Nana Kay 10
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Cuando Noah llega a la cabaña, nieva con tanta fuerza que apenas ve a tres metros. Los limpiaparabrisas apenas ayudan, y el Stallion da bandazos y derrapa varias veces en la carretera.

Aparca más cerca de la casa y sale. Hace un frío glacial, y el aire es una neblina blanca a su alrededor. La cabaña parece aún más abandonada y vieja.

Se protege la cara del viento y la nieve y sube los escalones corriendo. Bajo el tejadillo se siente más seguro. Llama a la puerta y espera, sacudiéndose la nieve del cuello del abrigo.

Nada.

Llama de nuevo, más fuerte esta vez, y aguza el oído en busca de cualquier señal de vida en la casa. Pero el único sonido es el viento y el crujido de su chaqueta.

Por favor, por favor, por favor.

Llama de nuevo y, tras un rato de silencio persistente, decide entrar y agarra el pomo de la puerta.

—Estás aquí otra vez.

La voz a su espalda lo sobresalta. Aparta la mano del pomo de un tirón, se da la vuelta y sonríe con gesto de disculpa.

Nana Kay. Está de pie frente al porche con el mismo atuendo, cubierta de nieve, la locura blanca a su alrededor, pero ni siquiera se inmuta, como si formara parte de la tormenta.

¿Qué hace aquí fuera? ¿Qué debería decir él?

—¿Qué quieres, chico? —pregunta ella como si pudiera oírle los pensamientos.

Él suspira.

—Escucha. A ver, el tema es el siguiente —dice. Necesita exponerlo y transmitir su mensaje—. ¿Podemos entrar y hablar? —Hace un gesto hacia la puerta.

—Podemos hablar aquí mismo.

—Uf. Vale. Mira. Tengo un tumor. Me estoy muriendo, ¿vale?

—Su carta de triunfo, la usa de inmediato, qué remedio—.

He oído las historias. He leído los artículos.

Sé que has ayudado a gente. Y necesito ayuda.

Ayuda de verdad. O sea, tengo dinero, ¿vale?

Pagaré. Solo que no me queda mucho tiempo. Puedes hacer algo, ¿verdad?

Ella permanece en silencio, cubierta de más nieve ahora, como una estatua.

—Curaste a otros, ¿verdad? —Esta vez no se rendirá fácilmente.

—Ellos querían curarse.

—¡Genial! Entonces hay una manera, ¿no? ¿Hay algún tipo de campamento intensivo o algo así? ¿Puedes decirme qué es y lo resolvemos? —Sabe que suena desesperado. Lo está.

Ella niega con la cabeza.

—Campamento intensivo. Eres todo un caso.

—Lo seré dentro de un año cuando me hagan la autopsia. Eso si no me ayudas.

Noah la mira impotente, suplicando con los ojos.

—Necesito evitar que esto —agita la mano alrededor de la cabeza— me mate. Quiero vivir, ¿sabes?

—¿Para qué?

La pregunta lo pilla desprevenido y se ríe nervioso.

—¿Qué coño de pregunta es esa?

—No necesitas usar obscenidades para expresar tus pensamientos.

—¡Perdón! Quiero decir, todo el mundo quiere vivir. No sé qué opinas tú de la vida, pero la mayoría de la gente prefiere seguir viva.

—La muerte da vida a cosas nuevas.

Noah quiere gritar. Se agarra las manos detrás de la cabeza e intenta calmarse. Es imposible. Es como hablar con un robot.

—Vale. Eso es profundo. Pero retrocedamos —lo intenta de nuevo—. No quiero llegar ahí todavía, ¿vale? Eso de la vida después de la muerte es nivel maestro. Quizá sea lo tuyo. A mí me gusta la vida, así que prefiero quedarme en el nivel principiante.

—Estás a un año de la muerte. Eso me suena a nivel maestro.

Se le abren los ojos como platos.

—Espera, ¿cómo lo supiste?

Ella niega con la cabeza y aparta la mirada.

—Acabas de decírmelo tú mismo.

—Mierda —se ríe nervioso—. Cierto. Me has asustado por un momento.

—Chico, ni siquiera puedes controlar lo que dices —dice la anciana, entornando los ojos—. Y debería ser al revés. Tienes que prestar atención.

—¡Vale! ¡Vale! —Noah alza la voz y se siente mareado. Tiene frío y está frustrado, y esta conversación no lleva a ninguna parte. Y aunque la mujer está a solo unos metros de él, de algún modo aparece y desaparece de su campo de visión—. Vale. Ahora estoy prestando atención. Adelante.

—No lo estás.

—¡Sí lo estoy! —grita. Algo va mal. Necesita concentrarse. La nieve cae pesada, en grandes copos que vuelan en todas direcciones, acumulándose en una franja blanca en el porche—. ¡Sí lo estoy! ¡Adelante!

—¿Adelante qué?

¡Por el amor de Dios!

—¡Es una expresión! ¡Háblame, por favor!

Se agarra las manos detrás de la cabeza de nuevo.

¿Se está volviendo loco o ella le está tomando el pelo?

Todo a su alrededor se vuelve borroso.

No, no, no, no, no. Otra vez no.

—No vas a escuchar.

Su voz suena de algún modo más lejana aunque está justo ahí, y Noah quiere gritar y llorar, y esto lo está volviendo loco. Todo es blanco cegador a su alrededor, una ventisca total.

¡Oh, mierda!

Se da cuenta de lo que es.

No, no, no, no.

—¡Estoy! ¡Escuchando! —grita, pero las palabras se pierden, lo mismo que la mujer en la nieve, y la tormenta, y el viento, y los sonidos, mientras el vacío se cierra a su alrededor y él se hunde en la oscuridad.