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Lo más impactante de todo este calvario es que la enfermedad se le echó encima a Noah como un villano sigiloso. ¿Cómo pudo pasar?
Llevaba ahí un tiempo, incubándose desde algún punto desconocido hasta convertirse en el «un año como mucho».
Le enfurece. No hubo señales de alarma, ningún aviso.
Siempre odió ir al médico. Siempre «encuentran» algo.
Pero pensaba que siempre había posibilidad de cura.
¿La había? Lo investigó. Google puede ser el mejor psiquiatra, pero solo le ofreció historias de todos los «un año como mucho» que acabaron mal o se convirtieron en milagros ocasionales.
Pero sin instrucciones. En Google hay instrucciones para todo, menos para el «un año como mucho».
Cuando se les pregunta, hipotéticamente, qué harían si solo les quedara un año de vida, la gente intenta meter todo lo posible en el tiempo que les queda.
Noah ha soñado bastante en sus veintisiete años de vida, y lo irónico es que la pregunta ya no es hipotética, pero —y esto es triste, muy triste— no quiere hacer ni una maldita cosa.
Está decepcionado de la vida. Tiene la cabeza tan agachada después de un mes de pensar, soñar, calcular, llorar, pensar un poco más, rendirse, que ni siquiera quiere despedirse.
Ni siquiera está seguro de querer este año porque sabe que va a ser una tortura: cargar con sus sueños muertos, esperanzas muertas, aspiraciones muertas, la lástima en los ojos de todos, y se acabaron los propósitos de Año Nuevo.
Después de todo, puede que no haya otro Año Nuevo, y si lo hay, probablemente estará tan débil que no le importará nada nuevo.
¿Qué más? ¿Todavía disfruta de algo? Un buen porro, eso sí.
Fumar, curiosamente. El Dr. Bard le dijo que evitara el tabaco, el alcohol, las drogas y cualquier estrés.
Un estilo de vida saludable podría prolongarle la vida.
¿Prolongar qué? ¿Un año como mucho? ¿Para tener un año y un mes?
¿Un mes de miseria negándose todo lo que disfruta un ser humano normal?
—Dispárame ya, ¿vale? —se quejó con Toby—. ¿Puedo subirme al tejado y tirarme sin más?
—Eh, tío, para el carro.
A Toby se le abrieron los ojos de par en par, se atragantó con la calada del porro y empezó a toser.
—No seas tan dramático.
—Es broma. ¡Ahí está el problema! Pues en ese sueño de muerte, qué sueños vendrán... —Noah rio con amargura.
Sí, hay opciones. Podría hacer algo escandaloso. No tiene nada que perder, ¿no? O podría salvar vidas, hacer algo hermoso. Pero ¿quién lo apreciaría a la larga?
¿Qué más se puede hacer? ¿Asia? ¿África? ¿Islas tropicales? ¿La luna? Podría ofrecerse de voluntario para los vuelos de prueba de Elon Musk. Pero seguro que hay regulaciones éticas. En este país ni siquiera puedes elegir cómo morir. Tienes que seguir las reglas.
Podría donar su cuerpo a la ciencia. Podría llegar a la facultad de medicina. Como cadáver. Al menos serviría para algo.
Podría no hacer nada, claro. Pero sería como estar tirado en una cama de hospital con pañales mojados, esperando a que lo cambien. Patético. Y aun así podría acabar siendo su destino, aunque cuando se dé cuenta de que va por ese camino, intentará ponerle fin antes.
Sí que quiso apuntarse a un tratamiento alternativo. Pero querían gente que no fumara ni bebiera. ¿En serio? Querían a los moribundos más sanos. Como si hubiera una jerarquía de futuros cadáveres.
La vida decepciona por todos lados.