Nana Kay 20
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Noah recorre la casa, observándola con atención. Aunque ya la conoce mejor, nota pequeños detalles.

Un televisor viejo descansa sobre un mueble entre la estantería y la chimenea, orientado hacia el sofá y la ventana de detrás.

Junto al sofá, un equipo de música antiguo.

Al fin y al cabo, algo de entretenimiento sí que hay, piensa Noah con alivio.

Contra la pared, al lado de la puerta del dormitorio de Kay, una cómoda y un banco cubierto con una especie de colcha.

Las estanterías rebosan de libros, en su mayoría de no ficción, con una extraña selección de temas: religión, espiritualidad, sufismo, cábala, chamanismo, santos, física cuántica, tecnología, folclore, estudios sobre el agua, la naturaleza y el mundo animal.

La biblioteca es una enciclopedia de todo lo raro.

La Biblia Satánica de Anton LaVey le llama la atención y le produce una sensación incómoda; aparta la mirada de los libros para no descubrir algo aún más perturbador.

En la pared junto a la chimenea cuelgan un cuadro, un dibujo infantil enmarcado y una escena de nativos americanos bordada, tan grande como una alfombra.

La repisa sobre la chimenea está repleta de una docena de fotografías enmarcadas.

Reconoce a Kay en ellas: más joven, con un hombre de pelo largo, sonriendo, abrazados.

Debe de ser Mooney. En otra aparece gente con un niño, otra foto del mismo niño, y cuando Noah se acerca, algo familiar le devuelve la mirada desde esa imagen.

Rebusca en su memoria, y efectivamente: ¡Toby!

¡Tiene que ser él! Esa sonrisa borde, un par de décadas más joven, ahora le resulta familiar e inconfundible, y Noah no puede evitar sonreír.

En una foto en blanco y negro aparece Kay, más joven, guapa, sentada en círculo con una docena de personas, todas vestidas con túnicas, o quizá sea ropa anticuada, Noah no está seguro.

En el centro del círculo hay símbolos, dibujados o hechos con polvo —es difícil saberlo—, pero el extraño ritual le pone los pelos de punta.

En otra foto, una Kay mucho más joven lleva un intento cutre de ropa de playa, pero está en el bosque, rodeada de gente y niños semidesnudos, con marcas extrañas en la cara. Está seguro de que son tribus indígenas de algún lugar donde él, Noah, nunca ha estado ni estará jamás.

La puerta del dormitorio emite un leve chirrido y Kay aparece en el umbral.

Noah señala los libros con la cabeza.

—Menuda selección tienes ahí.

—Deberías echarle un vistazo. Hay cosas que te vendría bien leer.

—Preferiría ver la tele —dice con una sonrisa, esperando que pille la indirecta.

—Aquí no hay suerte. El cable dejó de funcionar hace tiempo. No llegué a arreglarlo.

Noah se queda decepcionado.

—Podrías llamar para que lo revisen —sugiere.

—La línea de teléfono no funciona —responde ella sin siquiera mirarlo.

La extraña sensación en el estómago de Noah se intensifica.

—Dios, ¿y cómo contactas con alguien?

—Esperas a que pase la nieve y despejen las carreteras.

—¿Y si alguien... —Noah no quiere decirlo, pero ahora lo tiene en la cabeza— se hace daño?

—Hay una radio CB.

—¿Puedes, no sé, llamar por radio a alguien en cualquier momento?

—¿Estás herido?

Suelta una risita.

—No, pero...

—¿Para qué, entonces? ¿Para que te traigan la nata?

Suelta una risa nerviosa.

—¿Y si alguien se muere? —dice, y las palabras quedan suspendidas en el aire. Mira a Kay, y ella lo observa de una manera extraña e intensa que le pone la piel de gallina.

—Cuando estás muerto, ya no te importa. Demasiado tarde, ¿no?

—dice, y sus ojos vagan por la estancia—.

Cuando Mooney desapareció durante la tormenta de nieve hace dos años, cogí la moto de nieve y fui al bosque.

No encontré nada, así que fui al pueblo.

Dijeron que no podían salir con ese tiempo, que podrían perder más vidas.

Mooney no volvió. Vi el águila en el cielo al día siguiente y supe que era demasiado tarde, supe que se había ido.

No encontramos su cuerpo hasta dos semanas después, en lo más profundo del bosque.

—¿Qué pasó?

Ella mira por la ventana.

—Dijeron que fue un fallo cardíaco.

—Dios, ¿así sin más? ¿Ahí fuera?

Ella se vuelve para mirarlo.

—Cuando llega la hora, llega la hora. Mooney lo sabía. Lo presentía.

Noah la mira fijamente sin saber cómo responder a su indiferencia, hablando de la muerte de su marido como si se hubiera ido de viaje a algún sitio.

—Desde luego tienes una forma muy peculiar de ver la muerte.

—No morimos. Seguimos adelante —dice ella.

—Es una buena forma de verlo —dice él, y quiere reírse, pero se siente incómodo en su presencia con estas conversaciones que le tocan tan de cerca.

Seguir adelante...

¿Adónde va él a final de año? Todo es poesía hasta que te das cuenta de que casi has llegado, llamando a la puerta del otro lado. ¿El otro lado de qué?

—No quiero seguir adelante —dice en voz baja—. Tampoco quiero morir. Mierda. ¿Qué opciones hay? —Suelta una risa nerviosa.

—Desde luego tienes claro lo que no quieres.

—Ya te digo.

—Deberías pensar en lo que sí quieres.

Ella se acerca a la cómoda y saca una bolsa de tela, vuelca su contenido sobre el banco y se sienta a ordenarlo. Es un montón de hilos y paquetitos con más hilos y cosas de tejer, y una tela o lona enrollada en un tubo.

Noah suspira, aburrido.

—Entonces, ¿qué se hace aquí cuando no hay tele?

Tampoco hay cobertura, ni internet. El móvil es un ladrillo inútil.

—Intenta pensar. O leer. —Se levanta y va hacia la estantería. Sin dudarlo, saca el libro más grueso que hay, se acerca a Noah y se lo planta en las manos.

Tarda un segundo en reconocer las palabras familiares de la portada, y cuando lo hace, suelta un suspiro sonoro, cierra los ojos y niega con la cabeza.

—¡No me jodas! —Abre los ojos y mira a la mujer atónito—. No. Otra vez no. Estoy hasta las narices de esta mierda. No tienes ni idea, Kay.

Ella vuelve al banco y a su labor de punto. Las comisuras de sus labios se pliegan en profundas arrugas: está sonriendo.

El libro le pesa en las manos. Le quema la piel, le incendia la mente con los recuerdos de infancia que lleva toda su vida adulta intentando reprimir.

Este libro devoró su niñez y es la razón por la que no soporta mirarlo, por la que apenas habla ya con sus padres, casi nunca, porque todo lo que dicen acaba siempre volviendo a este libro.

Noah vuelve a mirarlo y quiere pisotearlo, quemarlo, destrozar cada página, tirarlo por la ventana por toda la miseria y el odio que ese libro ha sembrado en él desde que nació.

La Biblia.