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Los padres de Noah eran religiosos, o, según una definición popular, fanáticos religiosos. Lo son. Todavía lo son, por mucho que él espere que cambien.
Noah se crió entre iglesias y grupos bíblicos, con salmos y oraciones, educado para vivir en sumisión y morir arrepentido.
Cada día de su vida estuvo lleno de la palabra de Dios.
Miércoles, viernes, domingos: niños como él, repitiendo como hipnotizados cada palabra de los adultos, como un coro de querubines zombis.
Su infancia estuvo llena de admiración por la criatura mística de allá arriba que supervisaba cada aspecto de su vida.
Cuando se hizo un poco mayor, esa admiración se convirtió en un miedo abrumador a ser castigado por cualquier cosa que hiciera mal, por cualquier paso pecaminoso que diera.
Cuando Noah llegó a la adolescencia, su romance con el cristianismo había terminado.
Los mismos versículos que llevaba leyendo desde la infancia se volvieron inútiles, carentes de sentido, ecos del vacío.
Nunca los había entendido, pero ahora, al perder su atractivo mágico, ya no tenían cabida en su vida.
Nada en su día a día podía reconciliarse con las antiguas escrituras que sus padres adoraban.
Con el tiempo, se dio cuenta de que tampoco había mucho en las vidas de otras personas que pudiera reconciliarse técnicamente con ellas.
No había mucho de Dios en sus acciones, solo en sus labios.
Toda la comunidad religiosa de su infancia estaba perdida en su propia interpretación de cómo debía ser todo el mundo, siempre señalando con el dedo a los demás, pero nunca a sí mismos.
Dios estaba en sus libros de salmos, pero nunca salía de las páginas.
No había Dios en sus gritos y peleas, en cómo aterrorizaban a los niños para convertirlos en lo que querían que fueran, en el rigor y la impaciencia del pastor con la rebeldía de los adolescentes, en la ejecución hipotecaria de su tío Mathew y su intento de cometer fraude de seguros,
en el abuso de medicamentos recetados de su vecina la señora Caine, ni en el aliento del señor Caine que olía a alcohol en los sermones del domingo por la mañana, ni en su amigo Jeremy llegando al estudio bíblico con moretones frescos que le había dejado su padre.
Dios no estuvo allí cuando el señor Herron murió de un infarto, dejando a la señora Herron con tres niños pequeños y enormes facturas médicas.
No estuvo allí cuando la soprano del coro de la iglesia, la señora Ernest, tuvo una aventura con su amor del instituto que vino al pueblo para la reunión del vigésimo aniversario y la pillaron desnuda encima de él cuando el señor Ernest llegó a casa antes de tiempo.
Dios no brilló con su gloria en los rostros contorsionados de los siete miembros de la congregación que se pelearon por los demócratas y los republicanos la noche antes de las elecciones presidenciales.
Desde luego que no estaba en la mente del señor Plevyak cuando sacó el tema dos días después, murmurando insultos racistas entre dientes.
El Señor, el salvador, no parecía estar allí cuando a Michael, el amigo íntimo de Noah, le diagnosticaron cáncer y la congregación recogió donaciones y rezó por él al final de cada reunión.
Rezaron y rezaron y rezaron. Hasta que Michael falleció medio año después.
Y desde luego que no eran las palabras de Dios las que salían de la boca de su padre cuando, rojo de ira, le gritó a Noah una semana después por algo que Noah había hecho, la saliva saliendo disparada de su boca como balas furiosas, y las palabras finales: —Pecador como eres, acabarás como Michael.
¡Noah era un adolescente, solo un adolescente! ¡Quería ser como los demás adolescentes, a los que les dejaban vivir!
Bueno, fue entonces cuando comenzó la guerra.
La guerra entre él y sus padres, los puños de su padre y las diatribas furiosas de Noah, las palabras de las escrituras y el cambio que él quería.
La guerra nunca terminó. Celebró el decimoctavo cumpleaños de Noah con una botella de alcohol barato y un paquete de cigarrillos, y Noah salió de casa con un ojo morado y la promesa de no volver jamás.
No lo ha hecho desde entonces, y sus padres no quisieron tener mucho que ver con su vida, excepto su madre, que de vez en cuando llama para preguntar con suavidad qué anda haciendo estos días y tantea al final de cada conversación con sus habituales preguntas cautelosas para ver si ha encontrado el
camino de Dios.
No lo ha hecho.
No el Dios de ellos, al menos.
Cuando salió de casa, se sintió libre. Mental y físicamente. Sin la cárcel de la Biblia, sin guardias de prisión, sin recordatorios diarios de que era un pecador y de que no había nada bueno en su vida excepto el libro sagrado junto a su cama.
La libertad llegó, pero la guerra se quedó con Noah desde entonces. Estuvo con él cada minuto de cada día. Cada acción era un silencioso que os jodan a la vida anterior.
Su trabajo de camarero era un que os jodan a la educación universitaria que Noah sentía que sería igual que sus padres, que lo entrenaría y lo calificaría,
pero autorizada por el sistema de acreditación escolar para poner su promedio en la bandeja social como si su promedio pudiera de alguna manera definir lo bueno que sería en la vida.
Su música y la banda de punk-rock The Revanchists eran una peineta a los evangelios y las lecturas bíblicas.
Sus fiestas interminables, el alcohol y las drogas, bueno, todo eso era tanto una rebelión contra todo lo que le habían enseñado y obligado a hacer como una celebración de haber escapado de aquello.
Y su actitud hacia Brooke... Bueno, lo de Brooke era complicado. Las cosas se complicaron al final.
Brooke era para él lo que la Biblia era para su familia en casa: la escritura sagrada que amaba y adoraba y quería estudiar y ante la que babeaba en cualquier momento libre.
Pero luego estaba su vida cotidiana, y eso era harina de otro costal.
Podías vivir según las escrituras, pero inevitablemente llegaría un «lapso de juicio», como solía decir su madre, y aparentemente, Noah era mejor en esto último.
Cuando él y Brooke se liaron por primera vez, estaban enamorados, y todo eran fiestas divertidas, sexo genial y mañanas perezosas de resaca.
A diferencia de él, Brooke tenía un título universitario.
Marchosa y con estilo, trabajaba en la oficina de relaciones públicas de algún influencer del momento.
Era segura de sí misma e independiente, no se pegaba a Noah como otras chicas, no lo marcaba como suyo abiertamente, y de alguna manera él estaba encantado con eso, tanto que a los dos meses se mudó con ella.
Y todo seguía siendo genial. Él pagaba las facturas y seguía teniendo su libertad. ¿Qué más se podía pedir?
Pero luego llegó la pregunta inevitable.
—¿Qué estamos haciendo con esto? —le preguntó Brooke un día.
—¿Con qué?
—Con nosotros, Noah.
Y lo que siguió fue una conversación tan típica, salpicada de futuro, bla, bla, y ahora qué, bla, bla, rumbo, bla, planes, bla, dar el siguiente paso, bla, que Noah sintió que ya había visto todo esto en alguna película.
Por lo general, nada bueno venía después de eso, y efectivamente, llegaron las noticias.
A Brooke se le retrasó el período. Luego otro.
No habían hablado de niños antes. Eso nunca había pasado por la cabeza de Noah. Ni por la de ella, pero él veía cómo se le iluminaba el rostro de vez en cuando, cómo hablaba de «inconvenientes» y «el peor escenario», pero tenía ese brillo en los ojos.
—¿Y si...? —le dijo un día, y sonrió.
Se rio. Luego soltó una carcajada.
¿Sonriendo? ¿En serio?
Se sentó junto a ella en el sofá, mirando su rostro alegre pero paralizado ante el peor escenario de su futuro inmediato: problemas de dinero, pañales y miseria.
Tenía casi treinta años, pero la palabra «familia» le asustaba más que nada, porque al oírla solo podía ver los rostros de sus propios padres, susurrando con desprecio: «Pecador, pecador, vergüenza, vergüenza».
Y fue entonces cuando lo vio claro: Brooke, la chica de sus sueños, que en el fondo era una versión más democrática de sus padres, tan diferente y sin embargo deseando lo mismo: estabilidad, compromiso, familia, hijos, reglas, disciplina, el molde cuadrado de la mentalidad convencional.
Los sueños de ella incluían todo eso, y las fantasías de él sobre su futuro juntos se esfumaron.
Y entonces llegó el cliché: todo el asunto del retraso resultó ser una falsa alarma.
Pero Noah se dio cuenta de algo: casi todo el mundo formaba parte de ese ciclo bíblico de crecer y multiplicarse.
El mundo entero participaba en ello. Excepto, quizás, Jesús, por irónico que parezca.
El tipo tenía un plan completamente distinto: engañar y entretener, una especie de Rasputín de la antigüedad que disfrutaba de la vida.
Eso era lo que Noah quería hacer: disfrutar de la vida.
Disfrutaba de Brooke más que de nada. Cuando estaba con ella, sentía que le daría igual si el resto del mundo desapareciera.
Podría mandar todo a la mierda y llevársela con él.
Es decir, si no fuera por el miedo a que ella terminara arrastrándolo de vuelta a esa vida de reglas y disciplina de la que llevaba huyendo desesperadamente desde la infancia.
Así que dijo lo menos original que se le ocurrió, algo que probablemente había oído en alguna película:
—No eres tú. Soy yo.
—Oh, vete a la mierda, Noah. Tan típico —respondió ella.
Él quería decirle lo mismo, pero respondió:
—¿Por qué no nos lo pensamos?
Se mudó y se instaló en casa de su amigo Leon.
Aquella decisión fue un corte de mangas a sus padres, a su forma de vida, esa en la que sentía que lo estaban metiendo a la fuerza.
Seguía llamando a Brooke casi todos los días, pasaba una noche con ella cada fin de semana e intentaba hablar otra vez sobre el futuro.
Pero ya estaba convencido de que estaban condenados.
Así que huyó. Cada maldita vez. Canceló la suscripción. Pulsó el botón de expulsión. Se hizo el Houdini. Y Brooke siguió siendo su escritura sagrada reservada para ocasiones especiales.