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Boonville, Dadville. ¿Quién inventa nombres así? Los pueblos —como sus nombres— están vacíos y no tienen nada de especial.
Noah lleva seis horas conduciendo. Ha pasado por pueblos, por estados, pero poco más ha cambiado.
La señal de la radio va y viene. Noah cambia de emisora constantemente para tener algo de fondo y no volverse loco.
Sintoniza una emisora de noticias.
«Tormenta de nieve… desplazándose desde el noroeste… posibilidad de nevadas récord…».
Pues ya está, entonces. Puede que se quede atrapado en medio de la nada. Aunque pensándolo bien, da igual dónde quedarse atrapado. No ahora. No para él.
Ya ha pasado el mediodía y su motivación está bajo mínimos. El paisaje es insoportablemente aburrido.
¿Qué hace aquí?
Esto parece el purgatorio. Ni aquí ni allí.
Todavía no. Mira el móvil. Sin cobertura.
Menos mal que existen los mapas de Google sin conexión.
El tiempo es como Google Maps: gris y aburrido.
El cielo tiene el color del hormigón. Hay copos de nieve en el aire.
El blanco lo cubre todo excepto las carreteras.
La aguanieve sucia y el asfalto expuesto son como las venas agitadas de su cuerpo, transportando células cancerosas oscuras a todas partes.
¿El cáncer es negro?
Nunca lo había pensado. Está seguro de que ningún otro color es más apropiado para la muerte.
A menos que sea rosa. Rosa pálido, el color de los lazos de supervivencia del cáncer de mama.
Ha visto demasiados de esos por ahí. Como si no hubiera otras partes importantes del cuerpo aparte de los pechos.
¿Y el cerebro? Eso no se puede reemplazar con cirugía reconstructiva.
Cada vez que ve ese rosa, no le recuerda la esperanza: le recuerda el cáncer. Rosa con un contorno negro.
Conduce dos horas más.
Otro pueblo pequeño queda atrás. El GPS indica que el desvío de la carretera principal está a ocho kilómetros.
Dios, si este pueblo desierto es el centro principal de la zona, ¿adónde va?
Debería habérselo dicho a alguien. ¿A quién?
¿A Toby? Ni siquiera se lo dijo a él. No es que Noah esté avergonzado, pero «un año como mucho» te hace eso: te vuelve sentimental, te obliga a aferrarte a las esperanzas más endebles,
a buscar milagro en Google y luego a borrar el historial como si alguien fuera a descubrirlo y a meterte en un psiquiátrico.
Noah se desvía hacia la gasolinera a las afueras del pueblo.
El aire parece más frío aquí. Todo parece más frío en los pueblos perdidos. El aire, la actitud, los pensamientos.
El surtidor no acepta su tarjeta. El cáncer se ha apoderado de su cuenta de crédito.
Maldice y camina hacia el edificio, un bloque de hormigón cuadrado con pilas de leña y bombonas de propano fuera.
Anuncios de Newport y Marlboro, más viejos que Noah, decoran las paredes exteriores, grises y oxidadas.
Carteles de Cebo vivo y Lotería. Hay anuncios viejos pegados en la puerta de cristal, unos encima de otros, capa sobre capa.
Un cartel de persona desaparecida. Vaya sorpresa.
Alguien huyó de este agujero y no quiso que lo encontraran.
Concurso de SOPAs en la Primera Iglesia Presbiteriana la semana que viene. Qué ingenioso.
Noah esboza una sonrisa irónica y entra. El débil tintineo de la campanilla es el único sonido en este lugar olvidado de Dios.
Un hombre de unos cincuenta años detrás de la caja levanta la vista del catálogo de Harbor Freight y baja las botas del mostrador.
—Hola —dice Noah con un gesto de cabeza—. Veinte, normal.
Arroja un billete de veinte dólares sobre el mostrador.
El hombre lo mira por encima de las gafas y se levanta muy despacio, como si hubiera todo un protocolo para pulsar un botón e imprimir un recibo.
Es alto y de hombros anchos, de piel oscura, mexicano quizás, con el pelo hirsuto, como si llevara décadas cortándoselo él mismo, la piel curtida, los labios agrietados, las orejas peludas.
Noah aparta la mirada y espera con paciencia.
Quería preguntarle al tipo por la sanadora, Kay-como-sea-el-apellido.
La llaman Nana Kay. Bueno, Toby la llama así.
Es su abuela, al fin y al cabo. Los artículos que ha leído en internet son de esta zona.
A juzgar por el tamaño del pueblo, todo el mundo debe de conocerla, si es que no están emparentados con ella.
Quería preguntar por ella. Eso antes de entrar.
Ahora ni siquiera quiere mirar al hombre.
—Su recibo.
Noah aparta la mirada del paisaje tras la ventana y mira al hombre. Este lo observa fijamente, como si Noah acabara de decir algo obsceno. Por si acaso, Noah no dice nada. Se da la vuelta y se marcha, acompañado por el débil tintineo de la campanilla.