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Noah está a punto de acostarse cuando oye un chirrido afuera.
Piensa que es Kay, pero al asomarse a la ventana trasera, ve una fina línea vertical de luz que se estrecha mientras la puerta del cobertizo se cierra, y luego vuelve a estar todo oscuro, y solo distingue las tenues franjas de luz que se filtran entre los paneles de madera.
Un escalofrío le recorre la espalda. Agudiza el oído en busca de cualquier sonido en la habitación de Kay.
¿Habrá salido? ¿Se habrá desmayado él otra vez?
Todo resulta extraño y sospechoso. Sobre todo el cobertizo.
Kay siempre está ahí cuando él se acerca.
Debería ir mañana a echar un vistazo. Puede que ella se enfade, pero Noah quiere ver qué hay dentro.
Sabe que hay algo. Siempre lo percibe cuando está fuera, y ella también lo sabe, y no le quita ojo.
Otro pensamiento le asalta, y este es inquietante. Le entran ganas de coger la moto de nieve, ir al pueblo y tomar un autobús hacia el sur.
¿Y si hay alguien en el cobertizo? ¿Y si alguien vive ahí? ¿Y si Kay está metida en algo descabellado?
El pensamiento inquieta a Noah y le dispara la imaginación, que compensa así la falta de acción.
Se incorpora de golpe y vuelve a mirar por la ventana hacia el cobertizo, a lo lejos.
Entrecierra los ojos intentando distinguir algo entre la nieve que cae, pero ahora todo parece oscuro y muerto.
El corazón le late deprisa, pero se tumba en la cama y cierra los ojos.
Solo hay una forma de averiguarlo. Mañana irá al cobertizo.