Nana Kay 5
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El veredicto no terminó de calar en su mente de inmediato. No cuando el Dr. Bard habló de los primeros pasos: pruebas, quimio, pastillas, radiación, y otras mierdas igual de chungas que podrían alargar su «año como máximo», como si hubiera algún placer en alargar la agonía.

Tampoco cuando salió a la calle y todo seguía igual, la gente yendo a lo suyo como si nada. Normal era la palabra clave porque, desde ese momento, la vida de Noah ya no lo era. No podía creerlo. Nadie podía.

Tampoco su mejor amigo, Toby.

—Tíoooooo —la boca no se le cerró del todo mientras miraba a Noah en shock—. Tiene que ser un error. ¡Joder!

Y joder era quedarse corto, porque la vida de Noah parecía un puto error de principio a fin.

Bebieron cervezas mezcladas con chupitos de Jägermeister en un tugurio de la avenida South Millvale.

No hacía falta ser un genio para saber que no era buena idea, porque en dos horas Noah pasó de la negación a la ira, de ahí a emborracharse y llorar como un crío al que acaban de zurrar, y de ahí a caminar por las calles vacías de Pittsburgh de noche con Toby,

hecho un mar de lágrimas y autocompasión.

Fueron al piso de Toby, siguieron bebiendo, y ya borracho, a Noah le vinieron a la cabeza las historias de Toby.

—Esa abuela tuya sabe hacer trucos, ¿no?

Toby solía contarle historias de su abuela, que vivía en el norte del estado de Nueva York. La llamaba curandera.

—Mierda, tío. Pero no hace resurrecciones ni esas cosas, ¿sabes?

—Toby estaba borracho, y lo último de lo que quería hablar era de su abuela, pero no podía decirle que no a un amigo enfermo—.

Tienen su rollo allí, ¿sabes? Ella es curandera, o chamana, como la llaman.

Nana Kay es de verdad. En esa zona es toda una leyenda.

Pero allí siguen con las costumbres antiguas.

Es como que lo que crees se hace realidad.

Ya sabes, el efecto placebo llevado al extremo.

—Toby se rio, pero Noah no pilló el chiste.

En vez de eso, encendió un porro y se quedó mirando a su amigo.

Toby se puso serio otra vez—. O sea, tienen sus rituales y todo eso.

Rituales importantes. La gente va allí de todas partes del país desde que tengo uso de razón.

Nana Kay... —Se le curvó la boca en una sonrisa extraña y se perdió en sus recuerdos.

—Eh, tío. —Noah le pasó el porro, y eso sacó a Toby de su ensimismamiento.

—¿Conoces a Dan, el hermano de Stevie? —Toby dio una calada larga—.

El Dan Nómada o como coño se haga llamar —exhaló una nube espesa de humo y entrecerró los ojos—.

Fue a Sudamérica hace un par de años a ver esas tribus, ya sabes, chamanes y esa mierda, gente espiritual que se droga un día sí y otro también para conectar con lo de ahí arriba.

Agitó el dedo índice en el aire por encima de la cabeza y soltó una risilla.

—Así que hizo ayahuasca. Dijo que le cambió la vida.

Que yo también tenía que probarlo. Le dije que mi vida iba bien.

—Resopló—. El caso es que dijo que había un chamán allí que te pasaba las manos por el cuerpo y el dolor desaparecía.

¿Sabes? —Chasqueó los dedos—. Así, sin más.

¡Como por arte de magia! No le creí, claro, pero vete tú a saber.

O sea, en sitios donde la gente no tiene el cerebro tan lavado, igual todavía pueden hacer esas mierdas.

Aunque bueno, cuando voy colocado me creo capaz de cualquier cosa.

Una vez iba colocado y me tiré horas hablando con un perro callejero.

Pensé que era Dios. —Toby esbozó una sonrisa sarcástica—.

Oye, nunca se sabe, tampoco es que tengas muchas opciones.

Toby se metió el porro en la boca otra vez, dio una calada larga, entrecerró los ojos, y solo entonces se dio cuenta de que Noah lo miraba con ojos vidriosos.

—No quería decir eso, tío. —Ladeó la cabeza a modo de disculpa—. Es que... no sé cómo hablar de esto. Joder, ¿qué coño se supone que te diga?

—Déjalo —Noah le quitó importancia con un gesto. Estaba borracho y, a esas alturas, agotado e indiferente—. Qué le vamos a hacer, ¿no? El final glorioso y después al País de Nunca Jamás. —Soltó una risa, pero la boca se le torció en una mueca sarcástica—. Puedo con esto. Creo que puedo.

No podía. Notó que se le llenaban los ojos de lágrimas y le arrebató el porro a Toby para disimular que estaba perdiendo el control.

—En fin —dijo Toby, despatarrado en el sofá—.

Vive en las colinas del norte del estado de Nueva York, en el culo del mundo.

De crío iba bastante por allí. Una infancia muy de boy scout.

Molaba. Yo pensaba que todo era mágico, ¿sabes?

, los cuentos, los rituales, las hierbas, el rollo supervivencia, y los nativos americanos, sus colegas.

Hace tiempo que no voy. Tendría que pasarme algún día. Es genial, ¿sabes? Nana Kay, hmm.

Noah estaba como una cuba, arrullado por la voz monótona de Toby. En su cabeza ya se imaginaba a Nana Kay haciendo rituales de sanación y echando el tumor de su cerebro a base de humo en un solo día.

—Joder, tíooo, no es Harry Potter, pero la esperanza es la esperanza, ¿no?

Toby también iba borracho, pero aun así buscó la dirección en el móvil.

—No la veo desde hace años, y mis padres ya casi no le hablan, ya sabes, la tienen excomulgada por lo que hace y esas cosas.

Noah se guardó la dirección. En su mente embriagada, los milagros eran posibles. Pero a la mañana siguiente estaba sobrio, las conversaciones de la noche anterior le parecían una estupidez, y todo quedó olvidado.

Todo menos el nombre de la enfermedad.

La realidad se impuso, y la enfermedad seguía allí, en su cabeza.

Como una mascota, se había mudado a vivir con Noah, se había convertido en ese compañero de piso insoportable que se hacía notar incluso cuando cerraba la puerta y subía el volumen de la tele.

No había manera de librarse de él, el muy cabrón.

Y como una mascota, fue creciendo, se hizo más grande que él, a veces le estallaba en la cabeza, se transformaba en pensamientos interminables que tenían el nombre. El nombre de la enfermedad.

El veredicto.

Un año como máximo.

Noah se sentía fatal, tratado de forma tan injusta. Como si le hubiera tocado una puta rifa. ¿Te lo puedes creer?

La mayoría no. La cara que ponía la gente, sus compañeros de banda: puro asombro.

De repente lo querían más, lo valoraban más.

Y procuraban mantener las distancias, como si ese «año como máximo» fuera contagioso.

Todos eran comprensivos. Desde lejos. Como si fuera un cachorro abandonado. Como si se hubiera quedado sin casa.

¿Qué tal una puta vida?

Quería llorar. Y lo había hecho, desde aquella noche de borrachera, como si hubiera cruzado un umbral. Quería llorar cuando veía las caras sonrientes por la calle, porque los demás todavía tenían motivos para sonreír. A Noah le quedaba un año como mucho.