Nana Kay 16
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Noah está sentado junto a la chimenea. Él, una taza de té y el «año como mucho».

Solo y en medio de la nada mientras la gente sigue con sus vidas en algún otro lugar.

Y así es como morirá, y la gente continuará con su existencia.

Desconocidos seguirán dando «me gusta» a sus fotos en Instagram, mirando su cara feliz, muerta y podrida desde hace tiempo.

Alguien más se tumbará en el sofá que él ocupó durante el último mes.

Comerán, dormirán, harán el amor y verán películas en él, sin darse cuenta de que el tipo que hizo todo eso antes que ellos está muerto, y que el único recuerdo que queda de él son las tenues manchas en el sofá.

Eso es todo lo que muchas personas dejan tras de sí: manchas. Como mucho.

—¿Estás bien, chico?

La voz saca a Noah de sus sombríos pensamientos. La mujer deja un juego de sábanas y un edredón en el sofá.

—Puedes quedarte en esa habitación —dice, señalando con la cabeza hacia la segunda puerta.

Ah, hay una habitación libre, cae en la cuenta Noah.

—Sí, estoy bien. Gracias. Gracias por dejarme quedarme. De verdad lo aprecio —dice, y añade—: Nana Kay.

—Puedes llamarme Kay.

Pasa junto a él hacia la cocina.

—O-Kay, Kay —responde con una sonrisa.

—Si usas agua, asegúrate de dejar el grifo goteando para que las tuberías no se congelen.

Ajusta el grifo.

—O-Kay, Kay.

Sonríe de nuevo.

Ella pasa junto a él con sus mocasines, casi sin hacer ruido, como si flotara; su pelo blanco, tan fino, se mueve ligeramente como si hubiera una brisa en la casa.

Se detiene junto a la chimenea, baja la mirada hacia Noah, hacia su cara sonriente, sus manos, su ropa, y luego niega con la cabeza como si él hubiera hecho algo mal, y se aleja.

—Buenas noches —dice desde algún lugar lejano y desaparece en el dormitorio.

Buena conversación, piensa Noah, pero sonríe de nuevo. Qué bicho raro. Los viejos suelen serlo. Quería preguntarle sobre la chimenea y qué hacer con ella durante la noche, pero ya se ha ido, y no quiere llamar a su puerta y resultar más molesto de lo que ya es.

Se levanta, saca los dos frascos de pastillas de su mochila, que sigue en el suelo junto a la puerta, y se queda mirándolos un rato.

Uno para los dolores de cabeza. Otro para mantener al monstruo a raya.

Ambos con una lista de dos páginas de efectos secundarios jodidos.

Noah no ha sido constante este último mes que lleva tomándolas.

Probablemente debería. Los desmayos han empeorado.

Se mete una de cada en la boca, apaga la luz y va a la habitación libre.

La habitación está casi vacía, salvo por una cama doble y una mesita de noche junto a ella. El suelo de madera gris. Las paredes blancas. A Noah le viene a la cabeza la palabra «ascético».

Cuando Noah se acerca a la cama y deja caer la mochila sobre ella, se da cuenta de que la pared de enfrente está llena de dibujos infantiles clavados, docenas de ellos. Algunos son oscuros, otros son monigotes, otros más elaborados. ¿Cuida niños o algo así?

Revisa el cajón, sin estar seguro de qué esperar: una Biblia como tienen en los hoteles. Dentro hay una pila de papel en blanco, lápices, ceras y chinchetas.

Sí. Debió de ser la habitación de un niño. ¿De Toby? Noah suelta una risita. Toda esta situación es extraña.

Noah está demasiado cansado. Hace la cama, apaga la luz y se mete bajo la manta con la ropa puesta. La puerta está abierta. Quiere saber cuándo se levanta Kay. La ventana da al patio trasero, cubierto de nieve. Lo único que desentona entre la nieve y el paisaje boscoso es el cobertizo.

No es ajeno a dormir en sofás ajenos, pero esta casa tiene algo irreal.

Está oscura y silenciosa, salvo por el viento de fuera, que se hace notar con repentinas ráfagas violentas que empujan los cristales como si intentaran entrar, y que le recuerdan a Noah que está a salvo.

El resplandor de la chimenea también resulta reconfortante.

Si estuviera solo, aquí, en el bosque, se volvería loco.

Pero Kay está en la otra habitación, y de alguna manera esta mujer, aunque sea una desconocida, lo cambia todo.

Su presencia es lo que le mantiene cuerdo ahora mismo.

Ella dejó el grifo goteando, así que ahora Noah puede oírlo: plin, una gota por minuto, plin, contra el fregadero de metal, como si estuviera contando el tiempo. Suena inquietante. Fuerte. Como un ritmo oscuro que acompaña al aullido del viento de fuera y al crepitar de la madera ardiendo.

Lo escucha durante un rato, y así es como se queda dormido: con el sonido de una cuenta atrás hacia el día siguiente.