13
Nana Kay no habla mucho, y no porque Noah no lo intente. Es como sacarle las muelas. Todas sus respuestas son acertijos o parábolas. Él la observa moverse por la casa. Sus movimientos son lentos y metódicos, como si no hubiera prisa en el mundo. Al menos no hoy.
Le dice que encienda el fuego.
Coloca trozos pequeños de leña en el centro de la chimenea, luego otros más grandes encima, como recuerda de su infancia, y mira alrededor sin saber qué hacer.
—Tsk. —Niega con la cabeza—. Eres como un bebé. Tienes que aprender a resolver las cosas por ti mismo. O a preguntar. Si no sabes algo, preguntas. No tiene nada de malo. Es mejor que estropearlo todo.
Le da instrucciones. Regulador del tiro, leña, papel, cerillas. Está disfrutando, él lo nota, ya sea de la compañía, de su torpeza, o de todas las pequeñas formas de mangonearlo.
No le importa. Es un invitado no deseado, un intruso.
Ya que se está aprovechando de su hospitalidad, dice ella, piensa sacarle partido. Salen y cogen las palas. La nieve llega casi hasta el porche, y ya hay unos trece centímetros en el suelo. Se pregunta cómo va a salir de aquí, pero decide que ya pensará en el mañana mañana.
—Tenemos que despejar los caminos hasta el granero y el cobertizo de atrás —dice—. Mañana será más fácil.
Y eso hacen.
Noah se esfuerza al máximo. Está oscuro.
La luz del porche apenas sirve de nada en medio del torbellino de nieve que lo envuelve.
Los copos son gruesos. Le caen en la cara y se derriten, dejando una capa húmeda que le nubla la visión.
Pero se lanza al trabajo con todas sus fuerzas.
Aunque ella no pueda ayudarlo, al menos él la ayudará a ella.
Este lugar es mejor que cualquier hotel espeluznante.
Despeja el camino hasta su coche, luego hasta el granero y el pequeño cobertizo de al lado. De vez en cuando se limpia la humedad de la cara, sorbe por la nariz y se protege de las ráfagas de viento cargadas de nieve.
El ejercicio físico le sienta bien. La última vez que hizo algo parecido fue cuando cargaron el equipo de sonido y el escenario para la actuación de su banda en Allentown, y eso fue hace meses, antes del Dr. Bard.
Así que ahora nota el esfuerzo en cada músculo.
El viento y la nieve lo empeoran todo, y sorprendentemente, Noah lo disfruta, pensando en los siguientes treinta centímetros de nieve, y en los siguientes.
Cuando termina el camino hasta el granero, se detiene un segundo, se ajusta el gorro y exhala con fuerza.
Ahora toca el largo camino que rodea la esquina de la casa, pasa por el almacén de leña y llega hasta el pequeño cobertizo de atrás, a unos doce metros de la casa.
Calcula cuánto trabajo le llevará. Mucho mejor pensar en la nieve que en lo de «un año como mucho», se da cuenta, y entonces aparta lo de «un año como mucho» a un lado y clava la pala en la nieve.
Media hora después, está en el cobertizo. Mientras retira la nieve de la puerta, ve algo entre las tablas de madera, algo que parece luz. Se detiene en la oscuridad, desconcertado, y entrecierra los ojos para intentar ver qué hay dentro.
—¿Has terminado? —La voz lo sobresalta.
Se da la vuelta. Nana Kay lo mira fijamente.
—¿Qué hay ahí dentro? —pregunta, y sorbe por la nariz.
—Lo que hay ahí dentro no es asunto tuyo. —Su voz es tranquila pero severa.
—Creo que hay luz. ¿Quieres que la apague?
—No —dice ella con voz cortante y fría—. Vámonos.
La sigue por el camino que ha despejado hacia las ventanas iluminadas de la casa, pero se vuelve para echar un último vistazo al cobertizo.
¿Animales? ¿Un cultivo de marihuana?
Tiene razón, no es asunto suyo.
Pero no se equivoca. Sin duda hay una luz en el cobertizo.