8
Parece que acaba de amanecer cuando se despierta.
El resquicio entre las cortinas tiesas de la ventana sigue oscuro y gris.
Pero una cosa es segura: el maldito monstruo ya está sentado a su lado, en el borde de la cama mugrienta donde Noah durmió sin quitarse la ropa.
Lo acompaña a todas partes, como un gemelo siamés.
El monstruo está ahí cuando mira por la ventana, y resulta que se equivocaba: ya es casi mediodía, pero el cielo tiene el color del acero cepillado y nieva levemente.
El monstruo lo observa fijamente en el espejo y sigue ahí cuando Noah sale de la ducha, inspeccionando la toalla con asco para asegurarse de que no tiene pelos ajenos pegados.
El monstruo deja el hotel.
—Espero que no vaya muy lejos. Se acerca una tormenta de nieve. Dicen que va a ser fuerte —dice la mujer en la recepción del motel.
Todo es ya peor de lo que ella pueda imaginar, querría decir Noah, y la criatura sonríe con suficiencia dentro de su cabeza.
Se sube al coche con él, le lanza una mirada en el retrovisor, arranca el Stallion, luego sale, fuma su cigarrillo, sonríe con suficiencia como si tuviera la sartén por el mango, y Noah fuma con aún más placer. Si fumar es tan malo, ¿por qué no mata a la maldita cosa?
Hace un frío que pela. Parece que están bajo cero.
Fuera está gris y el cielo no tiene buena pinta.
El viento ha arreciado desde ayer. Se cuela bajo el abrigo de Noah, que tirita.
La mano con la que sostiene el cigarrillo está entumecida por el frío.
Los copos de nieve son como motas de hielo contra su piel, pero inhala profundamente.
Quizá pueda congelar la maldita cosa en su cabeza, pero no quiere congelarse él.
Noah quiere vivir. Quiere desesperadamente tener más tiempo.
¿Para qué? No lo sabe. Da igual. La mayoría de la gente tampoco lo sabe.
Quiere disfrutar de otro desayuno, otro cigarrillo, un día en una playa cálida de alguna isla tropical, otra copa, o dos, o tres, otro buen polvo, otra nómina, otro sueño en el que gastársela, o en Brooke, definitivamente Brooke.
Le encantaría verla ahora mismo, pero ella está en vete tú a saber qué parte de Centroamérica.
¡Ah, la ironía! Ahora que quiere seguir adelante, no tiene adónde ir. Y allá arriba se está gestando el Armagedón. Qué suerte la suya.
La criatura invisible, sin rostro y sin corazón que habita en su cerebro, sonríe con suficiencia y chasquea la lengua.
Un año como mucho.
Que te jodan.
Noah conduce hasta la gasolinera, que ya le resulta familiar. Dos tipos jóvenes salen mientras él entra. Son feos y alegres, cubiertos de Mossy Oak de pies a cabeza. Sin dientes, pero con botas de las buenas.
¿Por qué ellos no?
Sus ojos se clavan en Noah, que aparta la mirada al pasar junto a ellos. Se suben a una pickup y se largan haciendo chirriar las ruedas.
El café sabe de maravilla. Noah necesita comer. Coge una botella de agua, un refresco, un par de sándwiches envasados y va a la caja.
El mismo hombre mira a Noah por encima de las gafas. —¿Eso es todo?
Noah espera el cambio.
—¿Es usted de por aquí? —pregunta finalmente Noah.
Los ojos por encima de las gafas se clavan en él. —Sí.
—Entonces debe de conocer a Nana Kay. Ya sabe, la sanadora local.
El tipo esboza una sonrisa burlona. —Claro. Conozco a Kay.
—Es sanadora, ¿no?
El tipo mira fijamente a Noah durante un segundo y se encoge de hombros. —Depende de a quién le pregunte.
—Ya veo.
Claro, no todo el mundo cree en toda esa mierda de sanaciones, curaciones y Jesús. Noah debería haberlo sabido desde el principio.
—Es chamana —dice el tipo, mirando por la ventana.
Otra vez esa palabra.
—Chamana, ¿eh? —Noah esboza una mueca burlona, coge el café y lo que ha comprado, y echa un vistazo alrededor.
Del marco de la ventana cuelgan plumas y hierbas secas. El alféizar está abarrotado de abalorios y objetos que Noah no sabría describir. Vuelve a mirar al tipo. ¡Claro! ¿Cómo no se ha dado cuenta? No es mexicano: es nativo americano.
—Hay quien prefiere la palabra bruja —continúa el hombre, aún mirando por la ventana.
Vaya. A la antigua usanza.
Noah vuelve a sonreír con sorna.
—Piense lo que piense —dice el tipo, girándose hacia Noah—, probablemente tenga razón. Todo está en su cabeza.
—¿El qué? —Noah frunce el ceño.
El tipo sonríe y se da unos golpecitos en la sien con el índice.
—Los demonios.