Nana Kay 19
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—Entonces... estoy como atrapado aquí, ¿no?

Noah mete más leña en el fogón, esta vez apilándola bien.

—Así es —le devuelve Kay.

Ahora hace más calor en la casa porque la estufa está encendida y ella está cocinando.

—¿Tienes hambre?

—Sí. O sea, me sabe mal comer de tu comida, ¿sabes?

—No pensarás ayunar, ¿no?

—No, pero...

—¿Por qué no vas a la despensa y me traes un bote de salsa para pasta?

Claro. Será su lacayo. Por su hospitalidad, por la comida, por lo que sea.

La despensa es un armario empotrado de suelo a techo en la pared del fondo. Ella se lo indica y él abre la puerta.

¡Madre mía!

No es un armario cualquiera. Tiene casi un metro de profundidad, con estantes de suelo a techo repletos de pasta, granos, azúcar, harina, aceite, mermeladas, cereales, botes llenos de polvos de todos los colores y texturas, productos envasados, salsas, especias, verduras en conserva.

—Joder, Kay, ¿te estás preparando para el Armagedón?

Coge uno de los muchos botes de lo que parece salsa para pasta y lo lleva a la cocina.

—¿Cómo crees que sobrevive la gente en el norte? —pregunta ella.

—Bueno, es que...

—Ya, nunca lo habías pensado, ¿eh?

No, nunca.

—¿Qué pasa en los lugares remotos de las montañas o en plena naturaleza? Canadá, Alaska, Siberia. Cuando las temperaturas bajan de cero. Dos metros de nieve.

—Supongo que... Joder. Nunca lo había pensado.

—Me lo imaginaba.

—Entonces no nos vamos a morir de hambre, ¿no? —dice sonriendo.

—Hay encurtidos en el sótano y un congelador lleno de carne de ciervo y otras cosas.

—Vaya. Estaremos bien, ¿eh? Aunque se líe la de Dios.

—Eso ya es mucho decir.

Ella también sonríe. Se le ilumina el rostro y su actitud ya no parece tan fría. Noah se siente más cerca de ella, como si esa sonrisa le derritiera la incomodidad. ¿Quién más dejaría que un completo desconocido se quedara en su casa? ¿Sin pedir nada a cambio? ¿Sin desconfiar ni nada de eso?

Ahora lo entiende. Nana Kay no quiere que se vaya.

Puede que en realidad esté contenta de que él esté aquí, igual que él está contento de que ella lo dejara entrar.

Ese pensamiento —aunque puede que se equivoque— lo anima, lo hace feliz, y cuando se sientan a la mesa, una anciana y un joven, con cinco décadas de diferencia, en esta pequeña cabaña en medio de la nieve y la tormenta de fuera,

no puede dejar de sonreír mientras devora la pasta con salsa roja y el pan de ajo, y le parece la comida más deliciosa que ha probado en mucho tiempo.

Sigue sonriendo, mirándola de reojo, y ella lo mira, se ríe entre dientes y niega con la cabeza. No necesita explicar nada porque tiene la sensación de que Nana Kay lo sabe todo.