Nana Kay 3
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Fue surrealista escuchar esas palabras en un día tan normal.

Noah se despertó en el sofá de Denny, donde llevaba durmiendo lo que iban a ser un par de días.

Café, un cigarrillo. Llamó a Mike por el dinero que le debía.

Pensó en dejar el turno del bar. Y luego tenía esa cita con el médico.

Con suerte, por fin, una receta para los dolores de cabeza y los mareos.

Era principios de enero. Hacía apenas una semana habían montado un fiestón de Año Nuevo en casa de Stevie. Habría sido mucho mejor si Brooke hubiera estado con él, pero ella había decidido que necesitaba un descanso de Noah. Justo antes de las putas fiestas. ¿Quién hace eso?

—Quiero empezar el año nuevo con la mente despejada y buenos propósitos —dijo ella—. Sin promesas vacías, sin drama, sin peleas.

Eso significaba sin Noah, con su incapacidad para «invertir emocionalmente» en la relación.

¿Qué mierda es esa? Noah nunca entendió ese lenguaje de pijos.

O están juntos o no. Pero Brooke no lo veía así.

Obviamente. Así que pasó el Año Nuevo de fiesta hasta reventar mientras ella se largaba a saber dónde.

El año empezó con una visita al médico por las migrañas de Noah, que a veces eran insoportables.

Solo quería unas pastillas. En cambio, le soltaron un vamos-a-derivarte-al-Dr.-Bard-es-uno-de-los-mejores-especialistas.

A Noah ni le importó por qué. ¡Qué jodidamente complicado era conseguir una simple receta hoy en día!

Y luego estaba el Dr. Bard con sus tomografías y resonancias, y así fue como Noah acabó en su consulta otra vez aquel 7 de enero tan corriente. Navidad ortodoxa, había dicho alguien en la tele. El nacimiento de Jesús.

Bueno, no para Noah.

El Dr. Bard estaba más callado de lo normal, con su cauteloso «¿Cómo te encuentras, joven?». Negó con la cabeza, evitó mirar a Noah, resopló, se aclaró la garganta una docena de veces y miró la carpeta que había traído.

Fue entonces cuando Noah supo que algo iba mal.

El doctor volvió a hojear los papeles de la carpeta —algunos gráficos— como si estuviera corrigiendo un examen.

Y entonces dijo el nombre. Un nombre tan común que Noah lo había oído mil veces: las quejas y diagnósticos interminables de otros.

La timidez del Dr. Bard resultaba extraña, tan distinta de su confianza habitual y su profesional «no hay de qué preocuparse».

—Venga, doctor, puedo con ello —Noah ladeó la cabeza con su chulería de siempre—. ¿Qué hacemos? ¿Cuál es el pronóstico?

Silencio.

—Puedo con ello, doctor.

Noah pensaba que podía con todo. Nada que unas buenas pastillas no pudieran arreglar.

Solo que esta vez no.

Con aquel extraño rodeo, tan impropio de los médicos.

Y el veredicto.

—Un año como mucho.

Silencio.

Espera, doctor.

Espera.

Espera un segundo.

Espera.

Un.

Segundo.

Noah quiso soltar una broma, pero se contuvo al ver los ojos vacíos del Dr. Bard, la mano del doctor que golpeteaba el bolígrafo contra la mesa.

Toc.

Toc.

Toc.

Como si el tiempo empezara a contar los días de Noah. Los meses. Un año como mucho.

Toc.

Un año.

Toc.

Como mucho.

Toc.