Nana Kay 9
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De vuelta en su coche, Noah lo enciende y se queda con la mirada fija en el vacío.

En la emisora de radio local, una voz suave de hombre sigue hablando de la tormenta que se avecina, no con la urgencia de las grandes ciudades, sino con la actitud monótona de un otro-día-de-febrero-aquí-en-el-borde-de-la-civilización lugareño.

Las escuelas están cerradas, igual que la mayoría de los negocios.

No hay urgencia en la voz que aconseja hacer acopio de víveres y agua y evitar coger el coche.

Si había alguna posibilidad de que la tormenta de nieve pasara de largo, esa posibilidad ya se ha esfumado. Igual que las de Noah de volver al sur.

Enciende un cigarrillo y da un sorbo a su café.

Los copos de nieve, como un enjambre de moscas, revolotean enloquecidos en el aire.

Noah piensa que probablemente debería volver a ese motel espeluznante, pero desea tan desesperadamente aplazar el suplicio que decide ir hasta la casa de la anciana.

Otra vez. Quizás Nana Kay no tenga nada mejor que hacer con este tiempo que echarle las cartas o darle algún tratamiento de Reiki o lo que sea que hagan los sanadores.

Según Toby, hacía maravillas. Pero quizás para toses, no para tumores asesinos. Quizás Toby solo sea un buen cuentista.

Pero Noah vio los artículos en internet con sus propios ojos.

La curandera pagana local sana a una niña epiléptica… lleva décadas ejerciendo de sanadora en la zona… casos milagrosos… participa en ceremonias chamánicas de un grupo indígena local.

Todo podría ser un simple efecto placebo magnificado, como dijo Toby.

Pero entonces…

Casos milagrosos…

No tiene nada que perder. O todo. Depende de cómo se mire. Y la verdad es —y esta es la parte más triste— que Noah no tiene adónde ir salvo a un motel infestado de gérmenes. Así que irá a ver a Nana Kay, le dará la lata, quizás negocie algo. Lo que sea con tal de matar el tiempo.