14
Dentro de la casa, Noah se quita las botas y el abrigo. Tiene los pies mojados, lo mismo que los vaqueros, el felpudo de la puerta —empapado de nieve derretida— y el suelo de madera, salpicado de gotas y charquitos.
Se pone la única muda que ha traído y se sienta en el suelo junto a la chimenea, con las piernas cruzadas y las manos extendidas hacia las llamas. El calor le devuelve la vida, pero tiene hambre y sueño, rendido por el esfuerzo al que no está acostumbrado.
—Qué bien sienta —le dice al fuego, aunque sabe que la mujer está detrás de él.
—Después de ese viento y esa nieve, claro —replica ella—. En cualquier otro momento ni te darías cuenta. Todo es relativo.
Él esboza una sonrisa irónica y piensa en el sándwich de la gasolinera.
—¿Tienes hambre? —pregunta ella, como si le leyera el pensamiento.
—Estoy bien. Tengo un sándwich —responde él.
—Como quieras. ¿Un té caliente?
Él se gira para mirarla. Ella pone una tetera al fuego.
—¿Qué, algún té especial? —bromea él.
Ella se gira y le dedica una mirada inexpresiva.
—Negro normal.
No, gracias.
—Claro —responde él para no ofenderla.
Diez minutos después, está sentado junto a la chimenea masticando el sándwich frío e insípido, con su lechuga mustia, tan muerta como el pavo ahumado que lleva dentro, mientras bebe el té.
Nana Kay trajina en silencio por la casa, y resulta reconfortante saber que hay alguien más con él.
Se gira para mirar a su alrededor, pero no la ve; luego oye un ruido apagado que viene de su dormitorio.
Ella tiene cosas mejores que hacer que entretenerlo.
Pero él está agradecido. Por cualquier cosa.
Incluso por esta chimenea, el té y el sándwich de mierda. Podría ser peor.
Un momento, ¿y si pudiera?