Nana Kay 30
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Dos frascos. Pastillas rojas y blancas. Noah los mira fijamente.

Ha sido descuidado, se las ha tomado cuando le apetecía, tan inconsistente como con todo lo demás en su vida.

Las tomó en el motel, eso lo recuerda. ¿Cuándo fue la siguiente vez?

Tiene la memoria borrosa. No está seguro de que las pastillas sirvan para algo, pero los posibles efectos secundarios —mareos y confusión prolongada— están ahí, sin duda.

Órdenes del médico, al fin y al cabo. Pero en lo más profundo de su mente, oye la voz de Nana Kay.

No todo lo que te dicen los demás es verdad.

Cierto.

Pero Noah no ha conocido a personas más convincentes que sus padres con las Biblias en las manos durante los sermones dominicales, ni que el Dr. Bard con su barba y sus gafas, sus espeluznantes radiografías en grises y negros, sus gráficos y su «un año como máximo».

Sus padres resultaron ser unos mentirosos.

Pero el Dr. Bard no tenía nada que ganar con el veredicto.

—Necesitamos un plan —dijo el Dr. Bard.

Ahora Noah quiere echarse a reír. Tenía un plan —ir a ver a la abuela Nana Kay— y acabó atrapado en una tormenta de nieve.

Deja caer las pastillas en la palma de la mano, va a la cocina y se las traga con agua.

Bueno, Dr. Bard, por ahora, el plan es mantenerse a flote. Posiblemente —Noah mira los libros en el sofá— adquirir algo de sabiduría. Posiblemente —mira el salón— sobrevivir a esto. Posiblemente, llegar al Sur y luego…

Y ahí es donde Noah cree tener una idea de qué hacer: comprar un billete de avión y volar a algún lugar lejos de todo lo que conoce. Su familia, sus amigos, el Dr. Bard…