31
Noah se encarga de picar las verduras congeladas. Kay enjuaga el arroz en el fregadero. Una y otra y otra vez. Brooke también solía hacerlo.
—Enjuagas al menos seis o siete veces hasta que el agua salga clara, y así el arroz queda más esponjoso —le explicó Brooke en la época en que hacían cenas románticas cada fin de semana, jugando a ser una pareja feliz.
Cuando Noah pensaba que tenía toda una vida por delante.
Preferiblemente con Brooke. No un año a lo sumo.
Kay va a la despensa. En lugar de abrir la puerta, aparta la pequeña alfombra multicolor del suelo y deja al descubierto el contorno de una trampilla.
La levanta. ¡Un sótano! La trampilla queda medio abierta, sostenida por las bisagras, mientras ella baja con cuidado hacia la oscuridad.
¡Puf! Desaparece. El rectángulo en el suelo se ilumina unos segundos y se apaga, y Kay vuelve a subir con un tarro en las manos.
—¿Algún cadáver ahí abajo? —bromea Noah.
—Todavía no —responde ella, y que no esboce ni una sonrisa hace que Noah mire la alfombra que oculta la trampilla más de una vez.
Sabe que Kay tiene conservas ahí abajo y un congelador grande lleno de carne, pan y verduras.
Ya bajará en algún momento a echar un vistazo.
Nunca ha visto un sótano, salvo en las películas.
Es una de esas cosas que solo conoce de oídas, como una chimenea, un caballo o las gallinas. Añade su tumor a la lista.
Comen casi en silencio. Noah hace alguna pregunta de vez en cuando. Kay responde con monosílabos. No le cuenta mucho sobre sí misma. A él no le importa. Habla suficiente por los dos.
Después de que Noah recoge la cocina, friega los platos y guarda las sobras, Kay saca otro libro de la estantería y se lo da.
—Más entretenido esta vez, espero —dice, y se retira a su habitación.
Noah no tiene ni idea de qué hace ella ahí dentro sola.
Quizá se acuesta enseguida, como la gente de campo, a las ocho o cuando se pone el sol.
Ni siquiera sabe qué hora es. Curiosamente, no hay ningún reloj en la casa, nada que marque el tiempo.
Salvo su móvil. Lo mira: las siete en punto.
¿De la mañana o de la noche? Si se despertara, ni siquiera lo sabría.
Este lugar es como una burbuja fuera del tiempo.
Echa un vistazo curioso a la portada del libro.
Clifford Simak, Way Station.
Vale.
Ya ha leído más en esta casa rodeada de nieve que en todo el año anterior. No le importa. De niño leía constantemente, pasaba horas en la biblioteca pública con libros que no estaban permitidos en casa, creando sus propias realidades alternativas.
Ahora suspira, mira a su alrededor y no encuentra otra cosa que hacer. Lleva el libro junto a la chimenea y se acomoda para leer. En los tres días que lleva allí, se ha convertido en su rincón favorito.
Noah lee hasta que le duelen los ojos, y cuando se da cuenta, ya va por la mitad del libro.
Debe de haber pasado un buen rato porque tiene el libro abierto por la página 128, y no es precisamente un lector rápido.
No ha habido señales de vida en la habitación de Kay, así que debe de estar dormida, y el propio Noah se siente algo inestable y somnoliento.
Pero tiene los nervios a flor de piel. Lo nota. Su cuerpo está vivo, pero su mente no.
Las malditas pastillas.
Se incorpora y se da cuenta de que ha estado leyendo tumbado de lado, girándose de un lado a otro constantemente. Tiene el cuerpo dolorido, los músculos agarrotados. Y decide que necesita un cigarrillo.