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Está oscuro y húmedo. En vez de sangre, parece que es el frío lo que le recorre el cuerpo. Hay voces, conversaciones amortiguadas, el roce de la ropa y las botas sobre la nieve.
Noah abre los ojos lentamente. Frente a él hay oscuridad, aunque a lo lejos... el cielo. Debe de estar en el suelo, pero no tiene sentido porque no siente la gravedad. Casi flota en el vacío, pero es incapaz de moverse.
Un rostro aparece en su campo de visión y se cierne sobre él. Las arrugas y los grandes ojos oscuros, enmarcados en blancura: Kay. El halo de su cabeza flota sobre él. Intenta decir algo, pero no le sale ningún sonido. Ella le responde, pero es un murmullo distante.
Está mareado.
Kay no lleva gorro. Nunca sale de casa sin gorro. Algo más resulta extraño. Solo cuando Kay mira hacia otro lado y luego vuelve a mirarlo, inclinándose sobre él, Noah se da cuenta de que no le está hablando a él. Sus labios se mueven y producen un zumbido amortiguado; ella sonríe y asiente.
Otro rostro aparece en su campo de visión. Es un anciano. Y resulta desconcertante cómo esta otra persona ha llegado hasta su cabaña. Noah quiere preguntar, pero es incapaz de hablar o moverse. Se siente entumecido. Sin embargo, el rostro le resulta familiar. Noah lo ha visto en algún lugar. ¿Dónde?
Entonces cae en la cuenta. Su mente pasa las páginas de su memoria y se detiene en las fotografías de la repisa de la chimenea. El anciano es una de las personas de las fotografías. Es el del retrato con Kay.
¡Sí! ¡Es ese hombre! ¡El marido de Kay, Mooney!
Pero Mooney está muerto...
¿O no?
Los ojos de Noah se abren de par en par, con reconocimiento y sorpresa, pero los dos rostros se dicen algo entre sí y de repente empiezan a alejarse más y más y más hasta que no queda nada a su alrededor salvo oscuridad.
Y Noah se apaga de nuevo.