue mirando por la ventana, con las manos arrugadas entrelazadas junto a la boca.

Ahí fuera no hay mucho que ver salvo el bosque y la nieve, pero Noah está casi seguro de que tiene la mirada clavada en el cobertizo.

Se siente incómodo. Y extraño. Y confundido. Y enfermo. Seguramente tiene fiebre. Debería acostarse un rato.

—Deberías acostarte un rato, chico —dice ella, como si le leyera el pensamiento.

Y eso hace. Lava el cuenco, da las gracias, va a la habitación y se mete bajo el edredón con la ropa puesta. Con los ojos cerrados, repasa la conversación mentalmente.

Sabe que no está loco.

No tiene sueños lúcidos.

Está seguro de que fue hasta el cobertizo. Eso fue antes del desmayo. Siempre recuerda el «antes del desmayo».

Además, conoce a Kay. Es lista. Es gente de campo. Habría visto por las huellas en la nieve por dónde caminó él. De hecho, debería salir a comprobarlo él mismo. Descansará un minuto y luego lo hará, se dice.

De una cosa está seguro: Kay sabe que aquí no tiene cobertura. No podía haber estado hablando por teléfono. Y sus ojos eran demasiado severos, demasiado fríos cuando él mencionó el cobertizo.

Todo gira en torno a ese maldito cobertizo, sea lo que sea lo que haya dentro. Noah se siente cansado. Los párpados le pesan. Antes de quedarse dormido, una sospecha inquietante se cuela en su mente: Kay le está ocultando algo, seguro.