Nana Kay 26
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Toman el camino hacia el pequeño cobertizo junto al granero. Kay avanza despacio, con cautela, alzando mucho las rodillas para sortear la nieve, como un soldado en una ceremonia oficial.

Noah va detrás, abriéndose paso a patadas entre la nieve esponjosa, con la pala a modo de bastón. Tropieza y casi se cae.

Kay se vuelve a mirarlo.

—Un paso a la vez. No eres un tractor.

Suelta la pala, recoge nieve con ambas manos, forma una bola y la lanza por encima del granero, sonriendo ante su propia tontería.

Lleva la parka abierta, y la escarcha le pellizca la cara y el cuello, colándose entre la ropa.

Pero no se la cierra. Lo hace sentirse vivo: el frío, la nieve, el aire fresco que inhala con la boca bien abierta.

Tiene las manos mojadas y heladas por la bola de nieve, pero flexiona los dedos y sonríe mientras sigue la menuda figura de Kay.

Ella se detiene junto a la pequeña estructura de madera y espera a que él despeje la nieve de la puerta con la pala. Después forcejea con el pestillo mientras él se da la vuelta y mira hacia la casa.

El tejado luce una corona de nieve esponjosa, como sacada de un cuento de hadas.

El humo espeso de la chimenea sale de un blanco turbio y airado, y se disipa en el aire varios metros más arriba.

Tiene que echar más leña. Observa el humo y cae en la cuenta de que es la primera vez que enciende fuego en una chimenea.

—¿Sabes? —sigue con la mirada fija en el humo—. Nunca había encendido fuego en una chimenea yo solo.

Kay le lanza una mirada indiferente y abre la puerta de un tirón.

—Es extraño. El mundo, ya sabes —continúa como hipnotizado por la chimenea y el humo—. Vi una película con un colega una vez. Salían caballos, y nos pusimos a hablar. Y yo le digo, imagínate que tuvieras que montar uno, y él me dice, joder, ni siquiera he visto uno en la vida real.

Noah mira a Kay con asombro, esperando que se sorprenda.

—¿Te lo puedes imaginar? Le digo, ¿cómo que no?

, y él me dice, pues eso, que no, ¿dónde iba a ver yo un puto caballo?

Y me quedé flipando. Hay cosas tan comunes que no nos damos cuenta de que solo las conocemos por los medios, ya sabes, la tele y eso.

O sea, los caballos son tan comunes que ni siquiera los tienen en los zoológicos.

Pero muchos urbanitas nunca han visto uno en persona. Una locura, ¿no?

Un escalofrío de frío le recorre el cuerpo y dirige la mirada hacia Kay.

—Ya lo creo —dice Kay, y no es una pregunta—. ¿Has visto esta cosa —agita la manopla alrededor del gorro— dentro de tu cabeza?

A Noah se le borra la sonrisa.

—Eso es diferente.

—Sí, no es un caballo.

—Vi lo que... los médicos me mostraron.

—No todo lo que otros te dicen es verdad. ¡Vamos!

Kay desaparece tras la puerta.

Todavía confundido, Noah la sigue, y el cobertizo lo recibe con una bocanada de calor y un olor rancio a heno, a algo como sudor y alcantarilla. De pronto se oye un cacareo, un «tuk-tuk-tuk», y Noah ve gallinas.

No me lo puedo creer.

—Oh, ho-la —dice.

—Cierra la puerta —ordena Kay, inspeccionando el gallinero—. Coge ese cubo del estante en la esquina, llénalo con pienso de la caja y espárcelo por todas partes.

Noah obedece, cada movimiento acompañado de una sonrisilla y una risita.

Cuando termina, Kay, apartando heno a patadas con la bota, le pasa un cuenco de plástico de una pila en la esquina y le indica que vaya pegado a la pared izquierda y rodee la malla metálica.

Allí hay unas ventanitas a la altura de los nidos.

—Pon la mano ahí —le indica— y busca huevos.

Así lo hace. Estira la mano hacia la gallina blanca, y el pico del ave se abalanza sobre él con un picotazo feroz.

—¡Joder! —retira la mano de un tirón y ve una gota de sangre—. ¡Demonios!

El cacareo estalla al unísono. La gallina blanca, con los ojos enloquecidos, mueve la cabeza a sacudidas como buscando un objetivo y picotea la malla metálica. Las demás cacarean como locas, agitadísimas.

Kay tiembla, y Noah se da cuenta de que el cacareo más estruendoso es su risa. El pelo blanco bajo el gorro de lana se le agita sin control, y tiene la mano apretada contra el estómago. La boca bien abierta, la risa acompasada con el cloqueo de las aves. Se seca los ojos llorosos con la manopla.

—Eres... eres único —dice entre carcajadas.

Noah niega con la cabeza.

—¿Y qué quieres que haga? —pregunta a la defensiva—. Este bicho es, no sé, maligno.

—Chico, si no puedes con una gallina —sonríe, aún sacudida por algún que otro espasmo de risa—, ¿cómo sobrevives en esta vida?

Noah suspira decepcionado. Tras un minuto de maniobrar alrededor de la ventana esquivando a la gallina loca, que sigue picoteando, se enfada.

Se mete la mano derecha en la manga de la parka y la introduce con decisión en la ventana, empuja al ave aleteante varias veces, luego le da un empellón contundente y el animal salta al suelo.

Cuando la gallina se aparta, ve tres huevos blancos en el centro del nido.

—¡Oh, guau! —coge los huevos y pasa a la siguiente ventana. Cinco minutos después, tiene más de una docena de huevos en el cuenco de plástico y la mano ensangrentada, y Kay dice que hacía mucho que no se divertía tanto.

Noah no sabe si llamarlo diversión, pero de lo que sí está seguro es de que el gallinero necesita un exorcista.