Nana Kay 22
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Kay escucha a Noah con paciencia, sin interrumpir. Sus largos dedos huesudos se mueven despacio con la aguja y los hilos de colores que va clavando con cuidado en el lienzo de lino mientras alza la vista hacia Noah de vez en cuando y asiente ocasionalmente.

Noah está en el sofá, con la Biblia a su lado, y sus manos juguetean con las esquinas de las páginas como si fueran cuentas de rosario.

No es consciente de lo que hace mientras habla: un torrente de historias y recuerdos, salpicados de sonrisas, rencor, orgullo, sarcasmo, culpa que fluye libremente, las palabras que brotan de su boca como en una confesión. Kay es su psiquiatra.

Está oscureciendo. La luz de las ventanas parece entrar desde fuera hacia un pozo abierto, y las sombras de los rincones empiezan a expandirse por la habitación. Pero la chimenea crepita, y los pequeños movimientos de Kay producen ruiditos ocasionales que resultan reconfortantes en el crepúsculo.

Por fin, Noah deja de hablar, y los dos comparten el silencio durante un minuto hasta que Kay, convencida de que Noah ha agotado la historia, rompe el silencio.

—Entonces, ¿qué pasó entre tú y la chica?

Nada, quiere decir.

—Otro lapsus de juicio, como diría mi madre —responde con un resoplido. Ahora que ha compartido esta historia, Noah no la ve igual que antes. Contarla de nuevo la ha transformado en una película en su cabeza que puede ver desde fuera.

—¿Cuántos de esos has tenido? —pregunta Kay, y se le escapa un «hmm» sarcástico.

—Demasiados —responde, y Kay asiente al ver que lo reconoce.

La verdad es, le dice a Kay, que ha perdido la cuenta. No es que no pudiera ser fiel, o sobrio, o que no fuera capaz de sentar cabeza. Pero estar atado a una persona, a una vida determinada, a una caja, demostraría que sus padres tenían razón. Para él, eso era peor que cualquier otra cosa.

—Estás jodidamente mal de la cabeza, Noah —le dijo Brooke una vez.

Lo sabe. Lo odiaba, pero inevitablemente llegaba otro «lapsus de juicio». Como si los tuviera programados. Como si lo hiciera a propósito para demostrar que no le importaba.

Pero sí le importaba. Estaba enamorado de Brooke, la única chica que no podía sacarse de la cabeza después de esos «lapsus», a la que llamaba cuando estaba borracho, solo, pero más importante aún, cuando estaba feliz.

Fue a Brooke a quien llamó cuando su banda fue seleccionada para el cartel del Summerfest en Milwaukee.

La llamó emocionado con la noticia, «Adivina qué, adivina qué, Brooke», tan orgulloso de sí mismo, deseando que ella también se sintiera orgullosa de él, solo para oír un «Enhorabuena» y el clic al colgar.

Fue en Brooke en quien pensó mientras estaba de pie en el escenario el verano pasado, frente a miles de personas, imaginando que ella lo veía.

Pero ella ni siquiera se dignó a darle a «me gusta» en la foto de sus redes sociales.

Y él seguía siendo el imbécil de siempre: la acosaba, se arrastraba a sus pies en tiempos de desesperación y luego desaparecía como un fantasma.

Como si ella siempre fuera a estar a su disposición. Para siempre.

Bueno, durante un año como mucho, piensa ahora. Si estuvieran juntos, ella se sentiría aún peor que él. Tenía razón desde el principio. Cuando esté muerto, ella por fin sentará cabeza con algún idiota con un trabajo estable y esperma de sobra. Quizá ya tenga planes.

—Se fue de viaje hace un par de meses. Centroamérica o algo así. Dijo que necesitaba alejarse de mí antes de perder la cabeza. ¿Adivina quién está perdiendo la cabeza ahora? Literalmente.

Noah sonríe con ironía y piensa en el tipo de pelo largo con pinta de estoy-en-sintonía-con-mi-chi que parece una chica en las fotos de viaje de Brooke, con su garra aferrada a la cintura de Brooke.

Noah quiere partirle la cara ahora mismo, pero la suerte ha querido que esté en una casa nevada en medio de la nada con una anciana que ya vivía en tiempos de la Segunda Guerra Mundial.

Kay se detiene y le lanza una larga mirada.

—Entonces, le dijiste que no la mereces y que necesita a alguien mejor. Sin embargo, sabes que es a ella a quien amas, y la sigues llamando cuando no tienes a nadie más a quien recurrir.

Noah asiente, con la mirada fija en las sombras del suelo.

—Eso lo resume, sí.

—Típico.

—¿Qué?

—Tú. Un joven sin nada que ofrecer salvo tu arrogancia. Te menosprecias cuando te conviene. La carta del necesito-que-me-salven, para tener una excusa y seguir siendo el mismo inmaduro e irresponsable de siempre.

—Eso es duro.

—Eso es la realidad.

Kay lo mira fijamente.

—Entonces, ¿cuál sería tu pareja ideal?

—Brooke —responde sin pensar, y sonríe—. Pero...

De repente, se queda callado. Se revuelve el pelo y murmura:

—Tío, es difícil de explicar.

—Pero no quieres hijos —Kay lo saca de su enredo.

—Supongo que sí. En algún momento. Familia, quizá. Solo que...

Hace una pausa, desconcertado, sin saber ya qué quiere y qué no.

Kay responde por él.

—Lo quieres, pero a tu ritmo, en tus propios términos, cuando a ti te apetezca.

Él suspira.

—Quizá.

—Así que no tienes ningún problema con Brooke, después de todo. Con el momento, quizá.

Kay aparta la mirada y sus dedos empiezan a moverse hábilmente con la aguja y el lienzo mientras continúa.

—Ni siquiera es una cuestión de libertad. Todo se remonta a tus padres y a vivir la vida según los términos de otra persona, a hacer cosas no por tu propia voluntad sino bajo el látigo de otro.

Su discurso es lento y monótono, como si estuviera leyendo una evaluación psicológica.

—El miedo a ser como ellos. A hacer lo mismo que ellos.

A quedarte atrapado de nuevo. Así que las únicas cosas que disfrutas son las que no se parecen en nada a ellos, porque aunque quieras algo —una casa, una mujer, un hijo, una familia, un trabajo estable, comunidad, sobriedad—,

huyes de ello porque es como mirarte en el espejo y ver las caras de tus padres.

Noah no responde. Tiene la cabeza vuelta, apartada de Kay, y los ojos fijos en la tenue luz de la chimenea y el halo naranja de la madera que arde. Se levanta, va hacia la chimenea, se sienta y remueve los cadáveres quemados de madera con un atizador.

—Ya no eres un niño, Noah —continúa Kay—.

Ni un adolescente. Eres un hombre adulto.

Los adultos dejan atrás su pasado negativo, viven en el presente y miran hacia el futuro.

Hacerse la víctima solo te hunde y te da excusas.

Todo el mundo tiene un pasado. Algunos recuerdan lo bueno, otros lo malo.

Esas historias se convierten en nuestra verdad.

Elegir lo malo o lo bueno... esa verdad es tu elección.

¿Ves? Eso configura tu realidad. Así funcionan nuestras mentes.

Soltar el pasado es lo más difícil, especialmente cuando se trata de tu propia sangre.

¿Recuerdas la historia de Abraham sacrificando a su hijo Isaac?

Los labios de Noah se curvan en una mueca desdeñosa.

—Gé-ne-sis-vein-ti-dós —recita con sorna, pero siente una oleada de ira recorrerle el cuerpo.

Todavía recuerda todos los pasajes principales de las escrituras.

Irónicamente, hasta los usó en sus canciones.

Le pareció ingenioso en su momento, ese juego de palabras en sus letras, cómo sonaban al ritmo frenético de la batería y los chillidos de las guitarras eléctricas, coreadas no por un coro de iglesia sino por un grupo de jóvenes desaliñados, borrachos, emocionados, furiosos,

diabólicos y locos frente al escenario.

Las escrituras, se da cuenta ahora, lo persiguen a todas partes.

—Es difícil de olvidar —añade.

—¿De qué trata la historia?

—De sacrificar a su único hijo porque su amor y su fe en Dios eran tan grandes que creía que, incluso después de matarlo, Dios podría resucitarlo.

Kay carraspea.

—Un poco exagerado, ¿no?

Espera, ¿qué?

Noah vuelve la cabeza bruscamente hacia Kay, su pequeña figura entre las sombras de la habitación oscura, el cabello blanco como un halo a pesar de la penumbra. Sus ojos clavados en él.

—La gente tiende a tomarse las escrituras al pie de la letra —dice con suavidad—.

El error más grande y más tonto. Solo un necio tomaría una obra escrita por múltiples personas, a lo largo de generaciones, basada en la moral antigua y los valores culturales de aquellos tiempos, e intentaría aplicarla a la vida miles de años después.

La Biblia es una obra filosófica. Es el epítome del simbolismo.

Ahora dime, Noah, si un episodio en particular te enseña que puedes tomar a la persona más querida y sacrificarla por Dios, ¿por qué no puedes aplicarlo a tu propia situación?

—¿Qué quieres decir?

—Suelta a tu familia y antepón la fe en Dios.

—Siempre se trata de Dios. ¿Por qué sacrificarías algo por una criatura que nunca ves y de la que no sabes nada?

—¿Criatura?

Un sonido extraño rompe el silencio, y Noah se sobresalta, pero enseguida se da cuenta: Nana Kay se está riendo. Su risa es un cacareo suave, con cloqueos como de pájaro, pero fuerte y alegre.

Noah también suelta una risita y sonríe, mirándola fijamente.

—Una criatura. Qué bueno. Realmente te destrozaron —dice Kay, y tras otro cacareo suave, se pone seria—. Es tan criatura como la enfermedad que tienes.

Interesante. Noah lleva llamando a su tumor monstruo y criatura desde el día en que lo descubrió.

—Eso, por supuesto, es un paralelismo interesante —continúa Kay—. ¿Qué crees que es Dios?

—Bueno... —Noah intenta formular una respuesta coherente.

—¿Sí?

—Es una especie de poder que está ahí fuera, que guía al mundo y a las personas y... —Se queda callado.

—¿Qué tipo de poder y dónde está?

—No lo sé.

—¿Crees en Dios?

Tiene que pensarlo después de todos esos años de sobredosis de Dios.

—Claro.

—¿Por qué claro? Acabas de contarme tu historia con tanta rabia y decepción. ¿Sigues tan seguro?

¿Lo está?

—Sí. Creo en Dios. No como mis padres, pero...

—¿De qué manera, entonces?

—No sé, no fanático. No como lo pintan en la Biblia, ya sabes. Los siete pecados capitales y todo eso.

—Claro. Así que eres espiritual, no religioso.

Asiente, conforme. Es una buena forma de verlo. Echa otro tronco al fuego y recoloca los demás. El calor reconforta, y la voz de Kay desde la oscuridad le recuerda a muchas conversaciones que ha tenido consigo mismo. Normalmente borracho o colocado.

—Entonces, ¿cuándo crees en Dios? —pregunta Kay.

Noah esboza una sonrisa sarcástica y se vuelve para mirarla.

—¿Qué quieres decir con cuándo? —Está desconcertado. La anciana tiene maneras muy peculiares de plantear las cosas.

—Me has oído. ¿Cuándo crees en Dios? —repite.

—¿Qué clase de pregunta es esa? —Está aún más confundido.

—¿Cuando todo se va al garete y necesitas que te salven?

—¿Por qué no? ¿No es cuando más lo necesitamos?

—Entonces, ¿Dios es un genio de la lámpara?

Noah no puede evitarlo y estalla en carcajadas. Sacude la cabeza y mira a Kay, pero ella no se ríe.

—Cuando las cosas van mal —continúa ella—.

Cuando te rindes. Cuando estás en apuros.

Cuando necesitas ayuda, apoyo, esperanza...

es entonces cuando tienes dudas y piensas: ¿marco el *10 para las bendiciones de Dios y la oración diaria?

—Hace una pausa—. Entonces, cuando las cosas van bien, y tienes éxito, y todo funciona, y eres feliz, ¿por qué no invocas su nombre?

—No lo sé —Noah titubea—. Porque puedo arreglármelas solo.

—Ya, ¿y por qué será?

—No lo sé. ¿Suerte?

—¿La suerte define en qué eres bueno en la vida? ¿En serio?

—Bueno, no. Porque se me dan bien las cosas. Porque creo en mí mismo.

—¡Ah! Creer. Esa es una buena palabra —asiente Kay—. De hecho, es una palabra excelente. Entonces, cuando te sientes hundido o fracasas, ¿con quién hablas cuando estás solo? ¿Cuando rezas?

—¿Con Dios? —Noah ya no está seguro.

—Quiero decir, ¿te imaginas a Dios cuando hablas a solas?

—No.

—¿Entonces? ¿Con quién hablas?

—Principalmente conmigo mismo —responde Noah y se ríe. Está bromeando. ¿O no? Alza la vista hacia Kay.

—Exacto —asiente ella.

¿Exacto qué?

Quiere preguntar y la mira fijamente, esperando.

Tiene los labios entreabiertos, divertido.

Nadie le ha hablado así antes. Nadie ha hablado de Él de esta manera.

¿Es una blasfemia? Su madre consideraba Harry Potter una herejía.

Pero esto... incomoda a Noah. Se encoge por dentro como si alguien alzara la mano para darle una bofetada.

—Cuando te sientes grande, crees en ti mismo, ¿verdad? —dice Kay.

Noah no quiere que continúe porque es demasiado, está fuera de su zona de confort, va en contra de todo lo que le enseñaron y leyó, está asestando un golpe demoledor al monumento que han estado construyendo para Él, y Noah fue uno de los constructores, a pesar de negarlo.

Pero eso no es lo que teme Noah.

—Y cuando te sientes hundido...

Construir monumentos y romperlos no es doloroso. Lo asombroso es lo abrumador que resulta pensar en las cosas habituales desde una perspectiva diferente.

—Empiezas a buscar la fuerza interior, rezándole, llamándola por su nombre. Porque la conoces. Está ahí en tus mejores momentos...

Especialmente cuando alguien te dice que tu mayor miedo, tu fuerza, tu héroe y tu esperanza no están en el exterior, sino en el interior.

—¿A quién le rezas cuando estás solo, cuando necesitas ayuda? ¿Con quién hablas?

No es un monumento, sino energía viva y palpitante.

—Contigo mismo, ¿verdad?

Noah mira el fuego con tanta intensidad que le duelen los ojos mientras escucha la voz de Kay.

—Entonces dime, Noah, ¿qué es Dios?