18
Noah abre paso con la pala hasta el granero, dejando un camino irregular, y despeja la nieve de la puerta. Lleva unas botas impermeables pesadas que le llegan a las rodillas. Eran de Mooney, el difunto marido de Kay.
—Genial —dice—, ahora llevo las botas de un muerto.
—No tiene nada de malo —dice ella—. Nunca se sabe quién será el próximo muerto.
Y a Noah, no sabe por qué, le hace gracia. Termina de despejar la puerta del granero y Kay la abre.
Es un garaje, viejo pero sorprendentemente ordenado. Las paredes están cubiertas de estanterías. Todo está apilado y colgado con esmero.
Hay una vieja camioneta dentro. Debe de ser su vehículo.
Una moto de nieve al fondo; hace una eternidad que no ve una.
La observa un momento, pensando que podría ser una forma de llegar a la gasolinera, aunque no llegaría hasta Pittsburgh con eso.
En una esquina hay un cortacésped, probablemente más viejo que él.
Las herramientas cuelgan de las paredes, pero por su aspecto, nadie las ha usado en mucho tiempo. ¿Cuánto tiempo lleva muerto Mooney?
Junto a la camioneta hay un viejo Jeep Wrangler marrón con capota de lona. No está hecho para el invierno, pero lleva una pala quitanieves en la parte delantera.
—Sube —dice Kay mientras se acomoda en el asiento del pasajero.
Noah se ríe. Vale, pues. Puede ser su esclavo. No le importa. Por lo visto, la anciana se ha propuesto enseñarle los secretos de la vida rural. Él se apunta.
Noah se sube y Kay le explica brevemente el control hidráulico de la pala, montado en el salpicadero. Cinco minutos fuera del granero y ya es un profesional. Ella lo deja a su aire, aunque le indica en qué zona trabajar. —Si le das a tu coche con este trasto, es tu problema. No te vuelvas loco.
Durante las dos horas siguientes, Noah trabaja solo, despejando fila tras fila el patio y la zona alrededor del granero.
Rodea con cuidado el Stallion. Cuando llega al punto donde el camino de entrada se une a la carretera, no hay rastro de vehículos ni de quitanieves.
Se pregunta cuánto tardarán en despejar las carreteras en los pueblos pequeños.
La nieve se amontona en los bordes de la propiedad, que ahora parece rodeada por una valla blanca.
Noah pasa varias veces con la pala hasta el cobertizo del fondo, despeja la entrada y se detiene a mirarlo.
Quiere entrar a echar un vistazo. Pero cuando vuelve la cabeza hacia la casa, ve a Kay.
Está de pie en la esquina, haciéndole señas para que lo deje.
Siempre lo tiene vigilado, se da cuenta.
Devuelve la pala al granero, camina hasta la casa, se sienta en los escalones del porche y se fuma un porro.
Los copos de nieve, grandes y gruesos, caen sobre su cara descubierta y sus manos sin guantes, y se derriten al tocarle.
Da caladas profundas y contempla satisfecho su trabajo, el patio despejado.
Pero la nieve no para, ni va a parar, según Kay.
Ya hay una fina capa sobre su coche, que acaba de limpiar.
Parece que mañana tendrá que volver a quitar nieve. Por lo visto, se queda otra noche.
¿Cómo sobrevive esta gente en invierno? ¿Cómo van al trabajo? ¿Cómo se mueven? Él puede quitar nieve cuanto haga falta, pero la pregunta es: ¿cuándo despejarán las carreteras?